Ernesto Bohoslavsky: «La oligarquización latinoamericana no fue resultado directo de las independencias, sino algo que toma décadas en concretarse»

Que no pase desapercibida la reedición peruana de «Historia mínima de las derechas latinoamericanas«, el libro que publicara el historiador argentino Ernesto Bohoslavsky en 2023 y que hace pocos meses acaba de salir por el Fondo Editorial del Instituto de Estudios Peruanos (IEP).

Sumándose a la colección “América Problema”, este ensayo de poco más de 200 páginas sintetiza de forma ambiciosa los orígenes de estos grupos que, en distintos contextos, han sabido mantenerse (y transformarse) a lo largo de más de un siglo.

En “Historia mínima de las derechas latinoamericanas”, el profesor Bohoslavsky desarrolla un innovador análisis que no se limita a enumerar empresarios o militares con poder para captar apoyo masivo.

Defiendo una definición de ‘derechas’ que combine, por una parte, el interés por el contenido y la diversidad de sus ideas, con la identificación de los intereses económicos y de los actores sociales que respaldan esas ideas, por la otra”, señala en la página 19.

En esta entrevista, realizada hace unas semanas vía Zoom desde Francia, donde se desempeña como investigador del Centre National de la Recherche Scientifique, este experto en las derechas latinoamericanas responde con una claridad inmejorable sobre este volumen, que le permite llegar al lector peruano mediante alcances capaces de remover más de una idea preconcebida.

Ernesto Bohoslavsky es autor de libros como “El complot patagónico. Nación, conspiracionismo y violencia en el sur de Argentina y Chile, siglos XIX y XX” (2019) y –junto a Marina Franco– de “Fantasmas rojos. El anticomunismo en la Argentina del siglo XX” (2024).

Una de las primeras impresiones que me deja la lectura de su libro es que, tanto las derechas como las izquierdas en esta región del mundo, no responden tanto a una ideología propia, sino que más bien captan muchos elementos de afuera. ¿Es correcto?

Así como desde hace más de 50 años la gente que se dedica a la Historia Económica mostró que hay una dinámica internacional, una división social del trabajo en el siglo XIX, basada en que hay una región del mundo que exporta capitales, bienes industriales, que hay otras regiones que exportan bienes primarios, pues también hay una división internacional de las tareas intelectuales, y hay países que son los grandes exportadores de doctrinas y otros que, en general, se dedican a la tarea de importarlas y de hacer algo creativo con esa importación. Yo no asumo que la importación es un proceso pasivo, en absoluto. De hecho, por el contrario, uno podría decir que es muy creativo, o sea, la tarea de combinar, mezclar, de lograr que eso haga sentido, la tarea de utilizar ideas que no fueron pensadas para eso, para una tarea o para un escenario distinto, tiene una dimensión eminentemente creativa. Entonces, yo no diría que América Latina no tiene ideas, lo que yo diría es que América Latina no tiene ideas legítimas a nivel mundial. Y no tiene que ver contenido o con la calidad de las ideas, sino con cómo es que se define cuáles son las lenguas legítimas para publicar, cuáles las editoriales legítimas, etc.

Si tuviera que establecer un punto de partida en toda esta historia que usted nos cuenta en su libro, me ubicaré en la postindependencia, donde lo que prevalece son las oligarquías. Y a partir de ellas vaya uno a saber cómo se mantiene cada territorio. ¿Es algo así?

En realidad, te diría que la organización oligárquica de la política no es resultado directo de las independencias, sino que es propio de la segunda mitad del Siglo XIX. Porque el mundo que generan las independencias es, políticamente, más caótico. No es que hay una ‘hoja de ruta’ clara después de la Batalla de Ayacucho. Allí hay mucha improvisación y, sobre todo, te diría que (ahí) las elites políticas tienen la obligación de negociar con los sectores subalternos. Un poco lo que les pasa también a las elites políticas en Perú después de la Guerra del Pacífico, que, si quieren obtener obediencia, pago de impuestos, lealtad identitaria de los sectores subalternos, bueno, algo hay que entregar. Así sea simbólico o en términos identitarios, pero algo hay que entregar. Entonces, me parece que la oligarquización no es el resultado directo de las independencias, sino que es algo que demora décadas, en Bolivia demora muchísimo en estabilizarse un orden oligárquico, en otros como Chile o en Brasil, sí rápidamente se crea y se estabiliza a lo largo de todo el siglo XIX. En el caso de Brasil hasta la proclamación de la República y en el caso de Chile hasta la guerra de 1891.

Cuando ya se independizan las naciones, usted enumera ciertas dificultades, y me puse a pensar cuál podría ser la más importante en ese momento. Está, por ejemplo, qué camino económico seguir para algo que apenas está en formación…

Eso depende mucho de cada país y de cuán integrado estaba al comercio internacional. En general, los países del macizo andino, los que después terminaron siendo Bolivia, Perú, Ecuador y la Colombia andinas, fue más dificultosa la integración comercial con el resto del planeta. En cambio, para la Sudamérica atlántica, fue relativamente más exitoso y más rápido, lo que hoy es Uruguay, el sur de Brasil, las pampas. Allí ese proceso fue mucho más acelerado. Lo mismo en lugares donde previamente hubo menor densidad de población y, por lo tanto, era relativamente más sencillo establecer o un sistema agrícola o uno de minería estrictamente capitalista, que era algo mucho más difícil de hacer en las tierras altas, no sé, América Central o en el macizo andino. Me parece que ahí se presentan algunas dificultades para que se organice la producción bajo las reglas del capitalismo de exportación. Por eso, la periodización no es homogénea. Rápidamente Chile se convierte en un exportador de nitratos, pero Bolivia demora mucho más en encontrar qué venderle al mundo, en tener los ferrocarriles, en lograr que eso salga, etc. Allí hay décadas de diferencia entre uno y otro.

Más allá de ser un libro de 200 páginas, me parece bastante ambicioso porque trata de abarcar a la mayor cantidad de países posibles. Y noto, ciertamente, que algunos tienen mucha más presencia, no sé, quizás por estar más ligados (históricamente) a la derecha como Brasil, o el caso de México. Después ya Chile, Argentina, algunos países de Centroamérica y, corríjame si me equivoco, ¿Perú en una especie de segundo grupo? Recién a partir de los 70s, 80s, y más en los 90s, con la fuerza de los cambios de Fujimori. ¿Diría que, históricamente, la fortaleza de las derechas en Perú está en un 2do nivel?

No sé si es un problema de los pasados o de disponibilidad de bibliografía. Ahora, ¿cuánto de la bibliografía que hay sobre historia del Perú llega a Buenos Aires y de qué manera? Lo mismo con Ecuador o quizás con El Salvador. La verdad es que es poco, comparado con lo que tenemos históricamente de vínculos con Brasil, Chile o México. Entonces, tenemos el problema ahí de la accesibilidad a la bibliografía. Y después tenemos el problema del volumen. La cantidad de libros que se producen anualmente sobre historia de Brasil del siglo XIX y XX, probablemente supere todos los libros de historia que produce el resto de los países de América Latina juntos. Entonces, no tiene tanto que ver con la cosa, sino con las herramientas con las cuales contamos para enseñar o investigar sobre esos pasados. Entonces, hay un problema con los elementos para hacer la receta.

El académico Ernesto Bohoslavksy en una fotografía del Mondes Americains.

En esa línea de lo que halló sobre Perú, de la derecha aplicada en Odría y más adelante con los militares, bueno, Velasco fue de izquierda, pero con Morales Bermúdez cambia un poco la cosa, ¿qué caracterizaciones de la derecha peruana le llamaron la atención?

Efectivamente, (en Perú) se constituye como un régimen oligárquico de manera tardía. Yo acá sigo las interpretaciones de Alicia del Águila sobre las dificultades para pasar de un orden corporativo casi de castas a un orden de ciudadanos. Ahí me parece que hay algo en la propia fragmentación geográfica peruana, al igual que en Colombia. En la multiplicidad de ‘mundos’ que constituían Perú en el siglo XIX, que dificulta, de alguna manera, la constitución de una nación, la cual resulta muy tardía y muy excluyente. La nación peruana hasta el siglo XX es muy excluyente, es una nación muy blanca en varios sentidos. Y esa derecha es una muy rancia, que le da mucho la espalda al mundo andino. Una elite muy limeña, muy convencida de que tiene más que ver con clases altas de Madrid, que con el mundo quechua-parlante. Eso me parece muy clarito hasta bien entrado el siglo XX, y es un poco el universo decadente de “Un mundo para Julius” de Alfredo Bryce Echenique. En esa novela ese universo ya es una farsa, pero, en todo caso, allí hay elementos de una dominación que yo creo es más social que política, la que tiene esa elite, y que se va a ver amenazada más por el Apra que por el PC, me parece, pero sobre todo me parece que recién le quiebran la columna vertebral con Velasco. Tengo esa impresión de que en Perú demora mucho más el proceso de desoligarquización que en otros lugares del cono sur.

Sobre la presencia de Estados Unidos es muy latente a lo largo del tiempo. Ya sea para apoyar programas sociales hemisféricos, como la Alianza para el Progreso, aunque luego el Consenso de Washington, la influencia de los llamados Chicago Boys, etc. En su libro usted identifica un punto en el que ya esto baja, y EE.UU. se fija quizás más en las democracias europeas. ¿Diría, por lo que le hago mención, que Estados Unidos es el ‘gran tutor’ de la derecha en esta parte del continente?

No. Yo diría dos cosas. Primero, hay un vínculo que es asimétrico entre los países latinoamericanos y Estados Unidos. No tiene sentido decir algo distinto. Lo cual no quiere decir que el que tiene más siempre impone condiciones, porque, por lo menos después del 45 o 48, los países latinoamericanos, efectivamente, son menos poderosos que Estados Unidos, pero siguen teniendo un voto en la ONU. Y ese voto lo suelen vender al mejor precio posible. Asimismo, está claro que la diplomacia estadounidense juega y a veces pesado y rudo –y lo sigue haciendo—pero esto no quiere decir que le salga siempre bien. Y la otra cosa que yo diré también es que no necesariamente hay un consenso entre las distintas familias de derecha sobre qué hacer con Estados Unidos. Hay también una tradición de derecha, mucho más europeizada, mucho más anti plebeya, que no quiere saber nada con los estadounidenses. Que le parece que sus raíces son latinas, hispanas o católicas y entonces ven a Estados Unidos casi como el Anticristo protestante. Y es recién en los años 90 que uno puede decir ‘las familias de derecha asumen que no hay otra cosa en términos internacionales que acompañar a Washington’. Es recién ahí. Porque hasta ese momento, por lo menos para mí, no queda claro que sea unánime el apoyo de las distintas tradiciones de derecha a Estados Unidos. Las derechas nacionalistas, en general, tienen también un tono antiimperialista. Es cierto, no es el antiimperialismo de inspiración marxista, pero no deja de ser este antiimperialismo. Entonces, está claro que Estados Unidos pesa, que tiene los marines, las inversiones, que controla organismos internacionales, todo eso está. Pero la historia que intento narrar es una en la cual Washington no es el Deus ex machina, no es el motor de Latinoamérica. Traté de enfocarme más bien en qué es lo que hacen los países latinoamericanos con esos intentos de hegemonía estadounidense. Cómo la aprovechan, si es que resisten, si es que intentan hacerse de algo de los recursos, etc.

Al comienzo hablábamos sobre las ideologías algo ‘importadas’ de afuera, pero, ¿y los miedos? ¿Son estos también importados?

Los miedos que funcionan son los creíbles, y para serlo, deben siempre tener una raíz. Así como a los adultos solo le generan temores aquellas preocupaciones que conectan con su infancia, a mí me parece que los miedos, o incluso los pánicos morales que funcionan son aquellos que aterrizan en realidades locales. Entonces, muchas veces el anticomunismo incentiva los miedos. Pero eso no consigue aterrizar, enraizar, conectar con tradiciones que ya existen. Entonces, a veces esto suena un poco como delirios de conspiranoico. Pero en otros casos sí funciona. Así que, de nuevo, yo insisto en recordar la agencia, la capacidad que tienen los actores locales para hacer algo con lo que viene de afuera. Así que el tema de los miedos, al igual que la cuestión de las ideas, o la cuestión de la presión estadounidense, yo prefiero mirarlo a partir de la lógica de los intereses y de las estrategias de los actores locales, y no pensarlos como una imposición externa. Y no por una lectura ingenua que suponga que los estadounidenses están en igualdad con el resto de los actores. Lo que yo digo es que los actores, aún en condiciones asimétricas, aún con menores recursos políticos, diplomáticos, económicos, no son idiotas. Juegan el juego de la mejor manera que pueden.

El libro también, entre otras cosas, desnuda los cambios de un actor como la Iglesia a lo largo del tiempo. ¿Diría que estos son autóctonos, siguiendo la realidad de cada país, o es algo que viene desde el Vaticano y se traslada poco a poco por toda Latinoamérica?

Una respuesta favorita de los historiadores aquí es que estamos ante algo más complejo. Uno podría decir que la iglesia es a la vez una institución externa e interna de los de los países latinoamericanos, porque es una institución central desde el siglo XVI en adelante. Ninguna otra creencia ha tenido hasta la fecha el nivel de adhesión de la Iglesia Católica. Es relativamente frecuente encontrar miembros del clero que no son nacidos en el país, por su propia pertenencia transnacional. Mira nada más al Papa actual: ¿es peruano o es gringo? Las dos cosas a la vez, y ahora es universal, además. Entonces, yo creo que no le caben completamente esas categorías de interno-externo a la Iglesia Católica porque se mueve en otro tipo de esferas. Lo que sí es cierto es que el gran cambio de la Iglesia Católica es el Concilio Vaticano II y eso nace desde Roma. Ahora, para mí, lo interesante es lo que hacen los obispos latinoamericanos con eso. Es decir, esto que en Roma había nacido como un intento de modificar la actividad pastoral, el contenido teológico, a fines de los años 60 acá adquiere una radicalidad que no estaba prevista. Las conclusiones de la conferencia de obispos de Medellín o la de Puebla. Ahí esto termina adquiriendo una dinámica, una radicalidad, que no estaba prevista, que asusta en Roma, de hecho, y explica ni por adentro ni por afuera, sino por una dinámica que es simultáneamente nacional y transnacional.

El libro a la venta en las principales librerías del Perú.

En una parte dice usted que las derechas aceptan la democracia definitivamente a finales del siglo XX porque se trata tratan de democracias neoliberalizadas. Habla de ‘sistemas sin riesgo para las élites’. ¿Debe verse el neoliberalismo como un maquillaje dentro de más de lo mismo? Corríjame si no lo ve así…

Una democracia neoliberalizada es una en la cual hay un conjunto de temas de interés público que no pueden ser debatidos. Es neoliberalizada en el sentido de que la orientación económica no puede ser discutida. Se pueden poner algunos matices, claro, pero lo central, no: la propiedad privada, la apertura comercial, la privatización, etc. Así que no es maquillaje, sino que las propias democracias son capaces de asegurarle a las elites ausencia de riesgos. Son elites que se pueden quedar tranquilas y que no tienen necesidad de echar mano de las Fuerzas Armadas. Porque no están disponibles los cambios radicales. De hecho, uno podría pensar que solo en Bolivia ocurrieron cambios significativamente radicales, en menor medida en Venezuela desde inicios de este siglo. Y eso requirió una cantidad de energía política enorme que no está disponible en ningún lado. Entonces, pensemos en el fracaso de Ollanta Humala. ¿Qué consiguió hacer de todo lo que había prometido? Tengo la impresión de que nada.

A propósito de Ollanta Humala, ¿las dos tendencias (derecha e izquierda) terminan ejecutando planes similares? Porque, por ejemplo, los programas sociales. De la camiseta roja a la camiseta blanca, al final terminó ejecutando Pensión 65, Beca 18, que son finalmente subvenciones. Y que luego sus sucesores incluso de otras tendencias, han mantenido en el tiempo.

Y eso hace muy difícil el diferenciar un partido de otro. En todo caso, terminan diferenciándose por rasgos personales de los candidatos, no por el contenido de la política pública que proponen. Entonces, neoliberales son casi todos, y no discuten cuestiones económicas. En todo caso discuten hasta las elecciones, después es siempre más o menos la misma receta. Desde ya que hay otros elementos de diferenciación, pero tienen que ver con estilos quizás, con algo de política exterior, pero no tiene que ver con el contenido de la política económica. El decálogo de John Williamson en el Consenso de Washington. Eso en los años noventa, en los primeros dos mil, difícilmente se discute. No quiero decir que todos los políticos sean iguales, pero sobre este punto no hay muchas diferencias.

Algo que le preguntaba a Danilo Martuccelli cuando era si estaba de acuerdo con esta famosa teoría péndulo en Latinoamérica, porque sacando los países que tienen regímenes autoritarios, sin elecciones libres (Venezuela, Cuba, Nicaragua), en los otros, gana una tendencia política y si no funciona, en la siguiente elección gana otra completamente opuesta. Fernández (Kirchnerismo) y luego Milei en Argentina. En Colombia Duque y luego Petro. Acaba de caer el MAS tras 20 años en Bolivia…

¿Eso es la teoría del péndulo o la democracia? A mí lo que no me convence de pensarlo como un péndulo es que supone que hay posiciones fijas, ¿no? Voy acá o voy allá, y en realidad las posiciones siempre se van modificando. Nadie vuelve al lugar en el que estaba antes. Porque ahí hay una dimensión que es histórica, que tiene que ver con las relaciones entre los polos de la política. Entonces, no es que vas de una opción A hacia otra no-A, siempre los actores van cambiando de posiciones, hay desprendimientos. Así que no lo pensaría en términos de péndulo, sino quizás en términos de alternancia, de insatisfacciones de los representados, en algunos casos radicales, como en el Ecuador de los años 90s. O incluso Perú actualmente, ¿no?

Cierra usted el libro hablando de si hay pueblo para la derecha. Y esto me hace pensar a frases que se oyen mucho en Perú. “Somos de la derecha popular”. ¿Puede la derecha ser popular, o es solo apelar al márketing?

Sí, claro que lo que pueden. Y lo ha sido en muchas ocasiones. No solo en el sentido más burdo, esto es la capacidad de ganar las elecciones. Las derechas han ganado muchísimas elecciones sin recurrir a fraude. Podemos dar decenas de ejemplos de esto. Pero también te diría que es popular en el sentido de que tienen aceptación masiva muchos valores autoritarios. Causas como la criminalización del aborto, o el punitivismo y la búsqueda de la mano dura para resolver problemas de seguridad. El derecho a portar armas. Lecturas conservadoras sobre el orden al interior de las familias entre las generaciones. Todo eso está muy lejos de ser un atributo de las elites. Especialmente, diría yo, en los últimos 20 años, a partir del crecimiento que han tenido las iglesias neopentecostales, que son de un conservadurismo moral muy acendrado, muy notorio, muy radicalizado en algunos casos, pero no son ideas epidérmicas en la población. Eso está incorporado y se reproduce y no creo que se vaya rápidamente. Entonces, hay elementos en los cuales ese pueblo de derecha se reproduce a lo largo del tiempo y no son mecanismos que van en el sentido de arriba abajo nada más. En muchos casos, por lo menos, lo que han encontrado algunos sociólogos para el fenómeno de Milei, es que finalmente la dirigencia de derecha y de extrema derecha termina incorporando reclamos, demandas y términos que vienen desde abajo. Terminan legitimando una serie de ideas o de nociones que habían tenido no solo creación, sino también consenso en los niveles más básicos de la organización política.

Usted vive en Francia y quisiera terminar con un detalle que me resulta muy interesante. Cuando uno recibe las noticias políticas de Europa lee sobre Partidos por encima de figuras. España, por ejemplo, el Partido Socialista Obrero Español, o los ‘populares’ del PP. Pero si uno traslada esto a Latinoamérica, se encuentra las cosas al revés: primero los nombres y luego recién las instituciones. ¿Por qué diría que prevalece esto?

Depende del país, te diría yo. En Chile, la política es bastante partidaria todavía. En México también cuentan los partidos todavía, de manera decreciente, pero el PRI es el PRI. Y la gente que vota PRI, que es cada vez menos, vota al candidato del PRI. Es más o menos irrelevante quién es el quién es el fulano que está en la cabeza de la de la candidatura. Después, uno también podría decir que hay una debilidad de la apuesta por la organización partidaria. Se dedica poco tiempo, poco esfuerzo y en todo caso son fuerzas políticas a las cuales se alimenta solo en el contexto preelectoral. Pero eso no creo que sea solo un problema de las derechas ni mucho menos. La debilidad de la apuesta por la construcción partidaria me parece que es un fenómeno bastante transversal. Creo yo que, además, hay un efecto que es cómo se traducen los cambios socioeconómicos que han traído las reformas neoliberales a la construcción de opciones políticas. Cuando uno piensa en el sujeto que idealizaba Hernando de Soto en “El otro sendero”. Ese sujeto informal que un día sigue manejando un taxi, otro día sale a vender algo, que fija sus horarios, etc. Para él era como la edad de oro del emprendedor. ¿Cómo es que ese sujeto forma su conciencia política? ¿Dónde forma su conciencia política un repartidor de comida que anda en moto o en bicicleta por una metrópoli latinoamericana? Un joven que pedalea en Bogotá 10 horas al día. ¿Quiénes son sus compañeros de trabajo? ¿Cómo forma su conciencia? ¿Qué prensa lee? Esta persona, esencialmente, interactúa con un celular. ¿Cuáles son sus compañeros de trabajo? ¿Y los otros que pedalean son sus compañeros o sus competidores? Ellos mismos no solo pedalean sino que también son consumidores. Entonces, hay algo ahí del mundo social constituido en torno a la institución salarial que está desvencijado. Entonces, me parece que eso se carga también a las propias estructuras partidarias. Están cada vez más oligarquizadas, más profesionalizadas y también, como habíamos señalado hace un rato, con muchas dificultades para diferenciarse en términos de su oferta de programa económico.

Para cerrar, ¿cómo podría resumir usted el peso o la presencia del feminismo en las ideas económicas de la derecha en esta zona del mundo? Porque aquí no nació una Margareth Thatcher que ha establecido ideas a lo largo del tiempo en la derecha latinoamericana.

No estoy seguro que este sea un rasgo de las derechas nada más. ¿Cuántas mujeres destacadas alcanzaron liderazgo en el APRA? ¿Cuántas mujeres destacadas alcanzaron liderazgo en el PRI en México o en el socialismo chileno? Son contadas. Entonces, hay rasgos que no son exclusivamente de las derechas. Hay un machismo que es transversal a las fuerzas políticas. No solo latinoamericanas, porque tampoco pintaría un universo de una paridad absoluta en Europa ni mucho menos. Sí ha habido mujeres con algún peso destacado. Yo apostaría, al menos, por no duplicar la invisibilización que ya sufrieron en sus organizaciones partidarias. E incluso ha habido mujeres de derecha que se reclamaban feministas, que no renunciaban a la etiqueta. Solo que era un tipo particular de feminismo que no tenía por horizonte la emancipación. De hecho, hace unos meses salió un libro muy interesante de Melina Vázquez y de Carolina Spataro –«Sin padre, sin marido y sin Estado. Feministas de las nuevas derechas» (Siglo XXI Ediciones, 2025)– sobre las mujeres que adhieren a Javier Milei. Sí, mujeres que se llaman feministas y que tienen un particular feminismo que entiende que la institución que les va a ofrecer oportunidades no es el estado, sino que el mercado. Entonces, tienen ese ese horizonte que coincide con el del emprendedurismo. Después, te diría que un rasgo muy claro para mí de las extremas derechas actuales es precisamente su antifeminismo. Pero no la ausencia de mujeres, porque no hay que confundir las dos cosas. No es necesario ser mujer para ser feminista. Y a su vez, no es necesario ser varón para ser antifeminista. Entonces, yo creo que hay algo de la extrema derecha que olió muy bien la enorme potencia política del feminismo en la actualidad, y que entendió que los cambios de naturaleza más progresistas, en general vienen alentados por ahí. Y, por lo tanto, detrás de todas las campañas de “Con mis hijos no te metas”, contra la ideología de género o el llamado marxismo cultural, todos hacen blanco sobre el movimiento feminista. Porque entienden que ahí está lo más innovador. De ahí viene, efectivamente, mayor imaginación política, creatividad y capacidad para zurcir causas específicas. Entonces, yo insistiría en eso, en plantear que una cosa es el feminismo y otra cosa son las mujeres. Muchas veces coinciden, pero muchas veces no, de la misma manera que hombres y antifeminismo suelen coincidir, pero no es una coincidencia total.

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