Andrés Arias: «En literatura hay una tendencia hacia lo minimalista, pero yo prefiero las historias bien contadas, ‘a lo Vargas Llosa’»

Sentado en el comedor del limeño y mítico Hotel Bolívar, el periodista y escritor Andrés Arias (Bogotá, 1977) se dispone a responder nuestra batería de preguntas. No ha pedido un pisco sour, sino un agua con gas, la cual tendrá que durarle los más de 40 minutos que se prolongará esta conversación que, si bien tiene como centro “Los gritos”, su más reciente libro publicado por el Fondo de Cultura Económica, poco a poco se irá expandiendo a otros ámbitos.

En “Los gritos”, el autor bogotano despliega una de sus mejores habilidades: tomar datos históricos para crear ficciones atrapantes. El lector decidirá si ante sus manos tiene un conjunto de cuentos, una novela coral (¿o ambas cosas?). Lo cierto es que Arias presenta aquí nueve piezas y una posdata. En las mismas, conversa con la hija del dictador Rojas Pinilla e intenta rentarle su casa, recorre la Biblioteca Nacional junto a su querida amiga Gabriela Arciniegas, y retrata los ambientes de la revista Credencial, lugar donde, tal vez, (y este es un añadido nuestro) confirmó su amor por el periodismo de las historias bien contadas.

Arias es un conversador nato. Merced a su privilegiada memoria, no solo recuerda años, particularidades y hechos vinculados al dictador Rojas Pinilla (“más corrupto” que sanguinario), sino que, además, explica cómo él se fue nutriendo de genios de las letras latinoamericanas como su compatriota Gabriel García Márquez o el peruano Mario Vargas Llosa. De este último reconoce tiene mucho su “libro de cuentos político” (como él prefiere llamar a este texto de 224 páginas), un producto sui generis que, probablemente, solo hubiera podido salir de su incontenible imaginación y su apego a la memoria histórica.

¿Qué hace alguien como usted en el mítico Hotel Bolívar tomándose un agua mineral con gas y no un pisco sour?

(Risas) es que tomo muy poco alcohol. Pero este hotel me gusta, tanto como la elegancia limeña, sus vestigios de riqueza de inicios del siglo XX. Su arquitectura. Esa decadencia lujosa…

Aunque cada vez parece quedar menos de eso.

Sí, pero aún la hay. Por ejemplo, Bogotá no tiene hoteles como este, ni uno solo. Estaba el Hotel Granada, pero lo tumbaron en 1951.

A usted le gusta lo ‘viejo’ y, fíjese, la modernísima Inteligencia Artificial destaca que en Colombia no hay una larga lista de dictadores militares como sí en Perú…

Es verdad, solo hubo la de Gustavo Rojas Pinilla. Y a mí eso me llamaba la atención, porque existe un subgénero denominado la novela del dictador latinoamericano. Y yo decía, ¿por qué nadie ‘le metió el diente’ a Rojas Pinilla? Eso me interesó desde que estudiaba literatura. Y como bien nota, a mí me gusta mucho lo viejo. Así que empecé a comprar periódicos y revistas antiguas que tocaban el tema. También libros, y a conseguir documentos sobre esa dictadura. Memorabilia, porque la dictadura, además, se preocupó mucho por generar productos y demás cosas de adoración al dictador. Entonces, al comienzo no me atrevía. Me daba miedo. Y me pasé 20 años pensándolo, hasta que me atreví a escribir este libro.

¿Llegó a descubrir por qué la literatura colombiana le ha huido un poco a Rojas Pinilla?

Sí, hay varios motivos. Uno puede ser que veníamos de presidentes muy malos. Digamos que elegidos ‘democráticamente’ como Ospina Pérez, Laureano Gómez y después Urdaneta. Entonces, Rojas Pinilla fue menos malo que ellos. Entonces, eso como que lo ‘suavizó’. Como si acaso una ‘dictablanda’ no fuera una dictadura también. Además, Rojas Pinilla hizo mucha obra pública. Muchas de sus obras fueron inolvidables: la televisión, el voto de la mujer, no sé, cosas que hoy perduran. Y eso hizo que mucha gente lo viera como un gobierno bueno. Y hay un punto muy importante. Él se toma el poder y cuatro años después del país la gente lo tumba, pero en el 70 se presentó de nuevo a la presidencia y, según todo el mundo dice, le ‘robaron’ las elecciones. Eso le cambió la imagen. Se convirtió en una ‘víctima’ de la clase política colombiana. A él le gana Misael Pastrana Borrero, papá Andrés Pastrana Arango, que también fue presidente. Creo que eso suavizó mucho su imagen. Además, una cosa muy particular de Rojas es que fue un dictador de derecha, ultracatólico, anticomunista, pero, después fue tornándose cada vez más de izquierda. Tanto así que hasta sus nietos fueron candidatos de esa ideología. Aunque ambos se fueron presos por ladrones. Entonces, (Rojas Pinilla) se fue torciendo interesantemente, con un movimiento populista que se llamó la ANAPU, dirigido por su hija María Eugenia. Entonces, es muy difícil definirlo. Dónde se paraba, qué tan malo era, qué tan de derecha era, qué tan fascista era. Porque ‘bailó’ mucho. Supo maniobrar muy bien.

Un final distinto tuvo Gustavo Rojas Pinilla, dictador colombiano.

Y esa fue una dictadura relativamente corta, porque en Perú hubo dictaduras que se prolongaron incluso más de una década. La de Rojas Pinilla fue corta y tuvo varios hitos, algunos bastante trágicos, como la Masacre de Bogotá.

Sí. Y entonces yo empecé a buscar qué hitos había precisamente. O sea, dónde podría haber un cuento. En esa masacre de la Plaza de Toros, por ejemplo, dije, hay uno. Luego, la masacre de los estudiantes, asesinados cuando estaban protestando, que se ha convertido un poco en leyenda porque nadie sabe bien cuántos fueron, también podía generar otro cuento. Lo mismo al hablar de su caída. Por ejemplo, cuando él vuelve de Europa para que lo juzguen, el entonces presidente Alberto Lleras Camargo dice que existe un peligro de golpe de Estado para hacerlo volver al poder, y que la única forma de evitar esto es poner a Rojas Pinilla es una embarcación. Y lo lleva al Mar Caribe. Y lo tiene un muy buen tiempo ahí. Eso me parece súper literario, porque además es increíble. También, Rojas Pinilla tuvo un yerno, que fue muy importante en los robos que hizo en su gobierno, tuvo una amante que desapareció. Ahí había otra posibilidad de cuento.

Precisamente, en el primer relato habla de Misael Pastrana. El segundo ocurre en un periódico. ¿Cómo maneja la tensión entre realidad y ficción al escribir sus relatos?

Como soy periodista, hice un trabajo de investigación documental bastante duro, revisar periódicos, archivos y documentos. Y a mí me gusta mucho el siglo XX porque todavía hay testimonios. Gente que dice ‘yo era niño cuando pasó esto’ o ‘yo recuerdo esto’. Quizás por mi formación como periodista, me acerco a la denominada literatura testimonial. Sentía que necesitaba una buena base, una estructura pegada a la realidad, que permitía hacer ficción, pero muy pegada a la realidad, como pegada a los hechos, a las fechas, a los lugares, a las voces invisibles. Si el presidente dijo esto y está claro, entonces voy a usar esa palabra, o esa frase. Si leo algo sobre un lugar, pues, tendré que ir, conocerlo, tomarle fotos y pediré que me dejen entrar antes de escribir tal como es. Ya después viene la ficción.

Aunque este libro tiene menos ficción de lo que parece…

Es verdad. Hay un trabajo, digamos, de periodismo, histórico, muy muy juicioso, para traer más ficción ya al final, ya con las puntas de cada cuento, porque la estructura completa de la base, es realidad.

Y hay mucho detalle, o fijación, no sé si es la palabra correcta, por los lugares, por las casas y, bueno, usted en las fotografías que usted comparte en redes sociales, muestra siempre casonas, lugares turísticos, históricos. ¿Siempre ha sido esto lo que le ha atraído?

Sí, yo tengo una fascinación por los lugares, por eso el primer cuento del libro comienza conmigo entrando supuestamente a la mansión de la familia Rojas, a la que (finalmente) no pude entrar. Dije que quería poner un ancianato ahí, pero no me creyeron. Así que solo me quedó inventar un cuento, porque la casa estaba en venta en Internet. Con las fotos que hallé en la web, armé un plano de la casa, y en el relato supuestamente yo entro allí.

¿Sería correcto decir que usted está más vinculado al arte que a la literatura en sí?

No. Yo creo que todo tiene que ver con un libro. Mi segunda novela se titula «Tú, que deliras«, y es la historia de una mujer que fue muy importante para el arte colombiano: Carolina Cárdenas, una artista plástica que, lamentablemente, murió muy joven. Ella fue clave en la llegada del Art Deco a Colombia, desarrolló la fotografía, la cerámica y en el arte abstracto. Ella fue como un eje de entrada a la modernidad del arte colombiano. Con ella hice algo parecido a lo de “Los gritos”: un factor histórico con el que después hice ficción. Fue luego de esto que me entró la fascinación. Yo no compraba nada, yo no coleccionaba nada, yo no curaba nada, y de ahí como que apareció un perfil nuevo en mi vida gracias a esa novela, que me convirtió en curador de exposiciones, coleccionista de cosas, interesado por la arquitectura y el arte, etc. Todo nació ahí. Esa novela reventó ese pedazo de mi vida que yo no conocía.

¿En la histórica disputa política colombiana entre liberales y conservadores, dónde podríamos asignar a Rojas Pinilla?

Rojas Pinilla era un líder conservador bastante de derecha, militar, que viene de un momento que se conoce como la Violencia, con mayúscula, que se dice reventó con el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, que era un candidato liberal, y su crimen fue como el de Kennedy: nadie sabe quién lo mató realmente. El que supuestamente disparó, Juan Rojas Sierra, fue asesinado, entonces, nadie sabe si fue él realmente, y menos por qué lo hizo. Pero siempre se ha dicho que detrás de ese asesinato estuvo el partido Conservador, que estaba en el poder en ese momento, con Ospina Pérez, después sube a la presidencia Laureano Gómez, el enemigo político de Gaitán, luego lo reemplaza durante unos días Urdaneta, y después sube al poder Rojas Pinilla, o sea que es una seguidilla conservadora de presidentes. Gustavo intentó ser un presidente más abierto, dijo que iba a gobernar con el Partido Liberal y demás, pero eso al final cambió y no se dio. Yo creo que él no fue un dictador como Trujillo o Pinochet, desesperado por desaparecer gente, aunque sí la desapareció, precisamente hace unos días salieron noticias del hallazgo de cadáveres de personas desaparecidas durante su gobierno.

El escritor y periodista colombiano Andrés Arias.

Quizás lo breve que fue impidió que sea mucho más nocivo, ¿no?

El de Rojas Pinilla fue un gobierno conservador, de derecha, con muchas características de una dictadura, pero más interesado en el dinero que en destruir al enemigo. Por eso en mi libro hay un cuento, la historia de ‘Campitos’, ese hombre que se burlaba del presidente por todo el país, en un teatro donde ponía un avión ‘presidencial’ inmenso por todo el escenario, con familias saliendo para Miami llenas de dinero colombiano, entonces, repito, la característica del gobierno de Rojas Pinilla es la corrupción. Que después se vería en su yerno, en sus nietos, etc.

De esos los famosos apellidos, digamos, poderosos que manejaron Colombia en el siglo XX ¿quedan hoy esas familias todavía en el poder o ya podemos decir que están arrimadas a un lado?

Sí, quedan en el poder porque todas son ricas, todas son poderosas de dinero. Y uno puede contar ‘tal familia es dueño de eso’, tal otra es dueño de lo otro. Por ejemplo, ahora en el triunfo de Abelardo de la Espriella como presidente de Colombia estuvo una precandidata que fue Paloma Valencia, descendiente de Guillermo León Valencia, un presidente colombiano y, además, descendiente de una familia riquísima de azucareros y dueños de tierras en el sur del país, una zona netamente conservadora, racista y demás de toda la historia colombiana. Entonces, esas familias siguen existiendo y siguen siendo poderosas, no desaparecen, y les gusta la política, así que siguen rondando por ahí.

¿Cómo encaja “Posdata, transcripción de una narración”, en el conjunto de relatos que incluye su libro?

El libro tiene un orden cronológico: arranca con la narración en la que entro en la casa de Rojas Pinilla, pero el tema realmente es la toma del poder. Ahí, supuestamente, la hija me cuenta a mí cómo él se tomó al poder. Y así va avanzando, hasta el último cuento, que relata cuando Gustavo vuelve al país a que lo juzguen. Quería hacer una ‘colita’ con eso. Y ahí surgió el “Posdata”, con Rojas preso en el centro de Bogotá, y el Senado decide que no le permitirá seguir hablando. La pregunta entonces era: ¿qué tanto estaba contando que los políticos dijeron, de un momento a otro, ‘que no hable más? Entonces, hice una postdata con eso. Hice una trampita en la que Rojas se enferma de algo estomacal. Y digo que al enfermarse no puede volver al Senado y estos votan para que no pueda seguir hablando. Asé cerré el libro.

En la pre-entrevista me habló de Gabriela Arciniegas, y en “El fondo Arciniegas” usted es personaje con ella.

Sí, claro. Ella es nieta de Germán Arciniegas, un director colombiano muy importante. Además. es muy amiga mía.

Pensaba mientras leía ese relato que su libro está plagado de elementos periodísticos, de revistas, de periódicos.

Yo trabajé en el pasado en la Biblioteca Nacional de Colombia (BNC), pero Gabriela me contó una vez que había una parte (del fondo Arciniegas, ubicado dentro de la BNC) sin acceso para el público, pero que ella me podía acompañar. Todo eso es cierto y fuimos a revisar, claro. Lo que es ficción es el documento que supuestamente encontramos. Mi duda era si ponerme como narrador en primera persona. ¿Otra vez un Andrés Arias, como en los otros cuentos? Y le pregunté a Gabriela. “¡Hágale!”, me dijo. Así que la puse de narradora. Luego le pedí que lo lea, lo corregí y conseguí un tono creo muy parecido al de Gabriela.

Con las revistas casi extintas, me pongo a pensar en “Credencial”, la revista colombiana que usted cita en sus relatos, y donde además trabajó tantos años. ¿Qué recuerda?

Era una revista cultural que duró muchísimos años. Desapareció recién el año pasado. Yo era coordinador editorial y el editor era Rafael Baena, un escritor y periodista colombiano, que después sería muy paternal conmigo. Él se enfermó, se puso muy mal, y me nombraron editor. Conservo recuerdos muy bonitos de esa etapa. Yo era entonces muy joven. Y quise rememorar esos momentos en el libro. Por eso hay un cuento en el que un señor, un supuesto corrector de estilo de la revista, me invita a su casa, y resulta tener mucho por contarme sobre la Masacre de los Estudiantes. Pero el libro también tiene como ‘trampas’ o juegos autobiográficos que me tomé el descaro de tomar. Por ejemplo, ¿qué pasa si yo meto a Andrés como narrador y protagonista de un cuento? ¿Qué pasa si mezclo ficción con realidad? ¿Qué pasa si me meto con Gabriela (Arciniegas) a la Biblioteca Nacional, si meto a la revista Credencial, a Rafael (Baena) o a Alberto Donadío, que escribió el libro sobre Rojas Pinilla? Juego un poco con eso, y dejo que la realidad cuente lo que pasa con el libro, con la investigación hasta donde necesito hacer ficción. Fueron riesgos que me tomé. Otro fue que si bien existe la ‘novela de dictador’ no existe el ‘libro de cuentos de dictador’. Claro, después –para algunos—el libro tomó un camino de ‘novela coral’ con cierta conexión entre sus relatos.

Si hablamos de ficciones ambientadas en dictadura, “Conversación en La Catedral” es una referencia notable. ¿Coincide?

¡Claro! La novela de Vargas Llosa. En Lima le insistí al director del Fondo de Cultura en Perú, Dante Trujillo, que quería ir a La Catedral a tomarme una foto en la puerta del lugar. Sabía que no quedaba nada ya (del sitio original), pero quería la fotografía ahí. Mira, Vargas Llosa fue muy importante en este libro. Primero, claro, por los diálogos, que evocan a “Conversación en La Catedral”, pero mucho más por “La fiesta del Chivo”, porque me dio una luz muy importante. En esa novela había un ‘presidente títere’ que nombraba Trujillo para que lo reemplazara. Ese títere estaba vivo cuando Vargas Llosa contó barbaridades sobre él en su novela. Las cosas más salvajes que te puedas imaginar. “Es un libro muy instructivo”, dijo Mario alguna vez. Y eso me dio luces a mí de que uno puede arriesgarse a escribir sobre gente viva. Por ejemplo, en uno de mis cuentos la hija de Rojas Pinilla está viva. Así que “La fiesta del chivo” me dio muchas luces sobre cómo contar una dictadura.

La obra de Arias ha sido publicada en la colección Tierra Firme del Fondo de Cultura Económica.

Vargas Llosa publicó varias novelas, pero tal vez esas dos que menciona no son las más lineales, de fácil lectura. ¿Coincide en esa peculiaridad usted de ser un narrador que escribe con cierta complejidad?

No lo sé. Como vengo del periodismo, uno ahí tiene mucho interés por dejar claro el mensaje. Explotó una bomba en tal lugar, y escribía una noticia para que la gente entienda claramente lo que sucedió. Busco ser muy claro siempre. Además, así como en Perú a uno lo sigue el fantasma de Vargas Llosa, en Colombia nos pasa con García Márquez. Hay, pues, la preocupación por atrapar al lector. Así que intento no ser complejo, y si bien busco estructuras más o menos complicadas, me interesa que el lector conecte, que no me abandone.

Y siempre con muchas voces distintas apareciendo a lo largo de cada relato…

Me gusta mucho eso: los testimonios. Y en este libro hay relatos dentro de otros relatos. Es como si Andrés Arias va a hablar con alguien y ese alguien le cuente que conoce a alguien más. Jugar a mostrar testimonios de gente que vivió cosas de la dictadura. Por eso el libro se titula “Los gritos”. Que cada uno cuente su propia versión de la dictadura. Esto es algo muy ‘robado’ de Vargas Llosa.

Me dijo antes que aún existen personas que han vivido el siglo XX, ¿qué va a pasar cuando esto ya no sea así y solo nos queden los libros?

Hay muchos hechos de la historia de Perú, Colombia o de cualquier país, que si alguien no se interesa en buscar los testimonios, sea para hacer ficción o para hacer periodismo, eso quedó olvidado. O la voz de la cultura popular, del que vivió los hechos, del que trabajó para, del que fue sastre de. Ese tipo de cosas se pierden.

¿Cómo analiza el devenir de la literatura colombiana a lo largo siglo XX hasta hoy? Con “La vorágine” de José Eustasio Rivera, luego el realismo mágico de García Márquez y la fama que “Cien años de soledad” le dio, y luego ya los jóvenes, muchos quizás conquistando otras latitudes con propuestas urbanas, realistas o –por lo contrario—con mucha ciencia ficción. ¿Siente una multiplicidad de voces?

Encuentro que cada quien escribe sobre lo que quiere y eso lo respeto. Lo que sí noto son ciertos cambios generacionales, y ahora se ha dejado un poco la novela urbana y hay cierto interés por la novela mínima, muy contemporánea, algo básica, de pocos elementos, de una trama muy sencilla, sutil, algo como minimalista. Y eso no es de mi gusto. A mí me gustan las historias bien contadas, ‘a lo Vargas Llosa’.

Se les exige mucho a los escritores que tomen posición. Si un autor es de izquierda, ¿hay dictadura en Venezuela? ¿Y qué piensa de Cuba? ¿Hubo fraude en Colombia? Le pregunto: ¿le parece que el escritor está llamado a sentar una posición pública?

Eso me llama la atención porque al pintor no se le pide eso. Siempre se asume al escritor como intelectual. Pienso que la función del escritor es escribir bien, contar bien, y si eres poeta, crear buena poesía. Más allá de eso, es algo complementario o tal vez innecesario. O sea, si un escritor es de derecha, de izquierda o responde que no tiene nada que decir sobre temas políticos, para mí no hay problema. Con eso debería bastarnos.

Supongo que cuando conoce a extranjeros le hablan de muchas de las cosas que el arte y el entretenimiento han pintado sobre Colombia. ¿Diría que la representación sobre la evolución de su país es la adecuada en series, películas, obras de arte y demás?

Lo que pasa es que, si uno mira muy por encima, pues lo agarran muy por encima. O sea, si uno ve ‘Betty, la Fea’, una serie sobre narcotráfico o escucha dos reggaetones, pues, no profundiza. Así como en Perú, si solo tienes como referente a “Laura en América”, te estás privando de muchas más cosas. Pienso que, si uno entra en la literatura peruana, o en el arte peruano, uno se encuentra al Perú contado. Es cuestión, no del arte, sino de uno, pero creo que el arte sí se ha preocupado por contar los países.

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