Antonio Gazís: «No podría escribir dramas puros, pero tampoco algo completamente humorístico. Intento moverme en ambos espacios»

Con la humildad que lo caracteriza, Antonio Gazís (La Punta, 1984) reconoce que le ha costado tiempo encontrar una voz propia. Ya en su octavo libro publicado –“Sociedad Nocturna» (Maquinaciones Narrativa, 2025), el cual motiva esta entrevista—considera que ha aprendido también a releer y recortar sus primeros borradores, pero, sobre todo, a ‘reescribir’ pacientemente, una acción clave en este oficio al que se dedica con especial cariño: ser escritor.

Psicólogo de profesión, Gazís tiene antepasados griegos, ha vivido en Chicago, y tiene entre sus autores favoritos a los argentinos Jorge Luis Borges y Julio Cortázar. En la siguiente nota, repasa sus inicios en la literatura, sus primeros libros, pero también desmenuza el proceso de construcción de los cuentos que incluye “Sociedad nocturna”, un volumen nutrido (17 piezas) en donde prima lo tragicómico, amparándose en personajes a ratos entrañables, inmersos en barrios que podrían ser cualquiera de los nuestros.

Antonio Gazís ganó el Premio Barco de Vapor en el año en 2019 con “Los elefantes de Borasino”, y ha sido finalista de El Cuento de las Mil Palabras y del Premio Altazor de Novela con su texto “Ponce al once”. Actualmente es profesor universitario.

Estudiaste Psicología y Literatura. ¿Es posible que ambas ramas confluyan en algún momento? ¿Cómo dirías que se dio tu caso?

En algún momento pensé que no era posible, pero luego me di cuenta que sí pueden confluir. Las historias pueden partir de hechos reales que alguien te puede contar, lo cual es algo que suelen hacer los autores. Pero también estas pueden surgir de la exploración que uno hace en procesos de terapia. Y sabemos que el psicoanálisis trata de explorar el inconsciente, algo ciertamente inmenso, inacabable, y donde podemos hallar ideas, sensaciones y emociones, que en ocasiones pueden ayudarte a construir. Pero claro, la forma en que finalmente todo se presenta es diferente. La literatura tiene un estilo de presentar las historias, mientras que cuando uno está en la clínica con los pacientes, pues, es algo distinto.

Hablando de cómo los autores se nutren para escribir cuentos o novelas, pues, ¡vaya que un terapeuta se cruza con muchas historias a lo largo de su vida!

Sí, claro, pero…

Entra a tallar ahí el secreto profesional.

Claro, ahí está la parte ética. No estaría muy bien utilizar la historia de algún paciente para un fin literario. Eso no quita que algún detalle pequeño te puede llevar a construir algo mientras, claro, no revele aspectos como su identidad. Pienso que el valerse de algo que te pueda evocar un momento o situación, sí puede convertirse en un recurso útil.

Y en lo personal, ¿dirías que has tenido una vida interesante, común y corriente, o, aburrida?

Sé que sigue muy de moda la denominada autoficción, pero yo no consideraría que mi vida particularmente da para escribir un libro. Quizás tomar algunos detalles y ficcionalizarlos, pero nada más.

Primero estudiaste psicología. ¿Cuándo surge tu interés por la literatura?

En Generales en la PUCP llevé un par de cursos. Uno que se titulaba Literatura Actual, con Ricardo Sumalavia, y otro fue Narrativa con Carla Sagástegui. Ambos fueron para mí un descubrimiento, porque me enseñaron algo que en la escuela no me interesaba mucho. Quizás antiguamente no se escogían bien ciertos textos, o tal vez no se presentaban de manera correcta a los estudiantes.

No sé si por prejuicio uno piensa que los estudiantes de psicología se encuentran con muchas separatas densas, llenas de teorías y casos. ¿La literatura ayudó a escapar un poco de todo eso?

Podría ser, pero uno encuentra también en la literatura mucho sufrimiento, ¿no? Aunque no explicado de la forma en cómo está dentro de la psicología, claro. Lo que sucede en la psicología uno lo ve en carne viva frente a ti, cuando una persona viene con algún malestar emocional. En cambio, la literatura toma cierta distancia. Uno se involucra en la historia, pero no tiene ese agregado de ver a la persona al frente.

He leído tres de tus ocho libros. ¿Cuál dirías que es el denominador común del conjunto?

Creo que el humor y lo absurdo que, muchas veces, termina siendo nuestro pan de cada día. Es algo bueno y malo a la vez, pero creo que siempre enriquecedor. Por ejemplo, en el libro con el que gané el premio Barco de Vapor, había un personaje que hacía cosas que para otros resultaban absurdas. Incluso él mismo en algún momento se reevalúa y piensa: ‘estas cosas que hago nadie las entiende’. Y en “Sociedad nocturna” he conseguido plasmar algunas historias que tal vez no son tan fantásticas, y cualquiera podría decir ‘sí, esto me puede ocurrir a mí’.

¿Qué sería para ti el gran aprendizaje entre aquel primer libro de 2011 y este, “Sociedad nocturna”?

Me ha costado encontrar una voz. Luego, aprendí a discernir qué cosa incluir y qué sacar de un texto. Hoy también creo mucho en la reescritura. La primera versión puede terminar muy lejos de lo que finalmente uno puede conseguir con el paso del tiempo. Dejar respirar un texto es valioso.

¿Ese aprendizaje lo atribuyes a ti mismo en medio del paso de los ocho libros? ¿O tal vez a tu paso por Loyola University Chicago? ¿O a las clases con Sumalavia, Sagástegui y Thays?

Me gusta escribir de manera fragmentada, relatos cortos. Difícilmente encuentres un texto mío con seis, ocho o 10 páginas corridas, porque me ahogo. Imagino que he ido aprendiendo también de algunas personas en las que he encontrado mensajes valiosos. El proceso de mentoría con Thays también fue muy interesante.

¿En qué consistió esa etapa con Iván?

Yo había llevado cursos de lectura con él en pandemia. Éramos un grupo y nos juntábamos. Él sugería leer algunos cuentos y luego los analizábamos. Luego, a la etapa de mentoría fui con algunos cuentos escritos hace años, a los que les daba muchas vueltas porque no sabía bien qué hacer con ellos. Así que pensé que quizás era necesario los lea una persona con mayor experiencia.

Es curioso porque por el número de libros publicados a tu edad uno pensaría que te es fácil sentarte a crear historias…

No. A mí cada párrafo me cuesta bastante. No me salen rápido. Ni siquiera los de un cuento. O sea, me puede quedar algo muy general quizás, pero luego debo revisar, reescribir, y sentirse tranquilo con eso toma su tiempo.

Lo primero que llama la atención de “Sociedad nocturna”, más allá de que son 17 cuentos que vienes trabajando desde hace varios años, es tu aparente facilidad para saltar de lo real a lo fantástico en un mismo relato. ¿Cómo surge tu gusto por combinar géneros?

Tiene que ver con eso que dices del tiempo en que trabajé los relatos. En un principio, a mí me gustaba escribir historias realistas. Por ejemplo, el cuento sobre el alcalde, y algunos otros más. Luego, sin embargo, a través de los años, comencé a explorar lo absurdo, lo extraño y lo fantástico. Y ahí han empezado a aparecer algunos otros de estos relatos. Este ha sido un interés de los últimos quizás cinco o seis años.

Lo absurdo uno lo nota, por ejemplo, en “Voracidad”, un cuento en el cual una pareja adopta una víbora, termina en problemas, se expone a una separación, pero tú reservas el dato de qué tipo de ‘mascota’ es hasta el final. ¿Cómo dirías que es el proceso de escribir estas historias?

Cuentos así requieren un proceso largo. “Voracidad” es, curiosamente, el relato más reciente del libro. Lo escribí a partir del caso clínico de una mujer que tenía una víbora de mascota. Me pareció interesante imaginar cómo alguien puede traer una serpiente a su casa.

Antonio Gazís y su libro de cuentos publicado por Maquinaciones Narrativa. (Fotografías: Patty Quiñones)

Iván Thays dice en la contraportada que tu libro tiene ciertos toques ‘kafkianos’. Pero más allá de tan atormentado autor, ¿qué otros escritores te han acompañado en estos años, no sé si coincidan con la escritura de “Sociedad nocturna”?

Siempre me han gustado Borges, Cortázar, Kafka, claro, pero también hay otros que quizás no son tan fantásticos. Lucía Berlín, Carver o John Cheever. Luego, también está Hector Hugh Munro, un inglés nacido en Birmania y apodado Saki. Su obra se ampara mucho en el humor. Se burla de la aristocracia. Algunos podrían no estar en la misma corriente que lo que contiene “Sociedad nocturna”, pero son los autores que me acompañaron en el último tiempo.

A propósito de “El elegido”, siempre he pensado qué pasaría si un día de elecciones, cuando hay las encuestas ‘a boca de urna’ todos se ponen de acuerdo para mentir. Esta ‘travesura’ la adaptas muy bien con un personaje como el Flaco La Fontana, víctima de un muy mal rato.

Yo crecí en La Punta, un distrito con cierta onda de pueblo. Es un lugar cerrado, chico. Y esta historia tiene una veta realista. Había un hombre apellidado Parodi, que fue alcalde de ese lugar, y luego postuló varias veces más, aunque nunca más volvió a ganar. Una vez, sin embargo, el ‘boca de urna’ le dio ganador. Muchos fueron a felicitarlo, pero no había ganado. Claro, hay ciertos detalles que yo inventé, pero aquella base sí ocurrió.

En la mayoría de los cuentos que hemos hablado hasta ahora han te he sacado una sonrisa porque en realidad estamos ante tragicomedias…

No podría escribir dramas puros, pero tampoco algo completamente humorístico. Intento siempre moverme en ambos espacios, matizar las historias.

Hay relatos como “Sábanas”, en el que un adolescente narra cómo en su casa todo se cubre con sábanas a pedido de su padrastro. Luego, inventas personajes singulares como Beto Yáñez. ¿Hay algún elemento que priorices por encima de otro? Personajes, diálogos o quizás ambientes…

Es importante saber el origen de una historia. Y quizás por eso me demoro tanto. Espero que llegue a mí un detalle que encierre una idea fuerte. Por ejemplo, en “Sábanas”, que también tiene una fuente de realidad, tenemos una casa completamente cubierta por sábanas, un padrastro, una madre que vive con sus hijos casi ‘arrimados’ y no pueden tocar nada. Entonces, debo tener la idea y luego viene el: ¿qué hago con eso? Lo mismo con “La muerte de Sebastián Díaz”. Allí, una persona no puede salir de su distrito, esto le genera un ‘rechazo biológico’, y crea este ‘tratado de amor, amistad y límites’. O con “La caspa”. Yo tenía un conocido que trabajaba en una embajada y me contaba que no podía ascender por la presencia de una mujer. ‘Nadie la va a sacar de ahí’, me decía. Y bromeábamos con la idea de que la tipa estaba ‘atornillada’ en su silla. Entonces, de esa broma pienso: ¡tengo algo! Pero luego esto se transforma en una pequeña novela protagonizada por Beto Yáñez. Tuve que profundizar en el crecimiento y desarrollo de ese protagonista.

Finalmente, te has guardado el cuento más extenso para el final del libro. Y me has dicho que eres mucho de dejar descansar tus textos y revisarlos varias veces. ¿Podemos asumir que “El hijo del árbol” te significó una dificultad mayor que las otras piezas del conjunto?

Este lo empecé a escribir en 2018, y lo he leído decenas de veces. Lo fui puliendo, por supuesto. Es un relato fragmentado, más allá de su larga extensión, y tiene muchos personajes. Es, creo, el cuento más ambicioso del conjunto. Quise un universo con identidad y con particularidades que quizás al escribir una novela sí puedes lograr, porque tienes mayor campo.

Aunque en ocasiones mencionas lugares, pertenecientes a tu país, ¿dirías que tus personajes son identificables como peruanos? ¿Podría un valenciano sentirse que escribes sobre su ‘mundo’?

Yo creo que cualquiera podría sentirse cercano a los universos que intento recrear. Y es curioso porque en “El hijo del árbol”, al menos quienes lo han leído, me dicen ‘qué bien has podido narrar esta historia tan latinoamericana’. Pero lo cierto es que esa historia se gestó a partir de mi experiencia viviendo en Chicago, una ciudad muy diversa. Entonces, quizás uno piensa que esto ‘es latinoamericano’ porque hay precariedad, dificultades psiquiátricas, gente que la pasa realmente mal, pero en una ciudad del llamado ‘primer mundo’, también podemos encontrar este tipo de universos.

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