Acaban de cumplirse dos meses de su incorporación a la Academia Nacional de Historia y Carlos Contreras Carranza nos recibe en su oficina de la PUCP. Con 50 años dedicados a la historia de nuestra economía, el reconocido académico e investigador tiene otro motivo para celebrar: la aparición de su más reciente libro, “La lucha por la prosperidad. Geografía, economía población en la historia del Perú” (IEP, 2026).
La publicación recoge nueve artículos escritos entre los años 2009 y 2023, los cuales ahondan en diferentes aspectos vinculados a la construcción de aquello que hoy podríamos llamar aparato productivo/económico. Para facilitar la compresión, Contreras Carranza prefiere segmentar su trabajo en tres grandes temas: la geografía como condicionante, la minería como industria elemental, y la tributación como herramienta para captar recursos que, en lo ideal, deberían volver a los ciudadanos en forma de servicios públicos.
En esta entrevista, el autor de “La lucha por la prosperidad” responde acerca de estos tópicos. Además, analiza elementos como la aparición de los ingenieros en los inicios del siglo XX peruano, la importancia de entidades como el Banco Central, y reflexiona en torno a un tema que hoy toma vital importancia: el peligroso avance de la minería ilegal, y los peligros que esta podría conllevarle a nuestro país si no la ataja a tiempo.
Este libro se presentará el martes 7 de julio a las 7 p.m. en la Librería El Virrey con los comentarios del economista Elmer Cuba. Además, estará a la venta en el stand del IEP dentro de la Feria Internacional del Libro de Lima (el número 1), a realizarse del 22 de julio al 6 de agosto en el Centro de Convenciones del Jockey en Santiago de Surco.
A propósito de los tres grandes temas de su libro: geografía, minería y tributación. Dice usted que se ha investigado mucho más sobre los ingresos fiscales que sobre cómo estos se gastan, ¿por qué esto se dio así?
En parte porque existe menos información. Para los ingresos, por ejemplo, hay un documento que es muy público: el presupuesto general de la República, que según la legislación que se adoptó ya desde mediados del siglo XIX, tiene todo un rito que deja mucha huella documental. El Poder Ejecutivo, a través del ministro de Hacienda, que ahora se llama de Economía, tiene que presentar su propuesta de presupuesto, la cual se discute en el Congreso, que eventualmente la modifica y finalmente se aprueba una ley de presupuesto. Entonces, toda esta secuencia deja una huella documental. En cambio, el gasto no es tan meticulosamente explicado, y más bien hay cierto deseo de ocultarlo, justamente porque una vez que se cumple el periodo anual, se supone que el gobierno debe presentar la denominada cuenta nacional, sin embargo, el presupuesto y la cuenta nacional nunca coinciden exactamente, por múltiples razones no previstas, como eventos climatológicos, protestas sociales, epidemias, inflación, conflictos internacionales, etc. Por todo esto, no es fácil acceder a la cuenta nacional. De otro lado, estudiar todo esto es algo más bien técnico, por ende, no es muy fácil para los egresados de historia, que generalmente es gente de letras más que de números, meterse al tema.
Me habla de documentos perdidos y de inmediato pienso en el trayecto que recorrieron los papeles que sí se salvaron, hasta terminar en su libro. No sé si a través de ‘cuadernos contables’, ¿cuál fue el trayecto de esta información desde la Colonia hasta hoy?
Bueno, en la época colonial, la propia densa burocracia del imperio producía muchos documentos, porque las autoridades, por ejemplo, los corregidores, eventualmente presentaron sus reportes ante el Tribunal de Cuentas, que les exigía esto. Luego ya, las autoridades del virreinato tenían que mandar las cuentas a España. Entonces, todo este proceso dejaba una huella, de manera que, a veces, el mismo documento era copiado literalmente a mano en varios ejemplares, porque en esa época no existe fotocopiadora y no hay fotografía. Eso deja su problema, porque la copia, a veces, podía contener algún error o alguna diferencia en los números. Ya en la época republicana, cuando hubo investigaciones, los propios gobernantes se han encargado de hacer desaparecer las pruebas. Por un lado, los típicos incendios que ocurren en archivos o en el Poder Judicial, en los que se pierden muchos documentos. Y, por otro lado, pues, la desaparición ya adrede. El historiador Alfonso Quirós cuenta en su “Historia de la corrupción en el Perú” cómo, producido el golpe de estado de Velasco Alvarado, en octubre de 1968, inmediatamente se presentaron soldados del ejército ante el Congreso para llevarse los archivos de la comisión que había investigado el contrabando de los militares que había ocurrido en los años anteriores. Durante el gobierno de Belaunde hubo muchos escándalos de contrabando realizados por la Marina de Guerra y el Ejército, aprovechando de que sus importaciones no eran controladas por las Aduanas, por ser institutos armados. Entonces, en este caso, esta documentación que el congresista del APRA Héctor Vargas Haya había reunido pacientemente para hacer su acusación en el Congreso, desapareció con el golpe militar. Y así ocurre, digamos, en los desórdenes políticos desaparece la documentación porque los que temen que ahí aparezcan denuncias o evidencias de sus fraudes son los primeros interesados en que esto no se divulgue.
Uno de esos tres temas en que divide el libro es la geografía. No me voy a remontar a la Colonia, pero sí en estos doscientos y tantos años de la República, ¿diría que el tema de las complejidades geográficas ya está superado o sigue siendo todavía un escollo para conseguir un desarrollo a mayor velocidad?
La geografía es dinámica, nunca desaparece, entonces, los desafíos geográficos van cambiando. En la época colonial, el gran desafío geográfico era el aislamiento. Éramos un país perdido en una parte del mundo poco habitada y muy difícil de acceder. Entonces, para el Perú era un desafío realmente conectarse con el resto del mundo, sobre todo con la parte más dinámica que en ese momento era Europa Occidental. Por eso es que tuvimos que desarrollar la minería de metales preciosos, porque por su poco peso y gran valor en relación a su volumen, estos metales sí eran posibles de ser transportados hasta Europa. Otros productos, en cambio, agrícolas, industriales o ganaderos, resultaban imposibles de ser transportados a Europa, inclusive hasta la actualidad. Hoy, por ejemplo, el desafío es el cambio climático. Acaba de terminar junio y mira, estamos en camisetas, nos morimos de calor. El cambio climático va a tener consecuencias terribles. De hecho, los glaciares están desapareciendo. Y si esto pasa, los ríos van a tener menos agua, menos caudal y el déficit hídrico va a ser un problema grave para el Perú. Un segundo desafío del pasado era la escasa población. No llegábamos al millón de habitantes en comienzos del siglo XVIII, por ejemplo. Y con tan poca gente, no tenía mucho sentido ponerte a producir bienes, porque no tenías a quién venderle. Tampoco tenía mucho sentido hacer obras de infraestructura, como puentes o caminos, porque no había usuarios que los justifiquen. Entonces, el problema era la despoblación.

Hace no mucho se viene hablando sobre cómo el gas se acabó en Bolivia. Aquí se nos ha enseñado desde el colegio todo lo que se produce en cuanto a minería, sin embargo, ¿se ha investigado sobre un posible fin de este recurso? Porque son, claramente, recursos limitados…
Bueno, el problema de vivir de la minería es que los recursos son siempre agotables. Ya nos pasó con el guano. En el siglo XIX, los peruanos con el guano fuimos como los bolivianos con el gas. Pero hay otros recursos que no resultan fácil estimar en cantidad. Por ejemplo, ¿cuánto cobre puede haber en el Perú? ¿Cuánto oro puede haber? En verdad, es imposible saberlo. Y depende mucho de que su explotación sea rentable, de cuál es el precio que se paga. El oro y el cobre están hoy a un precio muy alto. Y eso hace que yacimientos que no tendrían valor porque su porcentaje de cobre o de oro es muy pequeño, con los precios actuales sí lo son. Entonces, no solamente es el stock que existe en la naturaleza, sino el precio que, digamos, está vigente en el mercado mundial. Asimismo, otro factor es la exploración. Cuando tú tienes precios altos y una economía que atrae inversión, entonces, la exploración nunca para. Se está constantemente buscando nuevos yacimientos. El problema es cuando el precio cae y la economía o la política nacional no ofrece atractivos. Hay mucha inseguridad o la legislación no es amiga de la inversión, y entonces esto hace que la exploración disminuya y ya nos quedamos sin renovación de yacimientos. Porque los yacimientos que hoy se explotan se van a acabar en 30 años, pero los que se están explorando hoy son los que reemplazarán a los que se agoten. Esa es la dinámica que nunca puede parar. O sea, la exploración tiene que ser constante. De todos modos, en el muy largo plazo, es posible que los yacimientos alguna vez se agoten. Esto puede pasar y de hecho existen ‘ciudades fantasma’ en el Perú, como La Oroya, por ejemplo, que está camino a serlo, porque los yacimientos que alguna vez le dieron vida, se han extinguido. Las ciudades mineras son, en ese sentido, efímeras, que tienen un periodo de vida que dura lo que dura el yacimiento. Es un fenómeno mundial, que no ocurre solamente en el Perú.
¿Y cuándo surgen los conflictos sociales por esto? Porque, por ejemplo, uno revisa no solamente este libro sino otros, y hay muchas estadísticas de recursos, pero uno recién recuerda los conflictos por el agua, o a pueblos que se niegan a ceder su territorio, casi en los últimos treinta o cuarenta años…
Sí hubo conflictos, con los trabajadores, sobre todo. La masacre de Malpaso en Junín, que es del comienzo de los años 30, tiene que ver con que los trabajadores mineros demandaban mejores salarios u horarios más breves o, sobre todo, con seguridad laboral, porque en Morococha, por ejemplo, hubo una tragedia, se hundió el techo de un socavón y murieron 30 trabajadores. Entonces, los conflictos del pasado eran por esos motivos, porque recordemos, éramos un país con poca gente. En el Perú de los años 30 había cinco o seis millones de habitantes, y hoy hay más de 30. Entonces, en el pasado, las empresas mineras trabajaban prácticamente en un país vacío. No había campesinos con los que se disputaran el agua o los pastos, pero esto ha cambiado a un país que ya tiene varias veces más la población que hace un siglo. Hoy, por donde vayas iniciando una explotación minera, te vas a encontrar con pueblos, ganaderos, agricultores y, entonces, los conflictos por los recursos naturales se agigantan. Es como comparar una casa casi sin gente, donde no hay pelea por el baño, pero de pronto entran 10 personas y vas a ver una disputa por quién usa el baño primero. En este caso, la disputa por los recursos se vuelve mucho más grave. Y claro, la disputa por la riqueza que el recurso minero genera, porque una vez que la gente que vive en el lugar ve cómo hay una riqueza de su tierra, que se la apropian otros, le crea indignación. En esto digamos que hay un ingrediente importante que se ha estudiado poco, que es la noción o cultura que los peruanos tenemos de quién debe tener derecho a los recursos naturales. Entonces, por ejemplo, en ciertos países pueden decir que el que los explota es el que tiene el derecho, pero en otros como el nuestro, podemos pensar que la prioridad la tiene la gente que vive en la zona. De manera que cuando vienen forasteros a explotar la riqueza les parece mal. Y, claro, lo ideal sería que la ley y la cultura estén en sintonía, pero no siempre lo están.
En el libro se habla sobre cómo heredamos aspectos del sistema económico colonial, cuando ya pasamos a ser república, pero, ¿hubo también innovaciones propias de nuestra naciente república?
Sí hubo cambios. Para empezar, en la época colonial nuestro comercio estaba restringido a la metrópolis, o sea, a España. No podíamos hacer el comercio con otros países que no fueran España o los otros virreinatos que nos rodeaban. Esto cambia, claro, con la República. Pero es verdad que los peruanos quedamos con cierta actitud xenofóbica, o sea, temor a los extranjeros, porque habíamos vivido tres siglos bajo el yugo extranjero y no queríamos volver a caer en ello. Y por eso siempre vimos a los extranjeros con desconfianza, incluyendo la inversión extranjera. Digamos que no hemos sido muy hospitalarios los peruanos, aunque a veces decimos ‘el peruano es amable, hospitalario, recibe al extranjero con los brazos abiertos’, la verdad es que en el terreno económico no ha sido tan así. Pero fuimos aprendiendo– porque una idea del libro es que la independencia ha sido un largo y doloroso aprendizaje– que no debíamos tenerle miedo al extranjero o debíamos, en todo caso, saber cómo tratarlo. Entonces, esto de cómo tratar la inversión extranjera, cómo relacionarnos con el comercio extranjero, es algo que hemos venido explorando en el siglo XIX, practicando en el XX y como que no terminamos todavía de definirnos. Y por eso en los debates políticos, por ejemplo, en esas últimas elecciones, siempre sale a la luz el tema de los contratos, no sé, de libre comercio con países extranjeros, o los contratos con las empresas mineras, que si los debemos revisar, que si debemos respetarlos tal cual están. Este va a ser siempre un tema álgido de debate y es algo que ha surgido en la época republicana. Eso no existía en la época del virreinato.
Y otra innovación te diría que es el sistema tributario. En la época del virreinato había uno de antiguo régimen que era, digamos, el adecuado para la forma como estaba organizada la economía peruana. Entonces existían, por ejemplo, muchos monopolios, estancos le llamaban, del tabaco, del mercurio, de la pólvora y, luego, tributos personales, o sea, el tributo per cápita, la capitación, que era el tributo indígena principalmente. Entonces en la época republicana debimos abandonar ese tipo de impuestos y desarrollar un sistema tributario moderno. Y no ha sido fácil. Yo te diría que hasta la guerra con Chile no habíamos innovado, nos habíamos aferrado al viejo patrón. Pero después, yo te diría que la guerra nos sirvió como un doloroso aprendizaje, como te mencionaba hace un momento, tuvimos que pasar al sistema de impuestos, el sistema impositivo de tributos. Ahora, ¿qué impuestos poner? Bueno, ese es el gran debate hasta el día de hoy. Y no estamos contentos. La presión fiscal que hay en el Perú es muy baja, está alrededor del 15%, mientras que promedio latinoamericano está ya por el 22%, y no hablemos de los países europeos que lo tienen mucho más alto.

Señala usted que la reducción del gasto fiscal a partir de 1790 fue un elemento clave para la desafección que se vivía en la época final del Virreinato…
Sí, es que el sistema fiscal tiene un, digamos, un significado de reciprocidad. Como muchas cosas en la vida. Como el amor, en la economía tú das y esperas recibir. En este caso, la gente que paga tributos espera recibir servicios públicos. Y esto se había venido dando más o menos en la época del Virreinato, pero a partir de las guerras que en Europa enfrenta España a finales del siglo XVIII, hay una contra Inglaterra, después otra contra Francia, entonces, los virreyes tratan de trasladar la mayor parte del excedente fiscal hacia la metrópoli. Lo que significa que en el Perú seguimos pagando impuestos, incluso más que antes, pero ya no vemos los servicios públicos, porque el dinero se va a la península para sostener la guerra contra Francia o contra Inglaterra.
¿Eso es lo que en su libro denomina exaccionismo?
Exactamente. Los peruanos sentimos que nos están exprimiendo. Vidaurre lo comparaba con un enfermo al que le sacan la última gota de sangre de sus venas, para hacer una transfusión a otro. Y esto hace que los peruanos sintamos que el pacto colonial no es beneficioso, o sea, que es más la riqueza que se llevan, que la que luego recibimos. Y esto crea, claro, dudas sobre si debemos mantenernos dentro de este pacto colonial.
Antes de la Independencia, y las enumera usted en su libro, ocurren rebeliones. La de Tupac Amaru para muchos la más importante, pero, ¿cuál de las otras diría que también revistió una importancia clave en el reforzamiento de esta molestia hacia la Corona?
La rebelión del Cusco, la de Pumacahua, para ponerle un nombre, ha sido injustamente relegada en la memoria peruana. Así como los mexicanos, por ejemplo, tienen a Hidalgo y Morelos como sus grandes héroes, y celebran 1810 como el año de la Independencia, los peruanos también tendríamos que tener a Pumacahua como nuestro Cura Hidalgo, y en 1814, la fecha de la rebelión del Cusco, como el inicio del proceso emancipador. Es cierto que esa rebelión fue derrotada, como también fue la de Hidalgo y Morelos en México, ¿no? Pero creo que fue la que expresó este ánimo de rechazo al exaccionismo y la aspiración de los peruanos de autogobernarnos. El problema, claro, es que la rebelión de Pumacahua empezó en el Cusco, igual que la de Tupac Amaru, y Lima tiene un peso político muy fuerte, aparte del demográfico en nuestra historia, y creo que esto ha hecho que la élite limeña, que históricamente es la que ha gobernado el Perú, no se sienta cómoda con una versión de la independencia en la que carezca del protagonismo, en el que parezca que la independencia comenzó en el Cusco. Y esto ha llevado entonces a que se privilegie la tesis sanmartiniana, la idea de que la independencia comenzó con el desembarco de San Martín en la costa de Paracas y se consolidó con la proclamación de la independencia el 28 de julio de 1821. Esa es la versión, digamos, oficial, la que ha triunfado y ha dejado de lado esta otra que podría haber sido la alternativa.
A propósito de uno de los ensayos enmarcado en el siglo XX y que habla sobre el Banco Central de Reserva, y dice que se colocaban a personas no necesariamente las más aptas en los inicios, más políticamente que por su capacidad profesional. Este es un ente que hoy se menciona cada vez que se puede, incluso a los candidatos se les pide dejar clara su posición sobre esta entidad. ¿Cuál es la historia de un ente como el BCRP?
El Banco Central de Reserva tiene la delicada misión de defender el poder adquisitivo de la moneda nacional. Esta es su función, digamos, principal, y en el Perú históricamente lo ha hecho muy mal porque, si revisamos la historia monetaria del Perú, es trágica. Tenemos varios ‘cadáveres’ en el armario. Perú nace con una moneda que es el peso, que dejaron los españoles, luego se reemplaza por el Sol en 1863, luego viene la libra peruana, el Sol de Oro, el Inti, y el nuevo sol. Todas estas monedas van muriendo. En otros países, por ejemplo, Estados Unidos, siempre han tenido el dólar. Gran Bretaña, la Libra, nunca han tenido que cambiar, entonces, ¿por qué en el Perú hemos tenido esta historia monetaria tan accidentada? Y la respuesta es porque no hemos tenido un Banco Central que defienda la estabilidad de la moneda o cuando lo hemos tenido ha hecho mal su trabajo. El BCR aparece en 1922, pero hasta 1992 no tenía autonomía, entonces, sus primeros 70 años era una especie de siervo del poder ejecutivo. Justamente, una de las ‘ventajas’ que trajo la Constitución del 93 y una ley específicamente que se dictó por el Banco Central fue prohibir que le haga préstamos al poder ejecutivo, y decretar su autonomía. Entonces, esto es lo que explica que en los últimos 30 años el Banco Central haya podido defender la solidez de la moneda peruana. No es el único factor, claro, la bonanza exportadora, que también nace desde los años 90 y se consolida en la década siguiente, es el otro factor responsable. Sin bonanza exportadora no se habría defendido nuestra moneda tan sólidamente.
Llama a usted al ingeniero ‘misionero moderno’. ¿Qué tanto tiene que ver esto con el hecho de hablar de ingenieros en un país minero?
Bueno, fue un saber técnico importante, un nuevo tipo de intelectual. A finales del virreinato, España intentó implantar este nuevo tipo de saber y de intelectual, el conocimiento técnico del ingeniero. De hecho, las ordenanzas de minería que se establecen en 1786 preveían la creación de un colegio de minería donde se formarían los ingenieros. Pero vino la crisis fiscal de la guerra europea que te he mencionado, luego la guerra de independencia, y este proyecto se archivó. Viene la pobreza de la República inicial, pero luego se dio la riqueza del guano y entonces el proyecto se desempolva. Y es así que el gobierno de Manuel Pardo en 1875 funda la Escuela de Ingenieros. Es decir, desempolva el proyecto de finales del siglo XVIII y lo pone en marcha. Esta escuela inicialmente estaba prevista básicamente para ingenieros de minas, pero luego se fue dando la especialidad de ingeniería civil, la construcción de caminos, puentes, ferrocarriles y entonces viene la tragedia de la guerra del salitre, y la escuela queda medio paralizada. Entonces, era algo trágico: el intento de las escuelas de ingenieros siempre parecía encontrar un obstáculo. No obstante, finalmente, hacia finales del siglo XIX, 1890 y tantos, la escuela de ingenieros por fin consigue sacar sus primeras promociones. Y yo creo que la actuación de los ingenieros ha sido fundamental en la historia económica del Perú. Porque, a partir de entonces, el conocimiento del territorio va a mejorar mucho, pues la diferencia del ingeniero con el intelectual limeño tradicional es que el primero tiene que viajar, tiene que recorrer el territorio, no puede quedarse en Lima, no es un intelectual de escritorio. Esto le permite conocer y saber de lo que está hablando. Es por eso que los reportes de los primeros ingenieros no hablan solamente pues de cuánto miden los caminos o cuál es la ley de los minerales, sino también de las condiciones sociales, del régimen laboral, del problema del transporte. Y entonces pusieron en la mesa de los gobiernos la agenda que había que atender. Resolver el problema de la vialidad, no hay caminos en el Perú, o hay epidemias y no hay hospitales, no hay escuelas, la gente es analfabeta. Entonces, todo esto lo sacan a la luz los ingenieros. No es casualidad que en 1899 es elegido como presidente de la República un ingeniero: Eduardo López de Romaña, egresado de una escuela de ingeniería de Inglaterra, y que luego es una figura importante entre los ingenieros peruanos. Y en el siglo XX, entonces, van a incursionar en política, aunque creo que menos de lo que deberían, ¿no? Porque precisamente como están trabajando siempre en proyectos fuera de Lima, no siempre tienen el don de la retórica, de saber comunicar, que lo tienen más la gente de las letras. Entonces, la participación de los ingenieros en política creo que ha sido menor de lo que pudo haber sido.
Usa usted la denominación ‘Economía organizada para las exportaciones’. Muchos menores de 40 años hemos nacido en un país bajo esa circunstancia. ¿Coincide en que eso quizás es lo que se repite a lo largo de las páginas de su libro?
Se mantiene, pero creo que, por primera vez, estamos en la posibilidad de pensar en una economía alternativa. Hasta ahora no fue posible, porque un país aislado y despoblado no tiene muchas posibilidades económicas más allá de una economía extractiva. Pero el Perú ya no está tan aislado, justamente porque la cuenca del Pacífico ahora es comercialmente poderosa podríamos decir. Y ya no es un país despoblado. Tenemos más 34 millones de habitantes. Y esto nos permite pensar en una economía que ya no sea extractiva sino en una basada en la producción de bienes y servicios para la propia población peruana. Esto significa, claro, reorientar la inversión, ya no sólo a exportar minerales o metales, sino a producir muebles, alimentos, ropa o servicios. Mira, la economía de hoy es mucho de servicios, de comunicaciones, financieros, de cuidado corporal. Creo que hay una transformación de la economía en función ya de las demandas de la propia población. El propio Metro de Lima –obra que parece nunca terminarse– está creando un servicio de transporte que procura ser eficiente, que no lo hemos tenido hasta ahora. Entonces, creo que estamos siendo testigos –tu generación quizás más que la mía—de una transformación que seguramente va a consolidarse.
Sobre la permanente disyuntiva de los gobiernos de privatizar o mantener ciertas industrias a cargo del Estado. España, para invertir en telecomunicaciones se requiere de un porcentaje nacional. En Estados Unidos, TikTok tuvo que ser vendida para seguir operando. Aquí se habla permanentemente de Petroperú como ejemplo. ¿Cuál es su posición sobre el papel del Estado y los denominados ‘sectores estratégicos’?
Hay que remarcar que el dilema privado o estatal no es lo mismo que nacional o extranjero, porque puede haber inversión privada nacional o extranjera. También te diría que puede haber inversión estatal privada o extranjera. De hecho, por ejemplo, Chinalco es una empresa minera del Estado chino, ¿no? Entonces, ¿es inversión privada? No, es estatal pero no peruana. Entonces, no es lo mismo. Ahora, es cierto que hay recursos que es importante no necesariamente que estén en mano del Estado, pero en los que el Estado debe intervenir porque tiene ese carácter estratégico, que es una palabra peligrosa porque, a veces, sirve para explicarlo todo, ¿no? Pero yo sí creo que hay ciertos rubros o servicios que son estratégicos. Por ejemplo, el transporte me parece estratégico, sobre todo en un país como el Perú. El agua, naturalmente, es un recurso estratégico. Entonces, no necesariamente deben ser empresas públicas las que los exploten, pero sí debe darse un ordenamiento legal que permita que el Estado pueda intervenir. Y de diversas maneras, para lo que hay que ser creativo, no sé, quizás poniendo parámetros en la legislación, o exigiendo que el Estado tenga un porcentaje de acciones, aunque la gestión pueda estar a cargo de privados. El aeropuerto, por ejemplo, es un ejemplo claro. Es propiedad del Estado, pero lo gestiona una empresa privada. Y yo no soy para nada extremista, de decir ‘debe ser todo privado’ o ’debe ser todo estatal’. Creo que existen rubros en los que el Estado debe mantener una capacidad de intervención, porque son servicios públicos como el transporte, que te estaba mencionando, básicos para que una sociedad marche bien.
Su libro casi empieza y termina con la industria extractiva. Y hoy existe un tipo de minería claramente marcada como ilegal. Esa vertiente genera corrupción, abusos y muerte. En esa línea, ¿qué desafíos plantea esta nueva realidad? Porque si el libro, digamos, habla de búsqueda de la prosperidad, no controlar un rumbo ilegal puede terminar siendo más bien una amenaza para nuestra nación…
Bueno, es un grave problema, sin duda. Primero quisiera decir que los campesinos andinos siempre han tenido un pie en la minería desde la época del Virreinato, porque la definición de campesino es justamente de un hombre multiusos. Que principalmente suele trabajar la agricultura y la ganadería, pero también se dedica, por ejemplo, al transporte, son arrieros en cierta época del año, y son mineros, sobre todo en las temporadas en que los metales tienen buenos precios. El problema que tenemos en el Perú es que el oro ha alcanzado un precio récord que nunca había llegado, y entonces esto hace que para muchos sea más rentable explotar minas, aunque sea con técnicas artesanales, que son las que están al alcance de una persona o de una pequeña empresa. Dado el alto precio que tiene el oro, les compensa hacerlo y, entonces, como tenemos un país que ya está muy poblado, como te decía previamente, ya no hay yacimientos libres como en el pasado. Todos tienen un dueño, pero no necesariamente están en explotación, porque las grandes empresas mineras, digamos, que hacen denuncios y entonces reservan un yacimiento, pero postergan para el futuro su explotación, porque tienen una estrategia de largo plazo, o porque tienen que hacer una preparación de largo plazo, pero para aprovechar el momento, los habitantes de la zona, pues se meten a estos yacimientos y comienzan a explotar de forma ya ilegal esto. Yo diría que, hasta ahí, el problema se puede resolver llegando a un acuerdo entre la empresa, los habitantes y el Estado. El problema es cuando ya mafias entran en este momento para ofrecer servicios de protección a los pequeños mineros ilegales o informales y luego condicionar para que les vendan su producción, porque lo que ellos extraen son minerales luego hay que refinarlos y la refinación suele ser más costosa, entonces, estas mafias obligan a los pequeños mineros informales a que les vendan porque hay mucha violencia, y entonces se crean ya mafias poderosas que hemos visto pueden financiar a partidos y penetrar en la política de forma peligrosa. Yo creo que ese es el gran desafío hoy, porque si esto no se ataja, si esto sale de control, vamos a tener entonces una economía muy penetrada por estas mafias, en la cual la posibilidad de sacar provecho fiscal de la explotación minera desaparece, porque estos grupos no pagan impuestos, y no van a permitir entonces que el Estado tenga los recursos necesarios para disminuir la pobreza mejorar la educación pública la salud pública, etc.
Aunque algunos digan, casi como una justificación, que – finalmente– el dinero circula igual…
Hasta cierto punto, como tú dices, el que roba, en la medida en que gasta su dinero, lo hace circular, pero, claro, no lo gasta como lo gastaría el Estado, porque se supone que este último lo va a gastar, por ejemplo, en pensiones para los ancianos, en mejorar la educación pública, en comprar vacunas y construir caminos, etc. Las mafias ilegales no gastan su dinero en eso. Compran departamentos, tierras, o eventualmente sacan el dinero del país. Y no es lo mismo. Sí, de alguna manera ‘chorrea’, pero no bien, ni bonito. Hay que tratar de que estas mafias desaparezcan y el Estado pueda sacar provecho de la producción minera como le corresponde.



