Julia Navarro: «El grado de civilización un país debe medirse según cómo sus habitantes tratan a los animales»

Cuenta la escritora Julia Navarro (Madrid, 1953) que, en un primer momento, no aceptó leer «Su olor después de la lluvia«, el bestseller del francés Cédric Sapin-Defour, porque lo recibió cuando su duelo personal estaba muy latente. ¿A quién se le ocurre regalar un libro sobre el vínculo entre un hombre y un perro a una persona que acaba de perder a su más fiel amigo de cuatro patas?

Autora de grandes novelas como «La sangre de los inocentes«, «De ninguna parte«, «La biblia de barro» o «La hermandad de la Sábana Santa«, esta vez Navarro tuvo al frente un desafío distinto. Argos, el pastor alemán que la acompañó más de una década, acababa de morir.

La súper ventas madrileña pudo seguir el camino fácil y presentarnos un mero rosario de lamentos y recuerdos conmovedores sobre el can que la acompañaba a escribir sus novelas. Pero no. Navarro se planteó ampliar la mirada y, si bien el núcleo de este libro es un duelo, todo lo demás son conocimientos y experiencias.

En “Cuando ellos se van” (Plaza & Janés), Navarro repasa aquellos recuerdos vinculados a perretes –como llaman en su país a los perros—de áreas como las letras, la pintura, el cine o la TV. En esta entrevista, realizada vía Zoom desde Madrid, la escritora responde una serie de interrogantes sobre Argos, los perros que lo precedieron y la Schnauzer de nombre Barbie que hoy lo sucede, pero también en torno a su forma de predicar la defensa de los animales dando el ejemplo.

¿Cómo se concretan este tipo de libros? ¿De un tirón, o le toman más tiempo de lo habitual?

Este libro lo escribí porque no sabía cómo gestionar la desolación que me produjo la muerte de Argos. Decidí intentarlo, pues, escribiendo. Así que empecé a escribir sin saber muy bien qué quería contar, además de mi sufrimiento. Me di cuenta que el mejor homenaje que podía hacerle a Argos era recordar a los otros, porque la historia de los hombres no se puede contar sin los perros, porque nos han acompañado desde los albores de la humanidad. Su presencia ha sido beneficiosa para nosotros. Y su huella está en la literatura, en la pintura, en el cine, es decir, en cualquier manifestación artística.

Efectivamente, y tampoco este es un rosario de lamentos. Salta por diversos ámbitos del arte. ¿Diría que esto puede considerarse una investigación?

No estamos ante un libro de investigación. Yo aquí hablo de lo que sé. Hablo de los autores que leí y que sé tuvieron al menos un perro. De las pinturas que me han impactado y en las que aparecen perros. De las películas que vi de niña y muestran perros. Son, pues, los perros de mi vida.

¿Le sería fácil a usted imaginarse criada una infancia sin perros?

No puedo imaginar mi infancia sin mascotas porque ellos siempre estuvieron allí. Nací en casa de mis abuelos, donde estaba Yola, una enorme San Bernardo, de esas que socorren a los que se pierden en las montañas o en la nieve.  

Uno de los libros más singulares escrito por Navarro.

¿Cree que el cariño a los perros es algo que se transmite de padres a hijos?

No lo sé, pero sí tiene que ver con la educación. Si a ti te educan en una casa donde el perrete es uno más de la familia, entonces aprendes a respetarlos y a quererlos. Desgraciadamente, vivimos en una sociedad en la que muchos piensan que los perros están para entretener o que no tienen ninguna función, y se les maltrata, o se considera que son un juguete de los niños, pero no. Se trata de seres vivos que tienen derechos y que merecen respeto. Porque si tienes un perro, es para que sea un miembro más de tu familia, si no, es mejor no tenerlo.

Menciona en su libro lo complejo del reglamento de adopciones de mascotas en España. ¿Cree que eso puede terminar desanimando a muchos padres adoptantes?

Sí, es cierto, aunque –por otra parte—quizás está bien que sea así, porque muchos dicen ‘quiero un perro», pero tal vez guiados por un capricho. Porque cuando un perro es pequeño, se come las patas de las sillas, o hace sus necesidades en el pasillo de casa, entonces, tienes que asumirlo como uno más de la familia. Porque un perro no está para echarlo si nos cansamos. Yo haría leyes penales mucho más duras contra todo aquel que maltrata o abandona a un perro. Por eso, reitero, lo fundamental es la educación. Desde el colegio hay que enseñarles a los niños que los animales merecen respeto y ser bien tratados. El grado de civilización de un país debería medirse según cómo sus ciudadanos tratan a los animales.

A propósito de eso, ¿qué le parece la legislación en su país con respecto a la defensa de los animales?

Hace un año, a iniciativa de Podemos, se hizo una ley de bienestar animal, que me parece bastante bien y que viene a cubrir muchos de los derechos de los animales. Ahora, ¿es suficiente? Pues, seguramente no, entonces, habrá que ir ampliándola o mejorándola, pero que se ha dado un paso importantísimo, sin duda alguna, y me siento orgullosa de que en mi país haya una ley de ese tipo.

¿Le parece indebido que algunos dueños pinten las uñas de sus perros y hasta los maquillen?

Me parece una burla completa, tal vez proveniente de personas que intentan paliar sus problemas personales a través de los animales de compañía. Son personas que necesitan ir donde el psiquiatra y contarles qué les está pasando.

A propósito de la novela “Flush” de Virginia Woolf dice usted: «Les confieso mi irritación por ese axioma tramposo en el que militan algunos críticos literarios según el cual, si un libro tiene buena acogida entre los lectores, significa que no tiene calidad porque el común de la gente carece de entendederas para distinguir lo bueno, lo exquisito”. ¿Para usted, entonces, sí hay libros buenos que venden muy bien?

El que piense lo contrario es un idiota. Y muchos críticos van por lo contrario. A Virginia Woolf le preocupó mucho la venta de ese libro porque decía, «bueno, si estoy vendiendo tantísimos ejemplares, los críticos van a decir que no es bueno porque lo puede entender la gente«. Esa pretensión, esa soberbia de que ‘lo bueno solamente lo podemos entender una minoría’, lo que significa es un desprecio a la gente, a otros seres humanos, es mirarlos por encima del hombro, pensar que no tienen capacidad de entender o de degustar una obra literaria.

El libro que empieza todo este deseo suyo por contar su historia con Argos es “Su olor después de la lluvia”. ¿Qué rescata primordialmente de esa obra de Cedric Sapin de Ford?

Cuando Argos muere, yo estaba absolutamente desolada, no sabía cómo gestionar ese dolor y Leticia Rodero, la jefa de comunicación de mi editorial, me regaló ese libro. Y entonces, pensé, ¡pues hombre, si estoy hecha polvo, ¿cómo me regala un libro de alguien al que también se le ha muerto su perro?! Menudo momento, pero al final decidí leerlo. Entonces, me di cuenta que seguramente para este autor escribir ese libro sobre la muerte de su perro y lo que había significado este para él, había tenido un valor terapéutico. Y Cedric se centra exclusivamente en su historia con el can. Entonces, me dije: ‘eso está muy bien’. No obstante, en “Cuando ellos nos dejan” no se trata de que yo cuente mi historia con Argos, sino de ampliar la mirada y contar lo importante que han sido los perros en la vida de los hombres desde el principio de los tiempos.

Julia Navarro en una foto de su archivo personal junto a su perro Argos.

¿Cuando termina sus novelas suele descansar unos meses o rápidamente empieza a pensar en nuevas ideas para la siguiente? ¿Qué sensación le dejó terminar “Cuando ellos se van”?

Yo estaba escribiendo una novela cuando murió Argos. No me sentía capaz de escribir una línea más. Entonces, este libro me ayudó a romper ese círculo en el que me había metido. Y, lógicamente, tras finalizar “Cuando ellos se van”, que terminó teniendo una especie de efecto terapéutico en mí, retomé la novela que había dejado en el aire. ¡Es que yo me gano la vida escribiendo! Y me pasan cosas muy distintas. A veces, cuando termino algo puedo dejar uno o dos meses sin hacer nada, pero inmediatamente empiezo con otra idea. Luego, hay ocasiones en las que me encuentro promocionando una novela, pero ya llevo dos años escribiendo otra. Porque, y tú lo sabes, en ocasiones entregas un manuscrito a la editorial y el libro no sale hasta uno o un año y medio después. Entonces, ¡qué hago yo esperando tanto tiempo!

Mucha gente compra perros y cuando se les cuestiona que con ello perpetúan el sistema algunos responden que más importante que eso es darle cariño y amor al perro, sin importar su origen. ¿Cómo lo ve usted?

Es verdad. Yo aconsejo mucho y pido a la gente que adopte, porque hay mucha muchísimos perretes que adoptar. Y, personalmente, no me gustan los criaderos de perros. No me gustan porque son un negocio. No me gusta el sistema que usa a las perritas como ‘paridoras’, buscando una y otra camada continuamente. Siempre estaré en contra de esa forma de reproducir casi industrial a los perros. Lo natural es que dos perros se conozcan y se crucen. Pese a esto, debo decir que la perrita que tengo ahora (Barbie), que es la que trajimos a casa luego de la muerte de Argos, proviene de un criadero. Aunque no es una perra que hayamos comprado, sino que ellos ya no la querían porque no podía tener más crías. No les ‘servía’. Porque, ¿quién sabe dónde terminan tantas perritas que como (Barbie) simplemente no pueden dar más crías?

En la parte literaria del libro usted menciona varias novelas y autores, desde “El Quijote” hasta Neruda, pero a mí me ha llamado la atención la alusión que hace a “Tombuctú”, la novela de Paul Auster. ¿La recuerda bien?

Sí, aunque la leí hace muchos años. Se trata de una historia muy neoyorquina, como todo lo que hizo Auster. Estamos ante un hombre fracasado, que no tiene amigos ni nada, y se encuentra a un perro. Y ambos van a pasar todo tipo de calamidades, todo tipo de tragedias, pero el perro va a estar siempre acompañándole. Es, fundamentalmente, un libro sobre la lealtad y la amistad.

Lo primero que uno le viene a la cabeza cuando ve la crueldad animal, quizás entre tantas otras cosas, son las corridas de toros, pero no es el único problema…

Afortunadamente, con la ley de bienestar animal que se ha aprobado hace un año, muchas de esas costumbres populares han ido desapareciendo y ya están prohibidas. Pero esto no es algo que ocurra solamente en España. Viajo por todo el mundo y me sobrecoge el maltrato al que son sometidos los animales en varios países.

¿Desde cuándo es vegetariana y por qué motivos?

Empecé a serlo cuando tenía alrededor de 20 años, luego enfermé y tuve que dejarlo, porque los médicos, mi madre y mi familia veían que no había manera de sacarme adelante, pero algún tiempo después volví. Es una opción ética para mí: no me quiero comer a ningún ser vivo. Aunque, claro, yo no intento convencer a nadie.

Uno se pregunta si con el amor que le tiene a los perros no se animaría a tener 20 y no solo a Barbie. ¿Es mejor tener uno y darle lo mejor, o muchos y ‘ajustarse’?

Procuro llegar hasta donde puedo. Sí ayudo a asociaciones que recogen perros y necesitan ayuda para mantenerles. Pero uno debe ser consciente de hasta dónde puede. No se trata de llenar la casa de perretes porque te gustan mucho, sino de qué tipo de vida puedes darles. Entonces, yo puedo darle una vida satisfactoria Barbie. Y es lo que hago.

Una de las grandes novelas peruanas contemporáneas es “La ciudad de los perros” de Vargas Llosa, aunque su título es una metáfora. ¿Qué podría decirme sobre el Nobel peruano?

Mario Vargas Llosa fue uno de sus escritores más importantes en literatura española de todos los tiempos. Eso es indiscutible, punto. Su nombre está escrito con letras mayúsculas. Y fue, además, de esos autores que a los 30 años ya lo había escrito todo. Obras maestras inigualables, fundamentalmente por su talento indiscutible.

Finalmente, siempre me sorprende ver tantas novedades en librerías españolas, tantas presentaciones, y me pregunto por qué escriben tanto en su país. ¿Habrá por ahí algún tipo de herencia con, por ejemplo, Miguel de Cervantes?

Ya me gustaría que los españoles leyéramos tanto como dices, sin embargo, es verdad que cada vez se ensanchan más los espacios de lectura. En muchos rincones de España hay una casa de la cultura o una biblioteca pública. Y eso finalmente ensancha el interés y el espacio para leer.

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