Rossana Sala, autora de «Me llevan a otra parte»: «Estoy feliz porque pude dar a conocer lo que mi abuelo siempre quiso»

Como caído del cielo, un amplio expediente personal cayó a manos de Rossana Sala (Lima, 1963). Era el testimonio de un aprista que, a lo largo de su vida, creyó en sus convicciones e ideales cuando la política era simplemente otra cosa. Más de una persona cercana a Miguel Estremadoyro Lindow sabía que su destino estaba marcado por el exilio. Aunque ninguno pudo advertir que, a mediados del siglo pasado, terminaría preso en una cárcel del régimen de Rafael Leonidas Trujillo.

El ’Chivo’, como se le conoce al dictador fallecido el 30 de mayo de 1961, es un personaje que, sin aparecer, no puede soslayarse a lo largo de las 367 páginas que tiene “Me llevan a otra parte” (Tusquets, 2026), la novela que Sala ha escrito luego de una ardua (y acaso insólita) investigación.

Abogada de profesión, pero con la inquietud de la literatura desde niña, Sala tiene publicados ya algunos libros, además de cuentos en distingas antologías y cientos de posts en su blog personal. Ninguna de esas experiencias previas, sin embargo, significó lo mismo. A la inversión (en tiempo, dinero y ganas) debe sumarle, ya en el presente, la satisfacción de haber contado una historia con sabor edificante. Porque la novedad aquí no es el exilio –es decir, ser expulsado de tu tierra—sino cómo desde ese drama se cuenta una vida feliz. “Porque mi abuelo en lo familiar siempre fue feliz”, dice la autora en la entrevista que compartimos a continuación.

Su abuelo Miguel Estremadoyro Lindow murió a los 96 años, en el año 2008. ¿Habló muchas veces de lo que vivió en República Dominicana?

No. Él nunca contaba nada sobre esos temas. No hablaba de política ni tampoco de lo que le pasó. Yo solo sabía que había estado preso en República Dominicana, desnudo y con ratas merodeándole encima. Y eso seguramente me lo contó mi madre. Más allá de eso nada más, hasta que un día, hace casi dos años y medio, cuando no tenía ningún proyecto entre manos, mi madre me entregó una carpeta con los documentos acerca de lo que había vivido mi padre en Centroamérica.

Usted no es aprista…

No. Pensé que tenía algo fuerte entre manos, pero también me di cuenta que debía investigar todo lo posible sobre el APRA.

Qué fue lo que más le llamó la atención en aquellas largas horas de investigación respecto al APRA…

Mira, yo no sabía mucho sobre el APRA antes de iniciar mi investigación. Y quizás eso me ayudó porque fui con la mente totalmente abierta, sin prejuicios, dispuesta a aprender. Visité hemerotecas, medios de comunicación como El Comercio, la Biblioteca Nacional del Perú, y encontré cuán organizado llegó a ser el APRA entonces. Tenían comités para cada función, como publicidad, economía, etc. Además, un grupo de militantes se reunía para comentarle a su congresista los temas que habían estudiado, y este sepa de qué hablarles a los medios.

¿Su abuelo llegó a desempeñar alguna de esas funciones en el partido?

Tuvo a su cargo el área de economía, quizás no tan ‘pública’ o mediática, pero sí muy necesaria porque debía captar fondos para que todo el engranaje partidario funcione. Y la verdad es que eran muy organizados. Emitía bonos, realizaban kermeses, etc.

Su bisabuela intentó casi hasta el final que su hijo elija otro camino distinto a la política…

En el año 30, que es justo cuando se funda el APRA, mi abuelo va a Colombia, porque su madre ve que su hijo está muy inclinado a la política y, además, él estaba estudiando en San Marcos y esta cierra. Entonces, lo llega a enviar a Colombia y ahí llegan los desterrados y fundan el comité de apristas número 1 de Colombia.

O sea, la mamá trató de separarlo de la política, pero logró el efecto contrario…

Es verdad, pero lo de Colombia le sirvió mucho para saber cómo era vivir en un país democrático, porque él básicamente toda su vida había estado había crecido bajo el Oncenio de Leguía.

Una parte del testimonio de su abuelo ha salido publicada ya en una revista aprista.

Sí. Lo que ocurrió fue lo siguiente. Mi abuelo llegó a escribir tres veces su experiencia en la cárcel de República Dominicana. Un mes después de ser liberado escribe una primera versión. Luego, algunos años después redactó una segunda versión. Y en el año 1991 lanzó una tercera, que es la de la revista que me mencionas: Presente. Mi abuelo siempre quiso que se sepa cómo es vivir bajo estos gobiernos autoritarios. Además, una prima mía lo llegó a entrevistar una vez, cuando él tenía 90 años. Todo eso me sirvió para poder construir mi libro.

Teniendo en cuenta sus libros anteriores, ¿cómo califica la experiencia de escribir una novela como esta? ¿Siente que aprendió de sus obras previas, que fue una especie de preparación para “Me llevan a otra parte”?

Aprendí en todas esas escrituras, y de los talleres que he tomado, por lo menos, que el estilo que a mí me interesa es el directo. “Divorcio en zapatillas” nace de un blog, entonces, yo siempre iba escribiendo y de ahí saqué algunas historias. Inclusive también “No vaya a despertar a los caballos” se alimenta de muchas piezas que había escrito a lo largo de los años. En cambio, durante estos dos años y medio no he publicado absolutamente nada en el blog. Me he concentrado totalmente en investigar para “Me llevan a otra parte”. Investigué y estudié historia del Perú a fondo. Ha sido un trabajo bastante distinto, aunque escribir sea lo que sea siempre ayudará.

¿Cómo decidió la estructura de su novela? Hay una narración lineal sobre el encierro en la cárcel, y en paralelo viene la historia familiar de Miguel Estremadoyro. En medio de todo esto, consigna mucha información histórica del Perú de ese entonces. Son tres arterias que sostienen el relato.

Quería que mi novela no sea nada más los días de mi abuelo en la cárcel porque, primero, era algo muy duro por sí solo y, segundo, sentía que no aportaba mucho hablar de cómo una persona sufre encerrada. Es algo que han vivido muchos a lo largo de los años y en distintos países. Así que los días en la cárcel de mi abuelo fueron un pretexto para contar su vida. Porque eso era lo que yo sí conocía a través de mi mamá, de mis tías. A todas las entrevisté y recogí anécdotas y detalles muy valiosos.

En ese intento de narrar vida familiar con drama carcelario, ¿le costó alternar momentos felices con dolor?

La narración de él en la cárcel es totalmente distinta a la de su vida familiar, que es una vida muy alegre. Aunque tampoco pensé en poner “recuerdo cuando mi hija nació tal día…”, no, porque, quizás como todos, me he adaptado a la vida que tenemos hoy, algo fragmentada, apurada. Y entonces yo quería una narración, por lo menos, ágil. Confieso que me costó bastante unir ambas historias. Las escribía, las separaba, las volví a juntar, imprimía, y me salieron como 15 versiones distintas. En mi mesa de trabajo tenía un libro de Kurt Vonnegut, de quien copié su frase “Todo esto sucedió, más o menos” (“Matadero cinco”), y la usé para el epígrafe de mi novela. Siempre me planteé no hacer sufrir al lector, darle algo que se entienda.

Usted se dedicó por años a la abogacía. De pronto dejó todo eso, y ya jubilada, se ha dedicado a escribir. ¿La literatura fue algo que siempre le interesó?

Escribí desde niña, escribía poemas graciosos. O sea, si a mi abuelo se caía de la bicicleta yo escribía: «Caíste bruscamente, te golpeaste tristemente.» Cosas en broma que mandaba en la clase. Inclusive los trabajos en el colegio. Una vez una profesora nos dijo: «Usen la imaginación», y lo hice: escribí la historia de una nave espacial que viajaba en el tiempo. Ella reaccionó: “Rossana exageró”, pero igual me puso la mejor nota. Luego ya vino el blog, pero no tenía mucho tiempo, porque como abogada a tiempo completo, madre de dos hijos, divorciada, incluso viviendo casi 10 años en Venezuela, era más complicado.

La autora Rossana Sala con su novela «Me llevan a otra parte».

¿Usaba su estilo de escritura en su trabajo como abogada?

Sí, y tengo una anécdota. Como abogada mi estilo de escritura también siempre fue breve. Una vez hice el acta de una junta de accionistas y parecía un cuento, o sea, con el clímax y el acuerdo final. Dionisio Romero era el presidente de la junta, ¡y tras leer el documento me felicitó! Yo creo que él terminó tan emocionado como yo.

Volviendo a la novela, uno de los personajes que está siempre presente, aunque claramente en otro nivel es Rafael Leonidas Trujillo, El Chivo. No es tan conocida su vinculación con Perú…

Fui a República Dominicana para mi investigación y me reuní con una socióloga (Ilonka Vázquez) que fue la que me llevó a los puntos de interés. Pude ir al Palacio de la Policía, inclusive a los periódicos, al Archivo Nacional y accedí al Museo Memoria de la Resistencia Dominicana. Contacté ahí a mucha gente y les pregunté sobre mi abuelo, si había pertenecido a la Legión del Caribe (cosa que no fue). Asimismo, indagué sobre la famosa tesis doctoral de Jesús de Galíndez, un español que estuvo en RD, escribió su tesis sobre la situación del país, se va a Estados Unidos, Trujillo lo trae secuestrado y lo mata. Pero él no sabía que Galíndez tenía nacionalidad americana, y tampoco que la tesis ya estaba en Chile y que fue publicada. Así fui descubriendo no solo las cosas que le pasaron a mi abuelo, sino que existieron nexos entre todos los países y Trujillo.

Sobre revelaciones, precisamente, debo decir que lleva la tensión casi hasta el final sobre qué cosa había hecho su abuelo para desatar la venganza del régimen de Trujillo. ¿Cómo sostuvo esto?

Trabajé con estructuras en Excel, porque además tenía el tema de la ropa, por ejemplo, qué ropa tenía, cuándo tenía el reloj, cuándo le daban agua, si sudaba o no, porque no tenía agua cuántos días. Luego, valerme del narrador omnisciente me permitió ser más abierta, colocar conversaciones entre los hermanos, colocar las opiniones contra el APRA. Porque mi abuelo siempre pensaba bien del partido, pero con el otro narrador podía colocar las reuniones familiares donde se critica al APRA. Asimismo, fui organizando bastante el peso de cada capítulo, porque las cosas del pasado no las podía poner en un capítulo sobre el juicio, que ya tenía de por sí mucha información.

Suena bastante perfeccionista lo que me comenta, pero ¿en qué momento sintió que la novela ya estaba concluida?

Cuando le entregué a los editores, ellos me dijeron que iba a ser publicada el año siguiente. Así que todo ese tiempo me la pasé revisándola. En el momento en que sentí que no podía revisarla más, la novela ya estaba en la imprenta.

¿Le hizo algún apunte especial el historiador Antonio Zapata en la presentación de su novela?

Sí, cuando comencé a escribir la novela yo no sabía que eran justamente los 200 estos de la fundación de la fundación del APRA (1924-2024). Entonces, vi que había un curso que dictaba Antonio Zapata en el Centro Cultural de la Católica, acerca de los 100 años del APRA. Entonces, me inscribí para estudiar. Luego, le di un capítulo y le gustó y le pregunté si él podía revisar la novela y me dijo que sí. Entonces, yo le di a él toda la parte histórica y me reuní un par de veces, me dio información, me corrigió algunas cosas, porque yo no soy historiadora algunas cosas que yo no había puesto, me dijo, «Averigua sobre tal y tal persona». Todo eso me sirvió mucho.

A la presentación de la novela acudieron Alonso Cueto y Antonio Zapata.

En varios momentos de su historia independiente las persecuciones, huidas, exilios y deportaciones fueron moneda común. ¿De qué forma esta novela ayuda a recordar eso?

Como mi abuelo, hubo muchísimos ‘Miguel Estremadoyro’, y la historia los ha dejado olvidados. Entonces al final, sin proponérmelo, ha sido como un homenaje o un recuerdo a todas las familias que lucharon por sus principios, por sus ideales y que siguieron y apoyaron a sus maridos sin proponérselo.

Algunos exiliados terminan haciéndose famosos en otros países, escriben libros o incluso participan en política. Sin embargo, cómo podríamos no romantizar un hecho así. ¿Diría que, más allá de todo, se trata siempre de una experiencia traumática?

Tuvo episodios traumáticos, sin embargo, las familias al final, unidas, como en el caso de mi abuelo, siguen adelante, y tuvieron momentos felices. Mis tías –las hijas de Miguel Estremadoyro—tienen recuerdos muy felices. Yo misma viví un exilio, aunque laboral, cuando me fui a vivir con mis hijos a Venezuela por mi trabajo. Eso me ayudó mucho a captar el sentimiento de mis tías y abuelos.

El lector gana al llegar a sus manos este tipo de historias, pero, ¿cuál es la satisfacción que le queda al autor?

Estoy feliz porque he dado a conocer lo que mi abuelo quería dar a conocer, además de su libertad, la lucha por sus principios e ideales. Él mismo dice que todo lo que le pasó hizo que sus ideales civiles y políticos no se atenúen. En su manuscrito él dice: “he aprendido de esto que me pasó para seguir luchando por mis ideales y principios”. No he escrito esta historia para decirle al lector ‘mira, tienes que ser honesto’. Cada lector retiene lo mejor que le dejó el libro, y yo he querido mostrar una vida honesta como la de muchos.

En una parte final de la novela, su abuelo dice cómo le gustaría que sea Perú a futuro. ¿Cree que si él viera como estamos, se sentiría contento o, por lo menos, satisfecho?

Él murió decepcionado, pero siempre siendo aprista, nunca salió del partido. Fue un político hasta el final, incluso a los 80 años fue presidente del Banco Hipotecario, durante el gobierno de Alan García. Y puso las cuentas del banco en azul. Estuvo apenas uno o dos años y él lo transformó.

Finalmente, ¿qué le gustaría tras esta novela? ¿También se plantea un proyecto maratónico como este?

Me ha gustado investigar, entonces ya tengo en mente un personaje que fui conociendo a lo largo de mi investigación para “Me llevan a otra parte”, y sobre el cual me gustaría escribir. Pero estoy viendo cómo hacerlo, porque me gusta hacerlo de una manera ágil y moderna.

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