Elizabeth Ingunza: “Más que una moda, las locomotoras fueron una necesidad para el Perú”

Dos años recopilando información y ocho meses escribiendo precisó Elizabeth Ingunza Montero para convertir en realidad “El tren de la codicia”, su primera novela publicada en 2003 y que hoy –en una cuarta edición—llega a librerías bajo el sello Planeta.

El texto aborda, mediante un lenguaje claro y sustentado en cartas y documentos que la autora descubrió en un archivo familiar, una vertiente distinta de lo que fue la Guerra del Pacífico, quizás el más duro revés sufrido por nuestra aún joven república.

“No soy literata, es verdad, pero sí me considero una ávida lectora. Y me encantan los libros que te enganchan. Por eso intenté escribir esta novela de forma clara, con un lenguaje coloquial”, señala Ingunza Montero cuando le pregunto las claves para debutar en las letras con un resultado decoroso.

A través de las páginas de “El tren de la codicia” descubriremos no solo a un país que se encuentra abruptamente en medio de una guerra que no podrá ganar, sino también a una familia que evoluciona forzada por las condiciones históricas que le tocó vivir.

-Me ha dicho que escribió esto inicialmente para que lo lea solo su familia. ¿Cuándo se dio cuenta de que el texto podría hacerse de lectura general?

En el momento en que todos me decían que esta historia debía ser conocida. Este pedacito de historia vinculado a los ferrocarriles salitreros se ha perdido en el tiempo. Al comienzo empecé haciendo una página web sobre el tema, y empezaron a contactarme (desde Chile y Perú) y a preguntarme quiénes fueron (los) Montero Hermanos, por qué invirtieron en ferrocarriles. Ahí se fue soltando la trama que solamente yo la tenía en cartas y documentos personales.

-¿Cómo empezó a construir “El tren de la codicia” y cuán cercana a la historia peruana real podríamos considerarla?

Encontré un archivo familiar con cartas y documentos que contenían casi todo lo descrito en la novela. A partir de ahí me puse a investigar. Fui al Archivo General de la Nación para corroborar lo que se decía en las misivas. Lo logré. Y para certificarlo puse en la novela el folio, página y libro donde encontré cada documentación que acredita lo narrado. Esto convierte a “El tren de la codicia” en una novela histórica con casi un 87% de precisión. Lógicamente, para ensamblar una obra así deben existir diálogos, los cuales salieron de las cartas recogidas. Y como todo está escrito en decimonónico, tuve que trasladarlo al castellano actual.

-Algo visible en parte de la novela es que la mayoría de mujeres que vivían en la época estaban, no necesariamente sometidas, pero sí en un claro segundo plano.

Estuvieron en un segundo plano, sin embargo, conforme van sucediendo los hechos y mi bisabuelo se va quedando solo con dos hermanas, se ve en la obligación de instruirlas, porque era indispensable que ellas supiesen cada vez más. Ahora, como ellas crecieron en un ambiente lleno de diálogos sobre negocios, se empaparon del asunto y pudieron aprender.

-Sin embargo, así como a Natividad le hacen una especie de ‘corralito’ con un extranjero, a Esteban le pasa algo similar, incluso siendo hombre.

Su caso fue en sentido contrario, a él lo escogió la hija del presidente Balta. Ella (una adolescente) lo elige para casarse. Esteban, pese a no estar enamorado, logra forjar una amistad con ella y finalmente se resigna al matrimonio. Es que parte de los negocios de la época eran los casamientos arreglados entre familias.

-¿Por qué cree que a los presidentes peruanos que aparecen en su novela les cuesta tanto sospechar de las ambiciones e intereses bélicos de Chile?

Es que los peruanos siempre hemos sido muy puros en ese sentido, muy poco mal pensados con respecto al extranjero. En segundo lugar, no teníamos frontera con Chile. Si vemos un mapa de la época, Antofagasta corresponde a Bolivia. Además, era muy difícil en esa época entablar una guerra porque quienes invaden son generalmente los miembros de la infantería (en esa época no había aviones y todo se empezaba por tierra). Entonces, se pensó que nada nos haría tener problemas con Chile. Sin embargo, cuando el salitre se hace un material indispensable para la industria, pues pasa a ser una especie de ‘oro blanco’, ahí surge la codicia, porque los yacimientos más grandes de salitre están en Antofagasta y Tarapacá.

-Conocida es la importancia de los ferrocarriles para movilizar el salitre. ¿Cuánto podríamos suponer que generaba este tipo de transporte y cómo compararlo con objetos conocidos?

En el libro menciono 3’600.000 libras esterlinas, que era lo que daban de ganancia los ferrocarriles. Para facilitar una comparación, mi esposo me sugirió contrastar esta cifra con el precio del monitor Huáscar y la fragata Independencia. Juntos costaron alrededor de 180 mil libras esterlinas. Imagínate las cantidades que se llegaron a manejar en la época del guano y el salitre en el Perú.

Elizabeth Ingunza Montero hablando sobre su novela.

-¿Estos grandes empresarios de la época como Enrique Meiggs podrían ser comparables hoy a personajes como Donald Trump, Bill Gates y Carlos Slim?

Serían más bien como una constructora trasnacional. No como una sola persona, porque hoy estos consorcios no son dirigidos por una sola persona, sino que hay una serie de intereses mixtos alrededor. Pero en esa época, como el Estado no estaba en capacidad de invertir en las vías ferroviarias, lo que se hizo fue concesionarlas. Y, lógicamente, se logró la concesión de la línea para ferrocarriles salitreros que fue la única concesionada y construida íntegramente por peruanos. Las demás líneas tenían capitales mixtos, porque las locomotoras se hacían en Inglaterra, entonces generalmente había un inglés de por medio y de ahí surge el interés de ellos por la zona de Tarapacá.

-¿Hay mucha distancia temporal en el auge de los ferrorcarriles en Europa con la aparición de estas máquinas en nuestro país?

No mucha. El primer ferrocarril lo trajo Ramón Castilla y fue el de la línea Lima-Callao. Más que una moda, las locomotoras fueron una necesidad. Antes las cosas se transportaban en mulas. Entonces, comparar la carga que podía llevar una mula versus la de un vagón, motivó su presencia y masificación en el mundo entero. La locomotora, el tren y los vagones fueron el primer medio de transporte masivo en la historia universal.

-¿Cómo resumiría la apreciación que tiene sobre su bisabuelo Juan Manuel Montero?

Lo describiría como un hombre al que la vida lo fue moldeando hasta terminar convirtiéndolo en un hombre de familia. Inicialmente nunca pensó casarse y se dedicaba solo a sus negocios, pero luego la edad lo transformó. Y es que a fin de cuentas lo único que queda cuando uno regresa a casa es la familia. Ese vacío y esa sensación de soledad es aquello que lo lleva a formar una familia. De ahí su vida cambia, empieza a darle prioridad a la familia de forma tal que en algún momento descuida sus negocios.

-En Perú hubo esclavitud hasta el gobierno de Ramón Castilla, y esta propició miles de abusos y atropellos contra peruanos humildes a lo largo del país. ¿Cómo juzgar ese pedazo de historia en la actualidad?

Desde mi punto de vista particular, los episodios más oscuros de la humanidad han sido la esclavitud y el Holocausto, porque nadie debe considerar menos a otro y someterlo de esa manera. Sin embargo, hay que meterse en el ‘túnel del tiempo’ para entender un poco porqué las cosas pasaban así en ese entonces. Mira, las colonias no hubieran podido salir adelante jamás sin la esclavitud y la explotación de por medio.

-¿Qué queda hoy de lo que fue Montero Hermanos?

Quedan muchos documentos y esta novela que la hice para la posteridad. Algunos me han dicho que “El tren de la codicia” bien podría verse como un clásico, porque es un libro de historia del Perú que corrobora desde el punto de vista humano todo lo que se sintió y sufrió para poder construir lo que fue la red ferroviaria más lucrativa del mundo en su época.

-¿Cree que la Guerra del Pacífico terminó de desnudar nuestras deficiencias como país?

Totalmente. No estábamos preparados. Participó gente totalmente inexperta. Se tomaron pésimas decisiones políticas. Incluso Prado se fue a comprar material bélico en plena guerra. Eso jamás se ha visto, que un presidente viaje en plena guerra. Para eso están los embajadores o la gente de negocios. El mismo Juan Manuel Montero termina tratando de negociar la forma de comprar armamento para el Perú pero no pudo, porque ya los chilenos habían preparado una trama con mucha anticipación.

-Usted también ha publicado otro libro que apela a la historia, pero más bien actual…

Sí, la novela “Cuando el pasado sigue pasando”. Es una comparación de la época de Leguía con la de Fujimori. La protagoniza una familia que vive por cuatro o cinco generaciones entre ambos gobiernos. Aunque tiene toques familiares, no corresponden exclusivamente a recuerdos de mi familia, sino de varias experiencias de otras personas con las que tuve la oportunidad de conversar y que usé para construir a la familia De Iza.

-¿Tiene planes de escribir un próximo libro?

Sí, me encantaría. Creo que hay poca historia novelada. Las clases de historia para mí siempre fueron la tortura de aprenderse fechas y nombres. Nada más. Nunca investigación ni análisis. Y eso es algo que todos los estudiantes deberían seguir y profundizar.

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