Leticia Martin: “A veces la vocación no es tan mágica ni misteriosa”

Como “una novela polémica sobre los límites del deseo y las relaciones de poder” fue destacada “Vladimir” (2023), la novela con la que la escritora y comunicadora Leticia Martin ganó el I Premio Lumen de Novela. El jurado, integrado por Ángeles González-Sinde, Luna Miguel, Clara Obligado, Lola Larumbe y María Fasce, destacó, además, que estamos ante una obra “dura y peligrosa, pero también llena de ternura”, pero tal vez en un nivel superior, se la denominó “una relectura de ‘Lolita’ al revés”.

La autora, sin embargo, toma esos elogios con calma. Desde su país, la Argentina, Martin responde en esta entrevista una serie de preguntas en torno a sus orígenes en la escritura. Recuerda aquel primer concurso de poemas en el que participó en el colegio, sin siquiera cumplir las bases, pero que le significó una mención honrosa que, a su vez, se convirtió en el “motor” de todo.

Sí, “Vladimir” es todo lo que dicen los integrantes del jurado, pero, además, es una novela atrapante, a ratos un thriller, a ratos un drama de nuestros tiempos. Lo protagoniza Guinea, una maestra en la universidad estadounidense que, huyendo de las consecuencias surgidas por la relación que mantuvo con un alumno, vuelve a su país de origen para encontrarse con un escenario distópico: un apagón total.

En medio de circunstancias absolutamente complejas, la protagonista de la novela de Martin encontrará, primero, a Rostov, un sujeto servicial que se torna pesado, pero a través de este a Vladimir, el hijo adolescente que la terminará arrastrando hacia un escenario similar al que vivió solo unos días atrás cuando aún conservaba su trabajo como académica.

Leticia Martín nació en Buenos Aires en 1975, es narradora, poeta y crítica cultural. Está licenciada por la UBA y ha publicado ensayos, novelas y una extensa serie de poemarios. Sus lectores esperan con ansias la aparición de su próximo libro de relatos titulado “Todo lo que no es boca en mi cuerpo grita”.

¿Cree que aún quedan muchas formas de abordar el deseo femenino desde la literatura?

Me parece que, así como hay una posibilidad de amar y de desear, o del deseo femenino por cada mujer, lo mismo pasa con la literatura. Y cada forma de amar puede ser descrita de distinta forma según quién la encarne. Por ende, las posibilidades son infinitas.

Usted ha escrito poesía, ensayo y ahora una novela. ¿Hay algún género que le facilite un poco tocar este tipo de temas?

Creo que la poesía es un género muy presto a que uno trabaje más los sentimientos y las emociones, mientras que la novela es un poco más de largo aliento, sirve para desarrollar muchas más cuestiones como la psicología de los personajes, hasta las peripecias de la trama. Quizás la novela en ese sentido permite, además, tomar cierta distancia del yo poético, que puede tener como una impronta más coyuntural o inmediata en relación a los sentimientos. Y esa distancia que uno como autor puede tomar, respecto de uno mismo y sus sentimientos, permite que la construcción de los personajes sea mucho más sesuda, distante e inteligente. Uno puede encarnar personajes que no son necesariamente uno mismo, puede imaginar cómo es la psicología de un asesino, de un ladrón, de un abusador. Y, en ese sentido, creo que la novela se presta mucho más a la arquitectura que implica para un escritor la construcción de un personaje en relación a una trama, a un suceso y acciones que van a derivar en la resolución de un tipo de conflicto, que es en general lo que aborda la novela. Y el cuento, al menos en mi caso, esta es más para ideas cortas y puntuales que no necesitan desarrollo de largo aliento. En resumen, cuando uno tiene una idea un poco más breve dice, bueno, la resuelve en un cuento, y cuando uno quiere desarrollar toda la profundidad que implica cierta cuestión o encontrar a ver cómo ese personaje desarrolla toda una situación, pues ahí necesita de la novela, que tiene distintas etapas y pasos.

Usted es comunicadora. ¿Su interés por la poesía, y por la literatura en general desde cuándo empezó?

Tengo un recuerdo muy temprano de infancia, de colegio primario, con diez u once años, y recuerdo un libro, “365 poemas para niños”, que era para leer uno por día. Y había un poema que se titulaba “Corpiño”. Recuerdo que se lo leí a mis padres, y mi papá se rio mucho de ese poema, y dijo algo así como que “si ese era un poema, cualquier puede ser poeta”. Aunque lo dijo sin pensar, como un chiste, yo lo tomé como un desafío personal. “Voy a intentar escribir unos poemas”, me dije. Y a los 11 años participé en un concurso que proponía escribir un poema en conmemoración a la muerte de Carlos Gardel. Yo entendí todo mal y escribí un poema sobre cualquier otra cosa, además, mi edad no era la que correspondía a los participantes. Estaba un grado antes. Pero la directora del colegio me mandó a llamar y me dijo: ‘tu poema no puede concursar porque eres más chica, pero igual te daremos una mención’. Y recuerdo que me felicitaron por mis ganas de escribir más allá de que no podía competir. De pronto yo pensé que era algo que sí podía hacer. Creo que, a veces la vocación también nace de simplemente darse cuenta que uno puede hacer algo. No es tan mágica ni misteriosa, menos inspiración divina o algo así. Creo que ahí nació todo. Fue un momento iniciático. Mi padre es contador, se dedica a los números, y como que ahí está el valor de la palabra, en contraposición a lo que él decía, (y eso) pudo haber funcionado como una especie de motor. Hoy mi padre está súper orgulloso de que yo sea escritora y siempre me lo celebra, pero en ese momento de la adolescencia eso sirvió como un motor para ir hacia un lugar distinto buscando mi propia vocación, que era lejana a lo que hacían él y mi madre. Y por eso también guardo un grato recuerdo de esa directora, porque me ayudó a descubrir una dirección.

Leticia Martin recibiendo su premio Lumen de Novela.

Ya que me habla de su padre, y además teniendo en cuenta que su novela ocurre en Argentina, y uno de los perros de la trama incluso se llama Borges, ¿hay algún tipo de elementos auto referenciales en su novela “Vladimir” o es enteramente ficción?

La novela es completamente ficcional. Para algún pasaje de las escenas sexuales o algo eróticas escuché relatos de un amigo que me contó alguna situación, pero que yo tergiversé completamente. Sobre los perros, Falucho era el perro de un tío, y quise que la raza fuera Terranova, en alusión a un escritor argentino que fue un poco maestro de mis primeros años, cuando publiqué mi primera novela. Ponerle Borges al otro perro y que tenga una implicancia después en la trama me parecía simpático. Pero mis personajes en general no tienen nada que ver con mi vida. Tal vez uno a veces cuando narra alguna situación se imagina algo de su vida y piensa: ¿cómo hubiera hecho en esta situación? Aunque, no, en “Vladimir” todo está construido en función de una persona que quiere rehacer su vida en relación a un error sexual que cometió, casi un delito, porque ella –en su primer acto en EE.UU.—estuvo muy al borde de cometerlo, pero cuando viene a Argentina eso ya es decididamente un delito porque Vladimir es un adolescente, casi un niño. Pero todo eso es inventado, claro.

¿Le ha sido de ayuda escribir esta historia valiéndose de este universo medio distópico que presenta Argentina cuando la protagonista llega de viaje?

Claro. Creo que la urgencia de toda una situación catastrófica hace que las acciones se aceleren, porque (los personajes) se quedan sin comida, quieren entrar a robarles en casa, o sea, todo eso que está pasando afuera comienza a ser importante a la hora de avanzar en lo que está pasando adentro también. Toda esa contingencia en lo social me ayudaba a que por fin esta mujer no dilate más la situación. Su encierro y, justamente con un chico más joven del que había abusado antes en la universidad, rearmaba un escenario complicado para ella.

¿Ha tenido la oportunidad de indagar cómo la Academia, en Estados Unidos o en Argentina, tratan el tema de las relaciones entre profesores y alumnos?

Hay una novela muy interesante de J. M. Coetzee, “Desgracia”, que a mí me implicó muchísimo tiempo pensando lo que él contaba ahí, sobre todo al comienzo, porque luego todo deriva a otra cosa, pero (el protagonista de la novela) tiene una relación con una alumna. No es exactamente una situación de abuso porque la chica lo busca todo el tiempo. Aunque él es un adulto que no sabe decir que no, que no puede mediar con su deseo, y todo el escándalo que trabaja Coetzee, lo que le pasa a ese docente, me pareció muy inspirador. Luego, otras situaciones reales, que no tienen que ver con el abuso, en las cuales las instituciones deslindan de las responsabilidades e intentan tapar los conflictos para que los padres o la sociedad no se enteren lo que pasó en la institución, y prefieren desafectar a un docente en lugar de decir ‘esta persona es peligrosa’. Entonces, a mí eso de que las instituciones están más preocupadas por la imagen que dan, me llamó mucho la atención como un rasgo de esta época y me parecía que estaba bueno volver a trabajarlo, y volver a pensarlo desde mi novela para dejarlo un poco en evidencia. En un caso cercano, a un profesor de la escuela de mi hija le hallaron chats subidos de tono con un alumno de 12 años, y la escuela le dijo que, si él se iba (sin cobrar beneficios), zafaba del escándalo y no lo denunciaban. Pero luego entró a trabajar en otro lugar. Y lo loco de esto fue que cuando mi hija pasó a otro colegio secundario, ¡él estaba ahí! Con la gravedad que implica. Sí, eso significó cierta inspiración (para mi novela), o sea, el modus operandi de ciertas instituciones frente a casos de este tipo.

Más allá de la protagonista Guinea, ¿cree que Rostov fue uno de los personajes más complicados de armar? A él lo pinta desde el comienzo, primero como un hombre gentil que finalmente se transforma en alguien espeso, fastidioso. ¿Qué tan retador fue para usted construir esta imagen?

Quise que Rostov fuese una molestia frente a lo que ella buscaba. Primero, Guinea se deja llevar porque él le resuelve los problemas que se le van presentando. De entrada, por exceso de bondad o de generosidad, es un personaje que se vuelve muy intenso, como decimos acá, muy ‘goma’. Entonces, ella le habla muy de cerca, y fui como buscando a ver qué cosas me molestaban un poco a mí de los intensos, y así lo fui dotando de mal aliento, de que se acerque demasiado para hablarle, que insista en ‘llevarla, llevarla y llevarla’ (en el auto), o sea, que fuera un moscardón en relación a ella y el deseo de estar con el niño (Vladimir) a solas. Como si Rostov fuera a aparecer todo el tiempo para interrumpir eso que ella quería buscar con el chico, en esa contradicción que significaba venir a otro país a buscar otra vida, dejando atrás aquel mal episodio, pero bueno, por supuesto que su tentación es más grande que su deseo de reconducir su vida.

¿Qué rasgos cree diría que unen a los ‘objetos de deseo’ que son Nicolás y Vladimir para Guinea?

Ambos son jóvenes y están en una situación endeble frente a ella, en el sentido de que no son hombres adultos, no tienen autonomía y están en una situación de desventaja. Es una relación asimétrica, porque Guinea es quien pone la nota, quien decide sobre un poco su futuro, si Nicolás va a aprobar o no. Y con el pequeño Vladimir, pues están encerrados en una situación que se necesitan mutuamente, pero en algún momento ella queda como responsable del menor, porque el padre sale a buscar provisiones para esta nueva ‘comunidad’ que forman viviendo juntos en medio de la catástrofe. Por último, creo que, en ambos casos, Guinea no logra medir su responsabilidad.

¿Se imagina cercano un gran apagón como el que ocurre mientras transcurre su novela? ¿Estamos inevitablemente cerca de algo así? ¿Por qué?

Hay un lugar pesimista en mi mente que cree que le hemos delegado demasiado poder a Internet, a Google. Toda nuestra información está en manos de otros. Hay pocas personas a las que no les pase eso. Y es difícil no pensar en que la gravedad del asunto depende de que haya electricidad. Eso genera, pues, la idea de que hay pocos dueños de todo eso. Si bien el mundo funciona por conglomerados de cosas que se articulan, realmente quienes tienen las decisiones de lo que pasa en torno a la Internet y a la electricidad tienen en sus manos el poderío total de lo que va a pasar con nuestras vidas. Y a la vez también tengo una certeza: hemos perdido habilidades que teníamos como humanos antes de la digitalización total del mundo. Cosas que se sabían hacer antes ya no se saben hacer porque se delegan totalmente a lo digital. Por un momento es como un pedido de ‘desconectémonos un poco’, no le demos todo el poder a esa forma del mundo. Y, por otro lado, es también una fobia irracional.

La novela tiene muchas escenas de Guinea a solas, dejándose llevar por su deseo, pero también hay otras en las que más bien sobrevuela una sensación de culpa. ¿Qué reacción han encontrado en las lectoras de “Vladimir”?

He escuchado las dos opciones. Algunas creen que lo que mueve a Guinea es la culpa. Y hay otras que no. Yo pienso que en la construcción del personaje intenté buscar a alguien que por omisión de la culpa va hacia adelante con acciones todo el tiempo. Quizás por la sencilla razón de que en una novela la acción motoriza el avance de la historia. Así que, si el personaje es ciego, paralítico y está postrado en una cama es muy difícil hacer avanzar la historia, salvo que este tenga una mente privilegiada y podamos trabajar en su interior. Pero en general uno necesita que los personajes tengan aventuras, hagan cosas, salgan a la calle, corran o maten. En cuanto más puedan interactuar con los demás personajes, más acción tendrá la novela. Me parece que la persona que se mueve por culpa en la vida hace poco. El que está muy atado a la culpa teme actuar, lo que en el psicoanálisis se llama ‘pasaje al acto’, o sea, teme hacer el pasaje al acto, porque como en este se han equivocado, sentirán culpa, obviamente. En cambio, quien no se moviliza con la culpa como patrón, quizás se equivoca más, pero tal vez pasa al acto más rápidamente. A mí me parece que Guinea está más construida con ese criterio, como que hace, se escapa, salta, cree que lo va a lograr, no puede, vuelve adentro, o sea, intenta reprimir algo de su impulso porque sabe que está mal, pero al final cede ante esa presión y se vuelve a equivocar. Y yo pienso que alguien que abusa de un menor es alguien sin mucha represión, y si carece de esto, entonces carece de culpa.

La escritora y comunicadora Leticia Martin dedicando uno de sus libros.

En varias notas han mencionado que “Vladimir” es una especie de “Lolita” invertida. Para aquellos que a partir de su novela irán a buscar la obra de Nabokov, ¿cuál diría que es el principal aporte de una historia como esa?

Nabokov es el gran aporte a mi educación sentimental, y literaria también. Su novela es eminentemente del siglo XX. Aparece en las revistas, en otros medios y por supuesto está exenta de todo lo que tiene que ver con la Internet y con la subjetividad de nuestra época que está configurada en relación a nuestro ser en las redes. Nosotros somos, a partir de las redes sociales, un tipo de sujeto completamente diferente al que podría ser el que da vida a los personajes de Nabokov, como Humbert, Dolores Haze, su madre, etc. Creo que, para alguien que entra a esa novela a través de “Vladimir”, el principal reparo sería poder entender dos tipos de sujetos completamente diferentes.

Usted es comunicadora, y tal vez podría vivir solo de eso. ¿Por qué ha decidido insistir con la literatura? ¿Qué fin persigue usted a través de la creatividad expresada en palabras?

Cuando uno es un profesional de la palabra no siempre puede usarla para decir algo. Como comunicadora muchas veces me toca ser vocera de palabras que quieran decir otros. No soy vocera, pero trabajo en amplificar la palabra que en ciertos lugares alguien decide dar a conocer o decir. Y, por supuesto, como una persona estudiosa, curiosa e inquieta, tengo muchas necesidades de decir cosas, de pensar, de hacer preguntas a los demás, preguntas que yo me hago y que creo que a mí me sirven para pensar el mundo y la vida en la que me desempeño. Entonces, desde la literatura puedo encontrar un espacio para pensar lo que a mí me importa y no lo que le importa a los demás, y por lo cual me pagan un sueldo, un salario, para decir determinadas cosas que el 90% no tienen que ver conmigo, que son necesidades de otros, de la política, de la comunicación o de cualquier ámbito. Hay, pues, algo muy privado, que tiene que ver con esa búsqueda personal que para mí mediarla con la palabra es un lujo total que me puedo dar, porque tengo otras necesidades satisfechas, y en ese sentido soy una privilegiada, sobre todo en nuestra sociedad actual. Y creo que una forma de utilizar bien esos privilegios que la vida me dio es hacer el pequeño esfuerzo que significa pensar, escribir, publicar, y después también recibir la gratificación que en algunos casos implica ese proceso.

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