Daniella Delgado Rey: «La violencia es esa oscuridad que no queremos enfrentar en nosotros mismos»

Una memoria fotográfica le ayudó a conservar varios elementos que luego le servirían para iniciar su camino en aquello que hoy parece disfrutar por encima de todo: la literatura. Daniella Delgado Rey acaba de publicar “Precariedad de la luz” (Lumen, 2026), un conjunto de 10 cuentos en los que pequeñas violencias se filtran en medio de historias que podrían ocurrirle a cualquiera.

Una mujer que navega río arriba para abortar lo que sería su octavo hijo. Un niño que, cansado de sufrir la ausencia de su padre, decide seguirlo fuera de casa y descubre lo inimaginable. Un grupo de cazadores no pueden ni asegurar un ciervo mientras se enfrascan en discusiones durante un viaje por carretera en Estados Unidos. Los protagonistas de estos relatos parecen dentro de una inmensa olla a presión que, indefectiblemente, termina destapándose.

En la siguiente entrevista, Delgado Rey revela algunas particularidades vinculadas a la construcción de sus relatos, a sus personajes y a los conflictos que estos deben enfrentar, pero también –a solicitud nuestra—cuenta detalles respecto a las lecturas (y autores) que ha ido hallando conforme recorría ciudades como Bogotá, Rabat, Madrid, Buenos Aires, y más. Una inmejorable oportunidad para descubrir en qué piensan estos nuevos narradores peruanos menores de 40 años.

¿Estos 10 cuentos los has escrito recientemente o su origen se remonta algún tiempo atrás?

Son cuentos que empecé a escribir hace unos años. También escribí otros que, quizás por no compartir una misma sintonía, terminaron quedando fuera de “Precariedad de la luz”.

Más allá de la sintonía que mencionas, son cuentos muy diversos. Los lugares donde se desarrollan, los personajes que participan y, por supuesto, los temas que abordas…

Sí, y ese es uno de los motivos por los que quise trabajar un libro en el que pueda trazarse una especie de viaje donde coinciden distintos personajes de varias clases sociales, culturas y edades; personajes femeninos o masculinos, para darle justamente una diversidad también a la experiencia de lectura. Sin embargo, lo que creo que engrana a estos relatos es que presentan situaciones en las que uno parece dirigirse hacia un punto hasta que algo ocurre y se rompe por completo la inercia. Como si surgiera una luz que termina guiándote a otro lugar. Y todo esto puede resultar, ciertamente, muy humano, porque el mundo está lleno de personas que creen tener control sobre su vida, así como de aquellas que sienten no tenerlo en absoluto. Es una especie de intermedio de claroscuros en el que nos movemos.

Nunca olvidaré la vez que conversé con un escritor y me reveló que una de sus primeras novelas, ambientada totalmente en la selva, la escribió sin haber viajado (ni una sola vez) allí. A propósito de ello, ¿cómo surgió “Río arriba”? Es un relato que ahonda en la violencia intrafamiliar en un contexto de mucha pobreza en el centro mismo de la selva.

Sí, he viajado a la selva algunas veces, y en ocasiones compartiendo con gente un poco parecida a los personajes de ese cuento. La Amazonía en sí me parece un espacio muy vital y sumamente diferente a algunas ciudades excesivamente occidentalizadas. Pienso que muchos de los que viven allí poseen una conexión sumamente especial con la naturaleza, una mirada y un enfoque que podría enseñarnos mucho a los que vivimos tan apartados de esa realidad. Así que ese será un lugar al que siempre voy a querer volver.

Siguiendo con “Río arriba”, y siendo este tu primer libro de cuentos, ¿cómo fue el proceso de ‘registrar’ y luego recordar pequeños detalles o elementos que luego acompañan la trama mencionada en mi anterior pregunta? Hay paiches, peque-peques, niños bañándose en ríos, etc.…

Tengo una memoria bastante fotográfica. Soy un poco mala con los nombres, pero muy buena recordando rostros, lugares o espacios. Estuve en Madre de Dios –de muy chica–, también en Pucallpa e Iquitos, y en zonas aledañas a esa ciudad. Y cada uno de esos lugares se me impregnaron, dejándome cosas que me marcaron hasta hoy.

La escritora Daniella Delgado Rey.

En tu información biográfica, paradójicamente, abundan las ‘ciudades de cemento’: Madrid, Ciudad de México, Santiago, Bogotá, Buenos Aires, y, claro, Lima. ¿Qué relación dirías que existe entre los lugares que has recorrido y tus espacios ficcionales?

El cuento “No hables con desconocidos” ocurre en el Magreb y sí tuve la oportunidad de estar allí. Pero, por el contrario, jamás visité un lugar como Japón (donde transcurre el cuento “La cena”). Aunque sí tuve algún tipo de acercamiento a su cultura través de amigos de allí, además de cosas que pude investigar. También es cierto que he pasado gran parte de mi vida en Lima. No obstante, en muchos de los relatos he intentado no hacer muy visible el espacio físico (real) donde ocurren, porque quise dejarle eso al lector, además de intentar generar cierto sentido de universalidad, o tal vez de ambiente más ‘regional’, evitando precisar algún detalle realista de dónde ocurre.

Aunque uno donde sí se nota dónde ocurre es “Aguas saladas”. Las desapariciones de la dictadura argentina son un tema bastante tocado, no solo en la ficción. ¿Cómo planteaste tu acercamiento teniendo en cuenta este factor?

Yo no había leído nada sobre las desapariciones, pero luego sí me informé mucho. Vi algunas películas y resultó ser un tema que me movilizó profundamente en lo emocional y en lo psíquico. La primera vez que viajé allí tenía 16 años. Mi mamá nació en Argentina y mi abuela tenía familia allí. Fuimos a visitar a una de sus primas y me impactó cuando una de ellas me contó que había perdido un hijo en la dictadura. Desde ese momento aquel tema estuvo muy presente en mí.

Otro de los cuentos que me llamó más la atención fue “Camino de Hielo”, una especie de travesía de cazadores en formación, digamos, plagada de elementos como la verticalidad, la jerarquía, no sé, los vínculos masculinos. Es, ciertamente, un ‘relato de hombres’…

A los escritores suelen preguntarle respecto de sus procesos creativos. En mi caso, suelo empezar la escritura de un relato sin saber qué será de los personajes o dónde se ubicarán, y aquí fue así: un proceso netamente intuitivo, que partió –si hablamos en términos psicoanalíticos—de lo que se conoce como inconsciente. Asimismo, la técnica creativa también fue algo bastante orgánico. Ahora, lo que yo quería, ya desde el punto de vista racional, fue tener un espacio crudo de invierno, que a mí me marcó mucho en algunos viajes donde he estado muy cerca de la nieve incesante y del hielo, y sobre esa geografía plantear una historia. Luego, ya en el transcurso de la escritura me di cuenta que hay en mí una sensibilidad particular por los animales. En este caso, por un ciervo cuya vida corre riesgo en manos de estos cazadores. Me parece, entonces, que el cuento plasma una mirada también frente a la naturaleza. Cómo nos vinculamos como humanos con ella, en qué términos, etc. Ahora, mencionabas lo de la jerarquía, y creo que esta no solo se da entre los cazadores, sino entre ellos, la naturaleza y el grupo detrás. Así que la manera vertical en la que nos hemos vinculado los últimos dos mil años con la naturaleza y nosotros mismos es algo que se refleja finalmente en el relato.

Fuera de la escritura, ¿te interesan otras artes también, no sé, ves películas, vas al teatro? ¿De qué otra forma, digamos, recibes los conocimientos culturales, por decirlo de alguna manera?

Me encantan todas las artes, sobre todo las películas, he visto muchas a lo largo de mi vida, pero, como te comentaba, tampoco soy muy buena aprendiéndome los nombres de los directores, aunque, por ejemplo, me gustan mucho Hitchcock, Godard, Antonioni, Wim Wenders por cintas como “Días Perfectos”. Luego, la música siempre ha estado presente para mí, sobre todo la instrumental, y el jazz. Y quizás en menor medida el teatro, aunque sí es un arte que suelo apreciar, más aún desde que vivo en Buenos Aires, donde hay muchísima oferta.

¿Cómo los escritores pueden competir contra plataformas de streaming que te ofrecen una docena de estrenos diarios que bien podrías ver mientras almuerzas? ¿Cuáles son los argumentos que tienes tú y los tuyos frente al poder de la imagen y lo novedoso?

A diferencia de hace 40 o 50 años, hoy, efectivamente, existe un sobre estímulo de información permanente. Y es verdad que algunos buscan escapar de su rutina mediante el celular o siguiendo determinadas plataformas. No obstante, más que competir por la atención, creo que la literatura ofrece un espacio de ocio, la posibilidad de detenernos para reflexionar quiénes somos, diferenciándonos así de cosas como la inteligencia artificial, que seguramente en dos o tres años será algo mucho más álgido. La literatura, entonces, se presenta como una magnífica oportunidad para disfrutar el ser humano, y no estar siempre en servidumbre hacia la máquina o hacia el tiempo acelerado.

La presencia de niños, las clases acomodadas, y las situaciones de infelicidad son elementos que podríamos decir que ‘hermanan’ cuentos como “Espada láser”, “El vestido guinda”, e incluso “Hoy te convertirás en un hombre”. ¿Coincides?

Sí, es cierto, hay una hermandad allí que quizás nace de una observación o una pregunta mía respecto a si verdaderamente los niños tienen un espacio real en el mundo, en el sentido de qué tan escuchados o vistos son, y qué tanto se les quiere comprender. Pareciera que muy pronto ya estamos buscando convertirlos en adultos, forzándolos así a renunciar a su esencia, a la imaginación, al juego, al disfrute, y entonces, me pregunto también ahí si eso realmente bueno para esta sociedad… y para los niños, claro. Mira, el niño del cuento “Hoy te convertirás en un hombre” es un poco más grande que los que aparecen en los otros relatos. Él se hace preguntas respecto a su situación en casa, porque percibe comportamientos un poco diferentes en sus padres versus los de sus amigos en el colegio, y es esa ‘luz’ que te mencionaba inicialmente en la entrevista la que, de alguna manera, lo empuja a tener curiosidad, y a tratar de encontrar respuestas. Como un impulso. Y es curioso porque este fue el primer cuento que escribí del conjunto, y terminó quedando como un marco hacia donde todos los demás se construyen.

Viviste algún tiempo en diversos países de Latinoamérica. ¿Te fue posible reconocer la diferente literatura que se produce en cada país según las librerías que llegaste a visitar? ¿Crees que hay mucha diferencia entre lo que se produce aquí versus otras latitudes?

Efectivamente, hay diferencias. En México descubrí a Jaime Sabines en poesía, a Valeria Luiselli en narrativa. También me gustaron mucho los cuentos de Fabio Morabito. Y, por supuesto, a Juan Rulfo ya lo había leído antes. Mira, siento que sí existen particularidades en la literatura mexicana, española, argentina o peruana. Sobre todo, los temas que son más álgidos en cada sociedad, y la manera en que se narran. En Argentina, por ejemplo, leía a Hebe Uhart y ella decía que en su país la escritura o la narración es más desde el monólogo, y en Norteamérica, se presenta más dialogante. A mí me gusta mucho la literatura con diálogos, y la que incide en la construcción de personajes. Luego, en España leí un poco de todo lo que se produce en Europa. Creo que la literatura francesa traducida al castellano, y sobre todo escrita por mujeres, viene muy bien en el último tiempo, con varios premios y reconocimientos.

No quiero cerrar este diálogo sin hablar de la violencia, que se respira por encima de algunos de los cuentos de tu libro. No quizás como el enfoque principal, pero a la vez resulta imposible de soslayar. Una madre de siete hijos a la que en casa la espera un hombre que no parece importarle en absoluto su salud. Luego está “No hables con desconocidos”, y –aunque no es violencia hacia mujeres— también podemos referirnos a “Camino de hielo”.

Siento que la violencia es parte de nuestra sociedad, de nuestros vínculos, de lo que somos, es decir, de todo. Y así lo ha sido siempre, aunque no quisiéramos ver esa oscuridad, la tenemos, ¿no? Las guerras existen no porque (los presidentes) son todos tipos locos, sino porque ya existe una violencia, no sé si genética, en la manera en que nos relacionamos, y yo quería reflejar en mis cuentos que la violencia no tiene necesariamente que ser algo grandilocuente, sino también presentarse en el día a día, y puede ser física, verbal o psicológica. Así que mientras existan ciertas maneras de vincularnos siempre habrá guerras. Porque si las sociedades se han construido empleando vínculos –que tú dijiste antes—son tan verticales y, además, si persiste esa manera en que nos vinculamos con la naturaleza, con nuestro cuerpo, con los cuerpos del otro, o con las mentes de los demás, pues las cosas permanecerán así. Pienso que la violencia es justamente esa oscuridad que no queremos enfrentar en nosotros mismos. Y creo que estas historias demuestran un poco esas violencias en lo cotidiano, ‘escondidas’, aunque en realidad no lo son tanto.

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