En algún momento no tan lejano de su existencia, la filósofa y académica Andrea Mejía (Bogotá, 1978) decidió detener su recorrido por dichos ámbitos y ensanchar sus conocimientos vinculándose más hacia la naturaleza y lo humano. Cuando las bibliotecas pasaron a un segundo plano, surgió – o tal vez se afianzó—aquella narradora que hoy cruza fronteras con historias particularmente sensibles.
Autora de un par de novelas y otro par de cuentos, Mejía da el salto internacional gracias a “La sed se va con el río” (Alfaguara, 2024) obra que le ha valido ser incluida en el Mapa de las Lenguas, iniciativa de Penguin Random House con la que escritores hispanoamericanos arriban simultáneamente a librerías de 21 países.
“La sed se va con el río” se plantea inicialmente como la búsqueda de Jeremías, habitante del ficticio poblado de Sanangó que gracias a su particular habilidad para preparar aguardiente de bejuco se torna indispensable para todos alrededor. Al irse, dos enviados emprenden su búsqueda. La narración de aquella travesía, sin embargo, da pie al descubrimiento de pequeños universos y singulares personajes que Mejía intentará explicarnos en la siguiente entrevista realizada vía Zoom.
–¿Crees que el lugar de nacimiento o quizás donde uno pasa los años ‘determinantes’ de su vida condicionan o quizás ayudan a recrear ‘mejor’ ciertos espacios en la ficción?
¡Qué bella pregunta! El lugar donde naces te entrega unas cosas y te quita otras, y bueno, si es un lugar entre las montañas, diferente a los lugares globales, pues te da algo de la zona, como historias, instrumentos musicales o comidas. Hoy, nacer en una ciudad es como nacer en cualquier parte del mundo. Con la globalización muchos lugares se parecen y no tienen todo esto que te digo. Sin embargo, sí creo que la infancia te marca, entonces, puede que no sea la ciudad, pero quizás sí el conjunto residencial en el que viviste, o yo qué sé. Ahora, si yo hubiera nacido en un lugar como Sanangó, entre las montañas, con gente tomando aguardiente de bejuco, la verdad no sé cómo habría sido. De pronto habría tenido que buscar menos, y lo hubiera tenido todo más cerquita, más a la mano.
–Tal vez a muchos lectores peruanos de tu novela, lo primero que les viene a la cabeza al leer sobre el aguardiente de bejuco es el Ayahuasca. ¿Qué vínculo o cercanía dirías que existe entre ambos?
Mucho, totalmente. Yo no hubiera podido escribir este libro sin ese bejuco, que botánicamente es el mismo. Acá no le decimos ayahuasca, que además es una palabra quechua muy bella, que significa ‘bejuco de los muertos’, o ‘bejuco del alma’. Pero acá en nuestra selva, en la Amazonía colombiana, se le dice yagé a ese bejuco, y el preparado, el remedio, se elabora muy parecido. Además del bejuco, (se añaden) unas hojas, que son lo que procuran las visiones, ‘la pinta’ que le llamamos, y son tradiciones muy cercanas, aunque en el Perú las ceremonias son diferentes, en tu país tengo entendido que el fuego está prohibido cuando se toma ayahuasca. A propósito de eso, el poeta peruano César Calvo tiene un libro titulado «Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía», preciosísimo, lindísimo. En todo caso, es una cosa súper cercana, a pesar de la especificidad de las tradiciones y, como te digo, yo no hubiera podido escribir este libro sin esa medicina de la ayahuasca.
–No sé si por haber nacido en la ciudad, a mucha gente como yo la sola posibilidad de imaginar tomar ayahuasca le genera pánico, como si emprendiese un viaje sin retorno. ¿Qué nos lleva a sentir el miedo que otros no tienen? ¿Hay algo distinto en nuestro ADN?
No creo (risas). Sí es una cosa de respeto, es algo fuerte, pero sobre todo es un remedio que limpia la energía del cuerpo y, entonces, te da más espacio para recibir cosas nuevas y para conectar con fuentes creativas, de tranquilidad y de alegría que tenemos todos los seres vivientes, pero que están completamente obstruidas, entonces esta medicina te limpia y te despeja, y depende mucho de qué dosis tomes, con quién, del lugar, porque si es con una persona que no sabe nada, imagínate. Hoy la ayahuasca está en manos de cualquiera, y si te atreves a tomarla con alguien que no sabe manejarla, puede incluso ser fatal. Aunque, si lo haces bien, con cuidado, con música, yo creo que te puedes animar. De hecho, te la recomiendo.

–Efectivamente, lo de la ayahuasca no es un ritual que lo haga cualquiera, pero en tu novela tampoco. El aguardiente de bejuco convierte a Jeremías en una especie de ser ‘clave’ en el pueblo, y todo el mundo lo busca, todos lo necesitan. Cuéntame cómo surge este señor en tu novela.
Jeremías, bueno tiene un poco de todos lados, de diferentes personas reales que he conocido y otras presencias imaginarias que fui mezclando, y ya luego él cobró su propia vida. Para mí, es un personaje muy ambiguo porque está más allá del bien y del mal. Vive riendo, pero de una forma tenebrosa, es decir, tiene cierta oscuridad, pero también cura a la gente con ese aguardiente, o por lo menos les da ciertas visiones para que conozcan de otra manera la realidad. Entonces, es un personaje ambiguo, extraño, que tiene mucho poder en su silencio. Y yo me lo imagino como alguien que viene de las montañas, con un carácter andino, taciturno, misterioso, lo cual bien podría ser un componente de los curanderos o curanderas que reparten esta medicina, que son gente súper hermética. Luego, sin ser un personaje abierto, logra una apertura directa y una conexión tal con la realidad. En la novela hay un extracto en el que se lo describe siendo niño, viendo la estatua de una virgen, y ahí queda claro que, ya desde entonces, tenía otro tipo de contacto con la realidad al que podríamos tener tú y yo.
–Si este aguardiente de bejuco evita que las personas se sientan desoladas, ¿podríamos hacer una comparación con algún elemento de la actualidad que logre este efecto? ¿Hay algo que buscamos desesperadamente para sentirnos ‘conectados’?
Sí, lo que buscamos, desafortunadamente y, por lo general, nos trae más ansiedad, sufrimiento y desconexión. Por ejemplo, nos emborrachamos con aguardiente, pero no de bejuco, sino el normal, un trago sin consejo, vacío. Hay muchas formas de consumo, de adicción, que son una manera de ‘calmar’ esa ansiedad y buscar desesperadamente apaciguar nuestra sed y conectar de manera más profunda entre nosotros y también con la naturaleza, pero al final solo nos desconectamos más. No obstante, sí hay muchas formas de conectar y de encontrar calma, alegría y gozo. Y para mí, la medicina de esta planta ha sido una, pero también la meditación, que es otra forma de conectar directamente con los demás, de ser más capaces de amar, de entregar, ¿sabes? Entonces, creo que hay que saber buscar, porque esa ansiedad nos lleva a hacerlo en lugares muy desconocidos que terminan haciéndonos más daño.
–Percibo tu respeto a las plantas medicinales. ¿Para escribir esta novela tenías un conocimiento previo, o requeriste dos años en una biblioteca leyendo libros de botánica, preguntar a químicos y especialistas? ¿Cómo fue el proceso de investigar para no escribir disparates en la novela?
Bueno, no sé si no escribo disparates, a lo mejor sí (risas), pero no, yo no puedo investigar en bibliotecas, porque me aburro mucho y creo que el conocimiento ahora para mí viene de otro lado, pues ya estudié, hice un doctorado y ya no quiero estar en ese tipo de conocimiento tan separado de la vida, tan de laboratorio y de biblioteca, porque además es la vida la que te deja conocer, es el conocimiento directo de la realidad lo que para mí es emocionante. Entonces, en el caso de las plantas, pues es igual. Por ejemplo, para escribir esta novela busqué y caminé unos cañones similares a esa geografía, y ya teniendo la experiencia directa de la vegetación, de la gente, ese conocimiento fue llegando a mí. Lo mismo con las plantas, medicinales, sagradas, solo las puedes conocer si accedes a ellas. No vas a leer sobre la ayahuasca, tienes que conocerlo, tienes que vivirlo. Entonces, ese tipo de conocimiento ese el que me interesa, el conocimiento de la vida. Es como si para estar enamorado te pusieras a leer sobre el amor en vez de enamorarte, y enamorarse sí que es una forma de conocimiento muy tremenda.
Por otro lado, mi abuelo solía decirme el nombre de cada planta. De ahí viene mi amor hacia ello, mi interés por sus nombres, diferenciarlas por su especificidad botánica, pero no de manera científica y sistemática, sino que me gusta indagar el nombre y luego voy a Internet. No es algo muy juicioso o razonable.
–¿Qué podrías decirme sobre las voces de tus personajes? ¿Quizás traen algo de algunos de los aparecidos en tus novelas previas? No sé, Heraquito, Pata de Mirlo, etc. Cada uno tiene un tipo de lenguaje, pero sobre todo una forma de expresarse sumamente singular.
Son voces diferentes. Mis libros anteriores están mucho más cercanos al mundo de una persona urbana. Los personajes de esta novela son diferentes en muchos sentidos. Primero, no están metidos en el drama convencional humano, sino en otro lugar, bien lejos, hablan diferente, pertenecen a otro mundo. Y su lenguaje, su forma de hablar, vino de ese mundo, del que yo iba viendo al escribir, de ahí es que ellos empiezan a tomar su voz y yo empiezo a escucharla, y es en ese terreno de la imaginación y de la escritura donde ellos toman esas voces, y están como entre los vivos y los muertos, entonces no son para nada parecidos a los personajes de mis libros anteriores, aunque quizás en mi libro de cuentos “Quietud” hay algunas similitudes, algún tono algo similar, porque son cuentos que suceden en un lugar muy rural.
–Empieza uno leyendo e imagina que tu novela es básicamente la búsqueda de Jeremías, sin embargo, hay saltos temporales al pasado, la narración del incendio, las consecuencias del mismo, hay las particularidades de muchos habitantes de la zona, etc. ¿Cómo estableciendo límites? Esta es una novela mediana, pero bien podías haber construido una ‘biblia’ de 700 páginas. ¿Tuviste que recortar mucha extensión?
No, la novela quedó tal cual la terminé. Claro, hubo un trabajo después. Siempre hay una relectura acompañada de mi editora o de cualquier persona que lee y me da luces, puedo volver a leer y al hacerlo siempre reescribo un poquito. Pero antes de tener una versión terminada puedo reescribir mil veces una novela, trabajándola y trabajándola, hasta que siento que ya está. En sí, mi escritura, por lo general, tiende a ser breve, a ser más sugestiva, no demasiado explícita, larga, porque encuentro en la brevedad como una virtud. Sé que no siempre tiene que ser así, pero a mí me interesa, entonces, no escribo tanto, pero sí es verdad que luego quito, quizás adjetivos que cargan demasiado una frase, para aligerar, para que las cosas suenen directas. Siempre casi desde el principio escribo ‘cortito’.
–Empezaste a escribir de muy pequeña, escribiéndole cartas a Dios. ¿Cuánto y cómo ha cambiado esa Andrea Mejía casi adolescente hasta hoy? ¿Qué lecturas pasaron en el medio? Es habitual preguntarles a los autores colombianos si los marcó García Márquez, pero tal vez no. ¿Cómo fue tu caso?
Bueno, pasaron muchas cosas en el camino, en la vida real, no sé, la gente con la que me encontré, los lugares a los que fui, las cosas que viví, pero a nivel de lecturas, te puedo decir que Juan Rulfo y García Márquez fueron muy importantes para escribir esta novela. Rulfo ha sido siempre importante, García Márquez recién empecé como a descubrir que también podía ser un maestro de la escritura, muy opuesto a Rulfo, pero entre los dos más o menos se equilibran. Y lecturas que hayan sido muy importantes también para mí, Kafka, Carson McCullers, que es una cuentista norteamericana que escribe también novelitas breves, toda la tradición japonesa ha sido fundamental. He aprendido mucho de poetas viejísimos, como del zen japonés, y también de la literatura japonesa más contemporánea. También están esas pequeñas lecturas que fueron muy importantes para mí, pero que quizás no fueron escritas por grandes autores o autoras. Todo lo que uno lee lo alimenta para después.

–¿Cómo has ido trabajando a través del tiempo la habilidad de impregnar al lector con tus descripciones? Claramente, en tu novela se siente la humedad del Sanangó, el correr del río, el ambiente en general. ¿Te ha sido fácil situarnos?
Muchas gracias por destacarlo. Nunca lo pensé conscientemente ni me dije: ‘quiero sensaciones, de calor o humedad, pero es así que empecé a escribir, sin proponérmelo y es como acudiendo a lo que podemos sentir a través del cuerpo, para evitar perderme en los laberintos de la mente, en ese mundo que sí que es fantasmagórico e invisible, entonces, lo que hago es que lo que se puede sentir sea lo que despliega y lo que conecta con el mundo interior de los personajes, con las emociones, con cosas que no se pueden decir con palabras, pero sí con imágenes sensoriales. Por eso acudo a todas esas imágenes, para tocar la realidad, el corazón de la persona que lee, porque si tú te pones a explicar demasiado y muy abstractamente, la gente se aburre y se pierdes en un mundo que no es real.
-La palabra es horrible, pero, ¿hay alguna utilidad en tu profesión, la filosofía, para el oficio de la escritura (literaria)? ¿En qué dirías que te sirvió tu carrera para ser la escritora que eres actualmente?
En algún momento no fui más filósofa. Me salí de la Academia, dejé de enseñar y de leer filosofía. Es verdad, yo me alimenté mucho de la filosofía y admiro la manera en que ciertos textos filosóficos pueden ponerte en un lugar de asombro. Eso es algo muy bello, sin embargo, el pensamiento filosófico es conceptual, a veces súper abstracto y eso es todo lo contrario a la literatura, que es directa, real. Así que sí le debo mucho a la filosofía, me ha sido útil para intentar conocer la realidad y escribir desde ahí, desde ese sentimiento y esa sed de conocer, aunque, desde luego, también me ha servido quitarme un poco esa estructura académica, eso sí que no sirve para nada, eso es más bien inútil.
–La iniciativa ‘Mapa de las Lenguas’ te ha permitido no solamente exponer tu novela y tu literatura en varios países, sino también supongo que refrescar un poco tus conocimientos literarios sobre lo que se produce y publica fuera de Colombia. ¿Qué rescatas de haber sigo incluida en esta selección?
Bueno, me siento muy agradecida y contenta de que haya tanta gente haciendo cosas valiosas, y sentir esa compañía, porque a veces sí te desconectas y crees que estás metida en un mundito y de repente ves que hay mucha gente intentando escribir, intentando sanar, conectar a través de las palabras, o yo qué sé. Eso es bonito, pero no soy muy buena lectora de literatura en este momento, y se me escapa todo lo que me da ganas de leer. Pero son tantas cosas que quiero aprender: hago meditación, intento aprender del ayahuasca, intento hacer música, intento cantar, entonces, no me queda tiempo para todo lo que quisiera, y para leer como podría a mis colegas escritores.
–Intentaré no ser spoiler, pero me resulta inevitable preguntarte por el final de tu novela. No es uno que aspire a lo grandioso, sino más bien lo veo como una ‘consecuencia de…’. ¿Cómo cerrar una historia de una naturaleza que parece, más bien, infinita? Y, por último, ¿qué tipos de finales prefieres?
Woah… el cierre de esta novela para mí fue como un regalo, como una visión que recibí también de la escritura, que finalmente es como tomar ese aguardiente, es empezar a ver cosas y ese final, sabes… ¡sí es difícil no spoilear, tienes razón! Sin embargo, ese final, como ese encuentro de esos tres personajes, que no sabes dónde están, si están vivos, si están muertos, y esa imagen del águila desde arriba, para mí fue como una ‘visión final’, y pensé: más allá de esto yo no puedo ir. Mira, en general, los finales me gustan abiertos, no sé si sentiste esto con mi libro. No es como ‘todas las cosas se terminan’. Es decir, el mundo sigue, esa águila sigue volando, y vamos a seguir acá, y es simplemente como el flujo de un río que sigue corriendo y va a seguir corriendo y tú en algún momento te conectas con eso, cuentas una historia, usas unos nombres, unas palabras, y luego eso se lo lleva el río también.



