Mario Pera: «José Santos Chocano tuvo una vida plagada de elementos novelescos»

Tiene razón Mario Pera (Lima, 1981) cuando asegura que lo teatral del crimen de Edwin Elmore a manos de José Santos Chocano puede opacar muchas de las circunstancias alrededor de lo ocurrido aquel 31 de octubre de 1925. Porque, claro, un hecho es también sus circunstancias.

Aunque si la prensa y los documentales televisivos han hecho su parte durante este más de un siglo transcurrido, los escritores también. Así demuestra “Chocano o la vida nómade” (Emecé, 205), una muy interesante novela en la que Pera, poeta, abogado y ensayista, desentraña en profundidad al denominado Cantor de América y a su víctima, un proyecto de intelectual liberal.

El autor, radicado en Barcelona, España, se ha tomado alrededor de siete años para documentarse en torno a Chocano y Elmore, con el único objetivo de entender algo mejor quiénes eran antes de aquel fatídico encuentro en el Hall del histórico Diario El Comercio.

Pera ha sido metódico y se ha preocupado por pulir sus hallazgos para que todo no termine en una novela de 700 páginas. Por lo contrario, el resultado es un relato ágil e inclusive agradable, que podría facilitarnos la comprensión de dos hombres que crecieron en una sociedad particularmente compleja, en la que retar a duelo era habitual, pero también escribir encendidas columnas para que salgan en la próxima edición de tu periódico favorito.

Sobre “Chocano o la vida nómade”, compartimos nuestra entrevista a Mario Pera, también autor de poemarios como “Preparaciones anatómicas” y “Ruido blanco”, así como de los ensayos “Momentos estelares de la Independencia del Perú” junto al también escritor Bruno Polack.

Las circunstancias, digamos, históricas, que presenta tu novela son claves. Esta gente escribía algo, lo llevaba corriendo al periódico para que se lo publiquen, porque querían comunicar y casi siempre había respuesta de la otra parte. Cuéntame, de qué Perú hablamos entonces.

Estamos hablando de inicios del siglo XX, concretamente de la primera mitad de la década de 1920. El 25 es cuando ocurre la pelea que finaliza en el disparo de Chocano y la muerte del periodista Elmore. Podemos hablar de un momento histórico de ebullición cultural. El poeta regresaba al Perú después de una larga estadía fuera, y había sido ovacionado a su regreso. No solamente por la clase alta peruana, sino por los intelectuales y por los artistas nacionales que vivían en Lima, todos los cuales reconocían en él a un poeta de alta calidad, es decir, a una celebridad. Así que todos querían compartir un poco con este personaje que regresaba a su país tras haber vivido muchas aventuras, tanto literarias como políticas y personales.

La novela cuenta también la relación entre Chocano y Leguía. ¿Cómo podrías definirla? ¿Vínculo, cercanía, amistad, o quizás adhesión a las ideas políticas?

Luego de leer muchas biodatas de Chocano, en ninguna se menciona que fuese partidario o miembro del partido de Leguía. Creo que él lo hacía de manera genuina como un simpatizante por este talante dictatorial de Leguía. Me parece que el poeta también es de una época donde todavía había dictadores, incluso civiles y no solo militares. Entonces, creo que sí tenía una simpatía por el régimen y que, si en algún momento publicó en algún periódico o revista algún tipo de panegírico o nota política defendiendo alguna idea dictatorial de Leguía, me parece que lo hacía de manera honesta porque pensaba que así debían ser las cosas. Algo totalmente equivocado, claro.

Yendo hacia el otro protagonista, ¿cómo lo podrías resumir la esencia de Elmore? Un personaje, de izquierda con ideas fijas, pero también muy fastidiado con la ingratitud hacia sus antepasados, inconforme con el recuerdo de sus apellidos. Es tan clave como Chocano…

De hecho, son dos caras de casi una misma moneda. Elmore no tenía, pues, el tema artístico y creativo. Él era netamente un periodista, pero no era alguien de izquierdas. De hecho, me parece fue más de derecha. Fue uno de los fundadores de la YMCA en Perú y creo que esa institución de izquierdista poco tiene. Aparte de eso, Elmore había estudiado en Inglaterra, había viajado por diferentes países de Europa, pero no del bloque soviético. Fue más bien a Italia, España, Francia y luego a México. Paradójicamente, él comenta que no estaba muy orgulloso de sus escritos como periodista. Me parece que lo comenta en sus diarios. Creía que eran artículos de temática muy banal, y sentía que era el momento de desarrollar intelectualmente su posición política, que era justamente la defensa del sistema democrático entre los gobiernos que dirigían los países Latinoamérica y España. Así que era alguien que comenzaba a mostrar ganas de entrar a un debate político nacional serio, a plantear su ideario político, que en buena medida seguía el de José Vasconcelos y el de Antonio Caso, que es otro intelectual mexicano de la época. (Elmore) había vuelto a estudiar literatura en San Marcos justo en el momento en el cual es asesinado.

Uno de los mejores libros publicados en el cierre de 2025.

Antes de leer tu novela uno, probablemente, tiene una idea alrededor del crimen en las instalaciones de El Comercio, pero cuando la terminas te quedas con varias sensaciones respecto a su perpetrador. Chocano un poeta con arma en mano, cercano a los videntes, o capaz de embarcarse en la búsqueda de un tesoro, algo alucinado probablemente hoy. ¿Cómo fue cambiando tu imagen del poeta a lo largo de tu investigación?

Al inicio lo conocía más como poeta y sabía que era un hombre muy famoso, muy vinculado a darse a conocer al público, pero ya leyendo más sus biografías, porque es un autor sobre el que se ha escrito bastante, tuve cada vez más la sensación de estar frente a una persona que era producto de su época. Hay que recordar que los primeros años de su niñez él es testigo de la ocupación de Lima por parte del ejército chileno en la Guerra del Pacífico. Entonces, él mismo declara que de niño –básicamente entre sus cuatro y nueve años– no podía salir así nomás a la calle porque se encontraba con los soldados chilenos, y su mamá siempre le decía que tuviese cuidado, que le podían hacer algo. Relata, pues, que se crio escuchando los cuentos de su madre, o las historias de valor y heroísmo que le narraba su padre, quien también había sido parte del Ejército. Y, bueno, tuvo muchos parientes que pelearon en Arica. Pienso que todo esto le forjó un carácter bastante irascible o iracundo ante la menor cosa. El padre también le había enseñado a manejar armas desde que era adolescente, incluso relata que alguna vez lo llevó con un amigo policía a practicar tiro, y eso fue algo que él mantendría en su vida, y que se tornó más recalcitrante cuando se fue a vivir a Centroamérica y se hacía amigo de varios dictadores de diversos países, donde muchas veces la única manera de defender tu vida es empuñando un arma. Él no lo dudaba, y decía tener muy buena puntería. No titubeaba en resolver sus altercados mediante un reto a duelo, lo cual era también muy de la época. También me parece que se trataba de una persona un poco agria y acelerada, que tomaba decisiones impulsivamente, cuando nada tendría porqué llevarlo a aquello.

Cuéntame un poco brevemente sobre la ‘cocina’ de tu libro. ¿Cómo lo fuiste armando? Hay capítulos cortos, saltos temporales, después, contrafácticos casi al final de los capítulos…

Primero, leí el libro de Luis Berninsone (“Chocano al rojo”) y se me prende la idea de estos nuevos factores que hay que tener en cuenta para evaluar el por qué llegan ambos personajes a esta reyerta con muerte final. Comienzo esta investigación hace siete u ocho años. Leí muchos libros, no solamente de ficción, sino sobre todo históricos, como biografías de los personajes, centrales y también de los allegados. Bueno, yo vengo más del género poético y, en algún momento, tuve que conversar con amigos narradores para que, más o menos, me den una idea de cómo tejer una historia como esta. Ahí me planteo trazar dos caminos. En el primero, hablo de la historia central, que es la del acontecimiento (nunca más de seis páginas) y, en el otro, voy colocando los demás hechos vinculados (nunca más de cuatro páginas). Luego de eso hago una especie de trenza, buscando agilidad y dinamismo que garantice la atención del lector, considerando que hoy es bien difícil este te otorgue más de dos minutos de su atención. Además, este no es un libro para literatos ni para especialistas, sino para el público en general.

Me has hablado de retar a duelo, de armas siempre listas, y pareciera que nos referimos a un mundo de hombres. Recién al final aparece mencionada Magda Portal. Antes de ello las damas eran, básicamente, acompañantes. ¿Cómo era el panorama en ese entonces?

Sí, por lástima era un mundo en el cual el hombre tenía una figuración, obviamente, mucho mayor. Hay un capítulo en el cual se menciona a Ángela Ramos, la esposa de Felipe Rotalde, que es quien le lleva el artículo de Elmore a Chocano cuando este es rechazado para ser publicado por Clemente Palma. Ahí digamos que la relación de amistad sí era entre Chocano y Ramos –que es la primera periodista del Perú– y no con Rotalde. Es más, este último de alguna manera se apoya en saber que su esposa era muy amiga del poeta para poder llegar a él, porque Rotalde sabía que no le caía tan bien al poeta de cierta forma, pese a que Chocano le tenía cierto respeto porque sabía que su padre había sido el cirujano del Huáscar. Lo sabía ‘hijo de un héroe’, pero no lo tomaba muy en cuenta. Incluso a quien invitaba a algunas reuniones era a Ángela Ramos, y ya ella llevaba a su esposo. Luego, ya al final del libro aparece el capítulo de Magda Portal, en el que ella lo pasa bastante mal bajo encierro por varios días en Santiago y él (Chocano) enterándose. El poeta le tenía bastante empatía, entiendo, porque estuvo tiempo atrás en un problema carcelario, así que acudía a verla. Pero también hay otro dato interesante: Magda le dedicó a Chocano un poema en una revista. Y para él, siendo alguien muy egocéntrico, eso era un elogio mayor.

Siendo abogado, ¿qué opinión te genera el proceso judicial seguido contra Chocano tras el disparo a Elmore? Mencionas en el libro los vicios legales, digamos, y luego viene el indulto, un recurso que en el último tiempo se nos hizo familiar…

Lo primero, claro, es una sentencia con vicios de origen. Quien debió llevar el proceso en un primer momento fue el juez instructor en lo penal, Pelayo Samanamud, porque incluso fue él quien acudió al hospital a tomarle la segunda manifestación que da Elmore antes de morir, y luego va a la carceleta donde estaba Chocano a tomar su nueva manifestación sobre el hecho. Entonces, entre esas segundas declaraciones y cuando comienza el juicio meses después, yo presumo que pudo darse cierta injerencia política del régimen de Leguía hacia el poeta. ¿Por qué? Porque no es común que se cambie a un juez para que el proceso sea seguido –en primera instancia– por un colegio de magistrados. Y fueron tres: uno que actuaba como presidente de jurado, otro como secretario, y otro como asesor. Normalmente eso hubiera sido al pasar a la instancia superior. Aquí de plano se le saca a este juez, aduciendo que era un proceso con demasiados temas, así que ‘por el bien del juicio’ este termina siendo seguido por tres jueces, un fiscal, un abogado de la parte civil, que era el cuñado de Elmore, y del lado de Chocano su abogado defensor, que era un asesor de Leguía. Así que el poeta estaba muy bien cubierto por el régimen.

Luego de los vicios legales/procesales que identificas y mencionas en tu libro, viene esta ley de parte del Congreso, sin embargo, hay también una sanción moral inocultable. A comparación de la actual, hablamos de una Lima ‘pequeña’ pero en la que, matar todavía era un acto repudiable. ¿Coincides?

En ese momento matar era absolutamente repudiable y se ve en el mero hecho que la sanción a él, si no viene desde la parte judicial, porque le imponen solo tres años, de los cuales no cumple más que meses, y sin pisar la cárcel, porque todo lo cumplió en el hospital militar San Bartolomé. Sin embargo, la misma gente que meses antes le había enviado a Leguía una carta pidiéndole un indulto para Chocano, cuando este sale, no le responden más el saludo. Incluso a veces esperaban que pasara por la otra vereda y le gritaban cosas como ‘asesino’ o ‘deberías estar en la cárcel’. Aparentemente, el poeta no vivía en el centro de Lima, pero cada vez que llegaba ahí era vilipendiado o insultado y con justa razón, porque había matado a una persona. Así que, sí, la sanción creo que fue mucho más por el lado moral y ético, de parte de la población en sí misma, que desde el enfoque penal.

Una fotografía del escritor y poeta Mario Pera.

La novela arranca con el tema sentimental, relatando un matrimonio que se quiebra, el inicio de una nueva relación con una familiar de la esposa del poeta. Después viene el tema político, el crimen, la sanción moral, los viajes afuera del país, tratar de reinsertarse, y la incapacidad para lograrlo. Tengo la impresión de que estamos ante un ‘pequeño terremoto’, alguien que siempre tuvo la vida revolucionada. ¿Fue algo así Chocano?

Nunca tuvo una vida tranquila o calma, inclusive desde niño. Creció en medio de una ciudad ocupada, lo cual debe de ser una de las situaciones más complicadas para un preadolescente. Luego, fue parte de alguno de estos grupos políticos que intentó deponer a Cáceres, lo agarran, y de hecho termina purgando condena carcelaria en el Real Felipe, donde –el que después sería presidente– Benavides, era su carcelero y, de hecho, el padre del poeta Parra del Riego fue su compañero de celda. A poco de eso se fue a vivir a Centroamérica, y siempre intentaba vincularse con gente del poder porque le gustaban los réditos económicos, las fiestas, y ese tipo de vida en general. Así viviría hasta su etapa final en Santiago de Chile. Allí, como ya no tenía tanto dinero, vería cómo hacer para que lo invitaran a estas grandes fiestas que hacía la aristocracia chilena en el hipódromo. Ese tal vez fue el único espacio oasis que le quedaba para disfrutar con su esposa, porque ya no tenían los medios para poder ir a grandes restaurantes o a grandes banquetes.

¿Si tuvieras que decir algo sobre las memorias de Chocano? Qué fortalezas y debilidades has hallado en ese relato personal sobre el poeta.

Obviamente, siendo su personalidad egocéntrica, no iba a hablar mal sobre sí mismo. En ningún momento reconoce, por ejemplo, ni durante el juicio ni después, haber matado a alguien. Justamente por eso es que Chocano no quería un indulto, sino el corte del proceso, porque si le dan un indulto, se reconoce que él ha cometido un delito, y el poeta hasta el último día de su vida siempre dijo que no había cometido delito, que él se había defendido. Solamente una vez le escribe a un director de una revista costarricense una carta personal en la que dice ‘si es que los periodistas peruanos me hubieran tratado mejor, yo mismo hubiese ido ante la tumba de Elmore a decirle que sentía mucho que todo haya terminado as’. Pero, reitero, jamás pidió perdón. En toda su biografía nunca se plantea la posibilidad ni de pedir perdón ni de reconocer que haya hecho algo malo, no solo en cuanto al crimen, sino en otras situaciones de su vida.

Si hay casos de figuras culturales o literarias que se acercan a políticos en el poder, no sé si porque van a ganar estatus, influencias o presencia en eventos, no sé, ¿qué ocurre al revés? ¿Qué gana una autoridad, qué gana Leguía de su relación con Chocano? ¿Crees que el efecto podría ser igual en el presente?

Chocano, muy astuto, se preocupó de escribirle a los amigos de peso que tenía por diferentes países de Latinoamérica, quienes literalmente llenaron el buzón del Ministerio de Relaciones Exteriores pidiendo su absolución. Todos decían ‘sabemos que ha matado, pero es alguien de tal valor, que pedimos le den un indulto’. Y Leguía decía que lo que estaba haciendo era simplemente recibir la voz popular (las cartas). Ahora, ¿qué ganaba personalmente? Pues, que alguien que aún conservaba cierto peso internacional a nivel de intelectuales hablara bien de su régimen y de su manera de gobernar. Es lo único que se me ocurre. Ahora, sobre el presente, creo que la mayoría de intelectuales están algo desvinculados del mundo político. El último tal vez fue Mario Vargas Llosa. ¿Qué ganaba un político con su adhesión? Pues el prestigio que te da que alguien como Mario respaldase tu candidatura, que te lleve a ganar o no una elección. Otro ejemplo de adhesiones podría ser la de Fernando de Szyszlo a algunas campañas del último tiempo.

-La corona de oro, los videntes, el mapa del tesoro en Santiago, son un montón de piezas que uno imagina que el autor se encuentra en el camino y que podría haber terminado en una novela de 500 páginas. ¿Cómo depuraste lo que habías investigado durante estos años?

Este personaje está plagado de elementos novelescos. Por ejemplo, era un férreo creyente del espiritismo y llevaba a su casa gente de ese ambiente. Cuando Leguía le pide componer un poema dedicado a Bolívar, no es que (Chocano) leyese libros sobre las epopeyas del libertador, sino que acude a un espiritista para que este llame y sea poseído el médium de Bolívar. Y en su casa él comienza a hablar con el supuesto espíritu (de Bolívar), y hace que este le cuente su historia para así escribir un poema por el que le terminan pagando 70 mil soles, lo cual supongo en ese entonces era una buena plata. Luego, sobre la corona, es un tema que en Perú se dio dos solo dos veces. Y ambas tuvieron como ‘puente’ a la misma persona: Chocano. Una para el poeta Luis Jaime Cisneros, a quien admiraba mucho, y gestionó una corona de laurel. La de oro macizo primero se la pide a Leguía, y cuando este le dice que no, el poeta insiste y le pregunta qué otras posibilidades hay, y Leguía habla con el entonces alcalde de Lima y hace que a través de la Municipalidad se financie esta corona de oro, lo cual termina siendo el bien más preciado que Chocano decía tener. Y que después termina perdiéndola de una manera bastante mundana: empeñándola. Es más, el destino de esa corona es completamente desconocido. En resumen, había muchos elementos ‘novelizables’ en la biografía del poeta que me facilitaron la labor. Finalmente, sobre la extensión, publicar novelas de más de 300 o 350 páginas es castigar a los lectores. Creo que uno debe buscar ser lo más conciso posible al intentar transmitir algo. Siempre menos va a ser más. 

Con la muerte de Vargas Llosa, para muchos nos quedamos sin grandes exponentes de las letras. En esa línea, ¿por qué consideras importante rescatar la vida y aportes de personajes como José Santos Chocano?

Bueno, todavía Alfredo Bryce Echenique está vivo. No es que él ‘le siga’ a Vargas Llosa, pero debo mencionarlo. Y en poesía está Leoncio Bueno, que acaba de cumplir 106 años. Ninguno de los dos ya publica, pero siguen con nosotros. Mira, me parece que es importante rescatar estas figuras o revisitarlas cada cierto tiempo porque siempre habrá nuevas luces. Este tema en particular siempre se enfocó como una obra de teatro, con el foco histórico sobre la circunstancia, sin embargo, había dos focos al costado, que eran las circunstancias emocionales y psicológicas de ambos personajes, y que nunca se tuvieron muy en cuenta. Y que explican en gran medida cómo y por qué se dio este hecho, y me parece que, después de casi 100 años, recién podemos sacar a la luz todo esto, y quizás también cubrir con ficción aquellos huecos que deja lo real, lo cual nos permitirá entender de forma más cabal lo que ocurrió.

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