Una breve visita a Lima fue oportunidad para conversar con Andrés Montero (Santiago, 1990), uno de los autores chilenos que más logros ha conseguido en el último tiempo por sus obras en cuento y novela. Las últimas dos, “El año en que hablamos con el mar” (14 ediciones y el Premio José Nuez Martín de la Universidad Católica de Chile), y “La muerte viene estilando” (9 ediciones y Premio Mejor Obra Literaria del Ministerio de las Culturas y Premio Municipal de Santiago) fueron publicadas por La Pollera Ediciones, y ya se encuentran en librerías peruanas, gracias a La Indie.
En la siguiente entrevista, Montero responde en extenso sobre sus libros, pero también se anima a hacer un ejercicio de memoria muy personal: remontarse al momento en que todo empezó. Allí entró a tallar su padre, un ‘cuentero’ que le narraba lo que podía a muy temprana edad. El entonces menor optó un día por responder esas historias y, animado nuevamente por su papá, aceptó escribir algo propio. Un concurso interescolar confirmaría que ese muchacho tenía talento.
Las etapas que atravesó como lector, los autores que lo marcaron, su principal objetivo (spoiler: “aprender a contar cada vez mejor una historia”), y cómo maneja el reconocimiento que le otorgan premios y sucesivas reediciones de sus títulos (nueve en total, hasta hoy, y pronto serán 10). Además, infaltable, una explicación de las distintas sensaciones que puede dejar su novela “El año en que hablamos con el mar”, una preciosa historia en las que dos hermanos se reencuentran en una isla bajo condiciones de aislamiento. Una narración en la que fluyen notables reflexiones de corte social que Montero, como confiesa aquí, no puede evitar porque simplemente son parte de su ADN:
¿Cómo empezó todo esto, Andrés? ¿Bibliotecas en casa? ¿Padres lectores? ¿El colegio?
Entra por la oralidad y desde el hogar, porque en mi casa todos eran ‘cuenteros’, como solemos decir, especialmente mi papá. Lo recuerdo en las noches contándonos historias del campo, con la luz casi apagada. Y a mí me gustaba mucho escucharlo, y por ahí me puse a escribir, porque era una forma responder a esas historias. Así que un día le dije a mi papá: ‘oye. tengo una historia’, y él me preguntó: ¿por qué no la escribes? Entonces, escribí un cuento y lo mandé a un concurso del colegio, y desde ahí, cuando me preguntaban qué iba a ser de grande, yo respondía: escritor. Ahí me parece que nació mi vocación, aunque también ayudó mucho en que casa hubiese libros, y mi mamá llevándonos a bibliotecas, es decir, era un ambiente de fomento a la lectura. Porque si tú ves a adultos leyendo, sientes que es algo que puedes hacer también.
Y desde ese cuento que escribiste casi a los ochos años, ¿cuándo empieza la idea de escribir para publicar? Cómo fue ese salto…
A los 15 o 16 años empecé a participar en concursos, que no eran solo del colegio, sino interescolares o nacionales, y me iba bien. Entonces, me tomé en serio la idea de poder dedicarme a esto. Decidí participar en todos los concursos que pude y, a veces, ganaba. Una vez me dieron una computadora. Y ya a los 19 o 20 años junté todos los cuentos que tenía escritos hasta entonces –y quizás un par de inéditos– e hice un libro que mandé a una editorial. Lo aceptaron y publicaron. Ahí ya tenía 21. Ese fue mi primer libro, el típico libro de cada autor que no se encuentra ya por ningún lado, que nadie leyó (risas). Después de eso empecé a buscar mis propias, a intentar hallar una voz. También fui saliendo un poco más (de la ciudad). Ese libro que te digo era quizás muy urbano, y decidí viajar, y terminé convirtiéndome en un narrador oral de forma profesional. Ya en el 2016 publiqué la novela “Tony Ninguno” y el libro de cuentos “Alguien toca la puerta”, de corte más juvenil. Así fue cómo abrí esas dos líneas de escritura: para adultos y jóvenes.

Hace un rato mencionaste a Bolaño, pero, ¿él fue tu principal influencia o tienes otros autores que te marcaron en tus primeras etapas?
Es por etapas, claro. De niño tenía referentes como Quino, Asterix o Tintin, que era lo que más leía, sin embargo, también están Roald Dahl y Julio Verne. Ya más adelante, vino Julio Cortázar. En ese punto pensé que quería ser un escritor. García Márquez y Juan Rulfo aparecen a mis veintes. Luego, Bolaño, la primera vez que lo leí quizás tenía esas edad o 21 años. Es un autor muy importante para mí, aunque tal vez en mis libros no se nota mucho su influencia. Pienso que lo que vengo escribiendo hoy sí tiene mucho más de Roberto. Y, ya en la actualidad, mis referentes son autoras latinoamericanas como Samantha Schweblin,
Selva Almada, Mariana Travacio, y Fernanda Melchor o tu compatriota Gabriela Wiener. Son escritoras a las que vengo leyendo mucho, y creo que cuando lees un autor hay algo que, inevitablemente, termina fluyendo en tu escritura.
No es un detalle menor: casi todos tus libros están publicados en editoriales independientes.
Los juveniles están en la editorial SM, y los libros para adultos en independientes, pero hay uno, “Taguada”, que salió en algún momento en Sudamericana, sello de Penguin Random House. Luego, claro, ha salido una nueva edición con La Pollera.
¿Dirías que esto es una etapa y que, más adelante, no descartas elegir un sello grande? ¿Qué te interesa hoy?
Pareciera que no se entiende tan bien la decisión de seguir en una editorial independiente cuando, en este momento, podría estar en una más grande. Por ahora, te soy sincero, quiero mantenerme en La Pollera, mi editorial y mi casa. Además, ellos me están ayudando a que el libro tenga un recorrido internacional a través de otras editoriales, que a su vez le dan un lugar justo a mis obras. Me acomoda mucho trabajar así. Ojo, “El año que hablamos con el mar” ya está publicado en más de 10 idiomas. Ahora, más allá de esto, sí me gustaría en algún momento poder, no sé, postular al Premio Herralde de Novela, que es un sueño para muchos de nosotros. Pero eso sería más adelante. Por lo pronto, mi próximo libro saldrá también con La Pollera, y tengo muchas expectativas.
Vamos ya entrando a tus libros, a tus personajes, a lo que te preocupa, digamos, como creador. ¿El protagonista de “Tony Ninguno” (tu primera novela) se parece en algo a los que creaste en tus libros posteriores?
No demasiado. “Tony Ninguno” la escribí hace 14 años y se publicó hace 10, entonces hoy me siento como un poco más lejano. Aunque sí permanecen algunos temas, sobre todo la oralidad, representada en la protagonista, una narradora oral que cuenta cuentos en un circo. “Tony ninguno” es una historia dura, un poco cruda, pero sí tiene eso de la oralidad, y muchos espacios rurales. Porque si bien aparece la ciudad, digamos, casi todo el libro está ambientado en espacios rurales, donde la gente no tiene las costumbres ni los tiempos de la urbe, y eso es algo que he mantenido en largos pasajes de casi todos mis libros, aunque no exclusivamente. Entonces, la oralidad y lo rural son dos factores que he mantenido, pero –por ejemplo– los personajes mismos no creo que tanto, ahí sí he ido cambiando un poco.
La narración oral en Perú, a priori quizás está más vinculada con la literatura infantil. ¿Pasa lo mismo en tu país?
Bueno, existe narración oral para el público infantil y familiar, por supuesto, yo también lo hago, voy a colegios, a bibliotecas, pero hay un porcentaje importante en Argentina, en Chile, en Colombia, por ejemplo, con mucha narración oral para adultos, con gente va a un bar, se toma una cerveza y escucha cuentos, no es stand-up comedy, aunque el formato es parecido: un tipo con un micrófono, pero contando cuentos que la gente pueda escuchar. Por ejemplo, ahora en Colombia está Bonifacio Ofogo, que es un narrador de Camerún, que estuvo contando cuentos de Julio Ramón Ribeyro, que uno pensaría que en el fondo eso no se hace, y sí que se hace. Y en Perú también, en el festival que yo estuve hace unas semanas, el “Déjame que te Cuente”, hubo funciones familiares, infantiles, fuimos a colegios, pero también hubo en la Alianza Francesa shows para adultos, con bastante público, o sea que también existe, se hace. En lo personal, me gustan todos los formatos para contar cuentos, pero me parece especialmente importante que los adultos acudan, porque es algo que dejaron de seguir hace mucho tiempo.
¿Qué literatura peruana has leído? Es curioso, tus libros han llegado mucho a varios países de Latinoamérica, pero el vínculo con Perú es más bien algo incipiente.
La Pollera es una editorial chilena que empezó a tener distribución en Argentina, un poquito en Uruguay, un poquito en Colombia, y en Perú, recién hace un año, está entrando ya con distribuidora (La Indie), y entonces, esperamos que esa relación — yo por primera vez pude presentar un libro aquí en Lima– crezca. Ahora, sobre autores peruanos, sí he leído mucho. Me gusta lo que he leído de Gabriela Wiener. Mario Vargas Llosa tiene libros que me gustan más y otros menos. Julio Ramón Ribeyro es uno de mis cuentistas preferidos. En poesía he leído a César Vallejo, aunque también siempre me gustó lo que leí de Nicomedes Santa Cruz. Recientemente, he leído a Úrsula de la Peña, una autora limeña joven que tiene su novela “La distancia era frágil”. Finalmente, no puedo dejar de mencionar a autores como Jeremías Gamboa y Santiago Roncagliolo.

¿Encuentras algún vínculo entre literatura contemporánea chilena y peruana, ¿temas, preocupaciones, modos de ver el presente?
No sé si tan contemporáneas, pero de lo que uno ha leído en los últimos 30 años quizás, ha habido como una preocupación en la literatura chilena muy importante por la dictadura, que digamos sería como la época de la violencia. Y creo que hay un símil en Perú con lo que fue Sendero Luminoso y toda esa época. O sea, digamos como una preocupación constante que aparece en muchos de lo que se ha escrito. En mis libros, por ejemplo, la dictadura a veces aparece de forma periférica. Yo no me he dedicado a escribir sobre eso, como lo han hecho colegas como Nona Fernández. Y lo mismo en Perú, hay autores que están en libros directamente relacionados con la época de Sendero y otros que lo aborden de manera tangencial. Por otro lado, noto esta frustración política que puede encontrar similitudes en ambos países. Finalmente, en el último tiempo ha ocurrido en Chile algo de lo que me siento parte: el énfasis en lo oral, desde lo ciudadano o desde el campo. No sé si se replique eso en la literatura peruana digamos ‘reciente’, pero sí he leído cosas que describen muy bien espacios tradicionales como Miraflores o Barranco.
Sorprende la alusión que tus portadas hacen a la cantidad de premios ganados y a las reediciones que has logrado en el último tiempo. ¿Llegan a ser los galardones algún tipo de carga o ‘mochila’ para el creador Andrés Montero?
Honestamente, no. Agradezco mucho cada premio, aunque hoy participo menos en certámenes. Actualmente, hay premios como el José Núñez Martín, que me dieron este año de la Universidad Católica. Son galardones a los que uno no postula, y es una maravilla que de la nada una mañana te llamen a darte noticias así. Mi primer premio grande me lo dieron en México y ayudó mucho a conocer mi obra. Pero soy sincero y creo que un premio no es una presión, no es como que ‘tengo que ganar algo con mi nuevo libro para que no se quede atrás de los demás. Lo que sí me pasa es que hoy siento que existe un grupo de lectores que está pendiente de qué nuevo voy a publicar. Esa expectativa no es una mochila sino solo una preocupación que antes no tenía.
Empecé a leerte con tu novela “El año en que hablamos con el mar” y luego leeré tu libro de cuentos “La muerte viene estilando”. ¿Reconoces algún tipo de vínculo entre ambas obras? La novela me remite, inevitablemente, a la pandemia, con esta gente en una isla sin nombre, donde llega un hombre que viene de conocer todo el mundo. Hay ahí diálogos, pero también cuestionamientos. Unos defienden salir, conocer, y otros se sienten satisfechos con lo que les da la isla. Es una historia con muchas reflexiones…
No hay un vínculo en cuanto a la trama, digamos, tampoco personajes que se repitan, pero sí hay una conexión si hablamos de algo como la muerte. En “El año en que hablamos con el mar” hay un cementerio sin cuerpos, personajes que ya no están, ocurre la muerte de un bebé muy pequeñito, o sea, es un tema presente y del cual se reflexiona. Luego, en “La muerte viene estilando”, es claramente el tema principal. Entonces, ahí sí hay un vínculo temático. Algo parecido quizás ocurre en cuanto a la ambientación. Si bien “La muerte viene estilando” está dentro del Chile continental, en un lugar lluvioso, “El año en que hablamos con el mar” tiene a la isla Mocha, tiene otras particularidades, está fuera del continente, pero se parece a la otra porque tienen lluvias, cambios notorios de estaciones, en la forma de ser de su gente, en la importancia que se le da a la mitología indígena, especialmente Mapuche y Pehuenche, que sería la que está como en la zona, así que sistemáticamente hay bastantes como vínculos. No obstante, el libro que estoy escribiendo ahora mismo tiene un vínculo ya directo con “La muerte viene estilando”, porque hay personajes compartidos, lo cual finalmente es una forma de vincular tus libros.
En “El año en que hablamos con el mar” uno de los hermanos es escritor y hay una mención a una biblioteca en la isla, una biblioteca inmensa y desordenada. ¿Sueles incluir elementos literarios dentro de tus historias? ¿Siempre hay un escritor, siempre hay alusiones a libros, a una biblioteca, a historias?
Es algo que tendría que pensar un poco. En “Tony Ninguno” sí, todo parte de “Las mil y una noches”, este maravilloso compendio historiográfico del mundo árabe. Es la referencia como directa. En “Tawada” hay una vieja leyenda, y también aparece en literatura, sobre dos payadores que se enfrentaron en un contrapunto durante cuatro días y cuatro noches. Son lo que en Perú conocen como ‘decimistas’. En “La muerte viene estilando”, en cambio, no hay ninguna referencia directamente literaria, pero sí de historias orales. Ahí está algo metido Juan Rulfo, Mario Levrero, Marta Brunet y Manuel Rojas. Luego, ya en “El año que hablamos con el mar” –por primera vez—sí tomo la figura del escritor que reflexiona sobre literatura. Esa parte te diría que es ‘la más Bolaño’, porque hay un sentido metaliterario representado por un escritor que viaja.
¿Dirías que la situación que viven los protagonistas de “El año en que hablamos con el mar” es como de aislamiento?
Absolutamente, yo quería trabajar con dicotomía en este libro, entonces habían varias: la escritura y la oralidad, el viaje y la permanencia, el mar y la isla, etc. Y precisamente una de las dicotomías más importantes aquí era el estar en el centro del mundo, que sería Barcelona como representante del mundo literario, versus el aislamiento de estar en un lugar solitario, con poca gente, porque además esta isla, que es la de mi libro, pero también es la de la realidad, está cerca del continente, o sea, a un vuelo de 8 a 10 minutos en avioneta, pero no sale la avioneta todos los días, el barco carguero llega una vez al mes, etc. Fíjate que la isla de Pascua, nuestra gran isla turística está a cinco horas en avión y, sin embargo, hay dos vuelos diarios, porque es turística, entonces esta isla (la de mi libro), estando mucho más cerca, está paradójicamente mucho más aislada y por eso, en algún momento, esta gente que vive en la isla dice: a nosotros el país no nos importa, si a ellos nunca les hemos importado nosotros. Y eso es algo que se repite en algunos sectores aislados de Chile, donde piensan: ¿Y a mí qué la política? ¿Ir a votar para qué? Entonces, como que se tornan sociedades un poquito más autárquicas en algún sentido.

Sí, son las pequeñas reflexiones que en esta novela en particular fluyen. ¿Atribuyes esto a tu interés por cierta crítica social, o es simplemente un recurso que precisa tu ficción?
Es una buena pregunta.Yo diría que todos los escritores tenemos, como todos los artistas, una forma de mirar el mundo, a veces más positiva, a veces más crítica, a veces más poética. Entonces, es inevitable que, al hablar de algún tema, aparezca la mirada que tiene cada autor. Entonces, claro, yo se lo hago decir a los isleños, pero, además, sí eso es lo que pienso, sobre el aislamiento, la falta de presencia del Estado en estos lugares, etc. Entonces, no diría que ‘la trama necesitaba este punto de vista’, pero creo que sí complementa en algo, significa un aporte al libro, porque estas pequeñas reflexiones pueden significar que, además de leer una historia, que ojalá sea entretenida, y te haga pasarlo bien, también te haga pensar, reflexionar, y buscar tu propia opinión sobre el tema.
Hablaste hace un rato de dicotomías, y en una parte me parece que a un personaje le preguntan, ¿ustedes no salen? Él dice, ¿para qué? No necesitamos nada o algo así, pero a la vez no tienen cajero automático, a la vez no tienen agencias bancarias. Esta dicotomía de tenerlo todo y no tener nada al final, o al revés, digamos, está bastante notoria, se nota a lo largo de la historia…
Sí. Me imaginé unos personajes sencillos y de alguna manera conscientes de su sencillez, y también fue una forma de mostrar paralelamente otros tipos de vida. Mira, yo no tengo nada en contra de los cajeros automáticos, y los uso, pero me parece que nos han hecho creer en los últimos años que solamente hay una manera de vivir y que, si no tenemos la televisión gigante, la última lavadora, o qué sé yo, no podemos ser felices, y eso es mentira, es un invento del capitalismo en el que estamos todos metidos y que, de alguna manera, nos gana –a veces– y nos convence, de cosas como ‘tener que cambiar el celular cada año’. Mentira: no tienes que tener último siempre, eso no es verdad. Y estos isleños aparecen como personas un poco orgullosas de la falta de cosas que tienen, un poco ingenuas también, les falta, por ejemplo, una biblioteca decente, que es algo que a mí me parece útil para la gente, pero ellos comparten esta consideración respecto al mundo en el que viven, en el que mientras no les falta que comer y puedan ir a tomarse su vino a la taberna, mucho suficiente. Yo he conocido gente así y como que he aprendido mucho de ella. Aunque yo mismo a veces me quejo de algunas cosas, pienso que me falta esto o lo otro, pero la verdad es que claro que se puede vivir de forma más sencilla.
Te comenté hace un rato que “El año en que hablamos con el mar” te lleva, entre muchas cosas, a la pandemia, porque ahí también hay un encierro, hay gente que está ‘protegida del bicho’ al estar encerrada, como nos pasó hace algunos años. ¿Qué tan natural fue para ti insertar ese ‘bicho’ en uno de los temas?
Mira, no fue tan natural, lo que pasa es que yo trabajé esta novela en un máster de escritura creativa en Barcelona, y en algún momento el director del máster, Jorge Carrion, me dijo ‘Andrés, necesitas ser un poquito más contemporáneo’. Como si yo viniera escribiendo algo muy del pasado, anacrónico, no sé. Entonces, seguí el consejo, y entonces incluí dos elementos en la trama: el estallido social chileno, que fue en 2019, y la pandemia que venía justo después. Todo esto me sirvió mucho, me dio una idea de por qué volví a Jerónimo, me permitió reflexionar sobre esa dicotomía del país y la isla y, además, la pandemia me funcionó muy bien porque me permitió explicar por qué Jerónimo se quedaba atrapado en la isla, y también reflexionar acerca de la falta como de contacto con el mundo, la falta de internet en el caso de Jerónimo, que se queda sin Twitter y sin WhatsApp. Así que, bueno, por eso apareció. Entonces, digamos, no fue natural, no fue como desde el principio, pero se insertó muy bien en la trama, y me ayudó mucho a escribir una novela que parece anacrónica, pero que no está fuera del tiempo.
Si tuvieras que decir un objetivo que persigues tú al escribir un nevo libro, no sé, un médico quiere salvar más vidas, un abogado quiere ganar más juicios, un político, ganar más elecciones, y tú como escritor, ¿qué te planteas en cada nuevo libro? ¿Tienes metas?
A mí lo que de verdad me motiva, como en el camino de la literatura y de la narración oral, es aprender a contar bien una historia. Siempre digo: esta historia sí que la voy a aprender a contar muy bien. Obviamente, y esto creo que lo decía Jorge Luis Borges, uno termina haciendo la sombra de la sombra de la sombra del libro que en verdad quería hacer. Me interesa desafiarme y pensar en maneras distintas de contar una historia, pero sí tengo muy presente que lo que yo hago puede tener poesía, creación interesante de personajes, elementos novedosos, como jugar con la primera persona plural, etc., pero yo siento –quizás ‘patudamente’ como decimos en Chile– que la sociedad me ha mandatado ser un contador de historias. Así como la sociedad necesita profesores, médicos, periodistas, obreros, también necesita gente que cuente una historia, y yo me tomo en serio ese rol, entonces digo, bueno, yo tengo que ser un buen contador de historias, busco nuevas formas de hacerlo, pero nunca pierdo de vista eso, que es mi rol, porque toda la comunidad necesita un contador de historias, y yo estoy contento de que, que mis libros se lean, porque de alguna manera es sentir que, al comprar mis libros, la gente me dice: ‘sigue con ese rol, lo necesitamos, tu voz y la de tantos otros’.
Tal vez alguna de esos cientos de personas que han leído “El año en que hablamos con el mar” te dijo alguna vez lo que para él o ella es el tema central de la novela. Para mí podría ser varios, claro: las relaciones entre hermanos, el vínculo irrompible de la sangre, el aislamiento, el abandono del Estado, etc. ¿Cuál es el tema central de este libro para ti?
Esta es una novela a la que se le puede entrar por muchos lugares, pero yo diría que fundamentalmente, con lo que se han quedado los lectores, es con la fraternidad, o sea, como con reconstruir la relación con un hermano, eso es lo que a mucha gente le ha tocado más porque todos hemos tenido algún problema con eso, con un hermano alguna vez, los que tenemos hermanos, digamos, y son personas a las que uno quiere mucho, pero con las que a veces es difícil porque somos muy parecidos. Claro, también muchos me hablan de la literatura que está en la historia, de oralidad, del viaje, de partir o retornar a un lugar, etc., pero lo que a la gente más le toca es, ya casi al final, cuando uno de los hermanos le confiesa al otro que quería que volviera. Ahí es cuando el lector se quiebra.



