La iniciativa Mapa de las Lenguas de Penguin Random House Grupo Editorial permite conocer autores de toda Hispanoamérica cuyas obras cruzan fronteras para llegar a lectores que tal vez jamás imaginaron, pero que pueden terminar fascinados con temas, lenguajes, pero sobre todo con voces capaces de calar en lo más profundo a través de distintos géneros. Un caso inmejorable de todo esto es Gabriela Damián Miravete.
Nacida en Ciudad de México en 1979, esta escritora, editora y guionista publicó su primer libro en 2004 (“La canción detrás de todas las cosas”) y desde entonces se ha convertido en una de las representantes más destacadas de la denominada literatura especulativa. En conversación vía Zoom desde su ciudad natal, la narradora aborda sus inicios, cómo ha cambiado a lo largo de los años, la forma que tiene hoy de abordar sus preocupaciones, y desentraña algunos de las principales piezas de “Soñarán en el jardín”, el libro de cuentos que la llevó a ser parte de esta selección de colegas provenientes de distintas latitudes.
Los cuentos de “Soñarán en el jardín” presentan personajes en situaciones a veces violentas, casi siempre duras, que, sin embargo, pueden tener a la mano herramientas para librarse de todo ello y salir adelante. En el primer relato –titulado “La música y los pétalos”— la autora aborda la violencia intrafamiliar, representada por una mujer que entra y sale de un oscuro y bullicioso sótano. En “Final de fiesta”, una mujer vive un cataclismo y cuando parece a punto de perderlo todo, decide volver a casa por su gato llamado Fénix. Y, en el cuento que da título a esta publicación, unos menores de escuela dialogan con estampitas de un jardín que acoge el recuerdo de desaparecidas. En sí, temas dolorosos que Gabriela narra con una delicadeza, pero, sobre todo, con una profundidad absolutamente original.
Has sido incluida en la iniciativa “Mapa de las Lenguas” (MDL) junto a autores de toda Hispanoamérica. ¿Alguno de la selección que te haya llamado la atención en especial?
Hay un par de colegas pertenecientes al género especulativo y con algunas preocupaciones similares a las mías. Está, por ejemplo, el argentino Roberto Chuit Roganovich con «Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores«. Se trata de una propuesta muy interesante que toca lo relativo al tiempo geológico, vinculado a nuestros temores hacia el cambio climático, hacia todo lo que está pasando con la devastación natural del planeta, y es tremenda. Esa es una preocupación compatible con mi forma de pensar. Luego, y muy curiosamente, debo decir que no hay mucho cuento en la selección, sino novelas. Y lo cierto es que –en Latinoamérica, por lo menos—existe una tradición de cuento muy importante, lo cual me gustaría se recupere un poco más. En esa línea, me gustan mucho autoras (no incluidas en el MDL) como Liliana Colanzi y Mónica Ojeda.
Los cuentos de este libro los escribiste entre 2009 y 2020. El transcurrir del tiempo no solo cambia cómo uno escribe, sino inclusive nos cambia a nosotros como personas. ¿Hay muchas diferencias entre la Gabriela Damián de 2009 y la de hoy?
Sí, he cambiado un montón y, al mismo tiempo, me parece interesante ver cómo, libro por libro, evidenciamos ciertas obsesiones o problemas a resolver en términos narrativos, estéticos, pero, por el otro lado, también se deja ver una constante y una intención de construir más que libro por libro una obra en general, que de forma más o menos intencionada se nota. Y en ese sentido, creo que eso fue lo que me pasó a mí con este libro, que es mi segundo, aunque bien pudo ser el primero, porque “La canción detrás de todas las cosas” (que publiqué, en 2004) se escribió en simultáneo a este, y entonces hay muchos puntos en común, pero también existe una trayectoria personal en la que, pues sí, ya no soy la misma persona. Porque hubo muchas transformaciones y preocupaciones, que ahora que estoy escribiendo mi tercer libro, me doy cuenta que son las mismas del primero y del segundo. Solo que hay una forma diferente de abordarlas, una madurez también en la experiencia sobre cómo resolver problemas estéticos, que ya es diferente, y también esos descubrimientos, pues sí, a nivel humano, a nivel personal, que con los años vamos haciendo. Entonces, soy muy diferente, desde luego, a la persona que fui en esa década en la que se escribieron estos cuentos, y al mismo tiempo, quiero seguir hablando de las mismas cosas, aunque sea desde un punto muy distinto (en el tiempo).
Tu libro es una muestra clara de cómo un conjunto de cuentos puede tener distintos favoritos según el lector. Y eso me hace pensar, ya recurriendo a tu faceta como lectora, ¿qué debe tener un cuento para que, al leerlo, lo consideres bueno? Hablo de todo menos del tema, claro…
Dos cosas. Depende del libro que esté leyendo, pero como autora de géneros especulativos, y sobre todo de ciencia ficción, me llama mucho la atención lo que académicamente se llama el novum, es decir, lo que diferencia a ese mundo del nuestro, una propuesta distinta de mundo, que sea novedosa, asombrosa, increíble en términos de imaginación. Con eso me tienen en sus manos. Por ejemplo, Ted Chiang es muy bueno en ello. La otra cuestión es el estilo, sin duda, la manera de narrar, la forma del juguete literario, digamos, también es una de esas cosas que me hacen ‘babear’. Entonces, creo que es algo que yo también busco hacer cuando escribo cuentos. Por un lado, cuidar muchísimo el estilo, porque en esa propuesta estética, hay tanto una ética, como una manera de observar el tema, en todo caso, desde otro punto de vista, y la forma, que es tremendamente lúdica, juguetona, inventiva, etc. Por otro lado, pues sí, la idea detrás del cuento. Me suelen gustar mucho más las ideas complejas que las premisas demasiado sencillas, por esta curiosidad lectora que me ha dado la ciencia ficción.
Hablas de ciencia ficción. ¿Dirías que ya estamos varios pasos delante de este género visto como un conjunto de naves espaciales, gente que llegan de afuera, y cosas parecidas? Dicho sea de paso, últimamente situaciones como la pandemia o novedades herramientas como la Inteligencia Artificial han servido mucho para el crecimiento de este género…
Creo que desde hace mucho estamos delante de la ciencia ficción clásica, por llamarla de alguna forma. Mira, cuando se acuñó el término ciencia ficción fue en 1926, es decir, estamos por cumplir un siglo desde que surgió esa perspectiva de la ciencia ficción que es muy acotada en el tiempo. Es prácticamente antes de la segunda mitad del siglo XX, y después de ese momento, la ciencia ficción se convirtió para mí en el género más interesante, en cuanto a que exploró desde la ciencia histórica, antropológica, biológica y sociológica ya otras ondas. Entonces, en México, en Latinoamérica, esto cada vez ha ido cobrando más importancia como influencia de quienes escribimos y, como resultado, pues hay una generación de autores que ya estamos abordando esa otra ciencia ficción que no es la clásica y además con este componente de lo cotidiano desde Latinoamérica, que es algo muy distinto a lo que podría ser pues la fantasía espacial del optimismo antes de las guerras mundiales, ¿no? Entonces, creo que, además, la aceleración provocada por los cambios producidos en la tecnología y en la ciencia también han cambiado mucho nuestra psique y nuestra manera de percibir la realidad. Ahora mismo ya no sabemos qué es realidad y qué es falso en términos de imagen. Ya nos cuesta distinguir un video hecho con la ‘mal llamada inteligencia artificial’, y lo digo así porque en realidad estamos ante simples modelos generativos. Y creo que para todo eso la ciencia ficción ha sido una expresión literaria muy efectiva en narrar qué se siente vivir en este momento en donde ya los alcances tecnológicos son espeluznantes, emocionantes también, pero que implican un montón de cosas que no habíamos previsto y que, además, se apareja con una situación ambiental extrema en la que pues tenemos que decidir, si seguimos fascinándonos con nuestros juguetes tecnológicos o preservamos el medio ambiente para que podamos seguir viviendo, porque, la verdad, es así de dicotómica la decisión: estas tecnologías sólo se sostienen con un alto impacto en el medio ambiente. Por todo esto, creo que no hay mejor género literario para narrar el presente que este.

Desde tu experiencia personal, ¿cómo describirías el proceso de introducir temas tan delicados como los feminicidios, la violencia intrafamiliar, o las desapariciones en el género que tú trabajas?
A veces me llama la atención cómo existe esta idea de la complejidad que sólo se da en la novela, o de que la ‘graduación’ de la escritura es la novela y no el cuento, cuando en realidad un libro de cuentos puede tener un compendio de complejidades muy altas, porque cada historia es un universo propio y exige una metodología y acercamiento propios. Entonces, en ese sentido, creo que no hay fórmulas. Cada historia necesita que alguien cree una aproximación, una ética y una estética juntas, que tengan, sí, la manera apropiada en cada uno de los textos. Y, en ese sentido, creo que, si he de hablar de algo en común respecto a estos temas tan delicados, tendría que ser, pues, la ética del cuidado, tanto a lo que se narra, a los personajes que estoy proponiendo como entidades que están encarnando esa historia, como a las personas que me leen. Creo que, en la época actual, lo que menos podemos apreciar es la falta de cuidado desde los medios mismos de información y comunicación. Hay una competencia por nuestra atención y eso propicia que el cuidado se deje al último. Y a mí me interesa que la literatura sea un espacio de cuidados en el que podamos hablar de estas cosas tan dolorosas, podamos elaborarlas, observarlas, sin que nuestra humanidad sufra por ello, o sea, tenga un costo de anestesiarnos, de insensibilizarnos, de considerarlo como una cosa más que está pasando, que es finalmente el doom scrolling. Mira, cuando nosotros estamos en Instagram o en YouTube dándole para arriba a los reels o a los shorts, es como (ver) genocidio y luego gatitos; y después una receta, y después guerra o bombardeos. Pienso que eso no le hace bien a nuestra dimensión humana, porque no está alcanzando a digerir lo que pasa. La literatura es el espacio para hacer eso, pero entonces no puede funcionar de la misma manera, no tiene que competir por la atención, tiene que urdir una manera en la que veamos todo lo que está en juego, no únicamente lo violento, lo horrible, sino el amor, lo que se pierde, lo que se queda, y eso es lo que a mí me interesa, hacerlo desde el cuidado, tanto incluso de mí misma, mientras escribo, cuidarme a mí, cuidar a mis personajes y cuidar a las personas que me leen, lo cual no implica renunciar a lo doloroso o lo terrible que puede ser, sino simplemente encontrar la manera de hacerlo cuidándonos, porque eso es lo que hace falta en el mundo.
Bueno, hablando de doloroso y terrible, rápidamente se viene a la cabeza “La música y los pétalos”, quizás el cuento más crudo del conjunto, no sé. La música, la mención permanente al sótano, al hermano, luego la mamá, los vecinos tan raros. Son piezas correctamente ordenadas para una historia dura, pero a la vez muy bien cuidada…
Sí, me interesaba mostrar esto desde el horror. Bueno, el libro es una mezcla de diferentes registros, y esta perspectiva desde la niña, desde esta jovencita, pues justo nos permite observar tanto lo terrible que es vivir esta clase de violencia, como las estrategias con las que ella cuenta, o sea, no victimizarla y no condenarla a ser una víctima, sino darnos cuenta de que las mujeres que experimentamos violencia estamos llenas de recursos para enfrentarla, incluso si esos recursos en la página vienen desde la imaginación, como puede ser el caso de los fantasmas, de esta unión de víctimas que están ubicadas en espacios y tiempos distintos, pero que de alguna manera se unen para subvertir ese orden y esa violencia. También me interesaba mucho el punto de partida y el punto de llegada del libro, porque, incluso socialmente, las mujeres empezamos de esta manera, o sea, vivimos un dolor individual, secreto, muchas veces familiar o íntimo, que se vive de esa manera, como horror y luego, cuando lo sacamos a la luz, cuando lo colectivizamos, cuando lo politizamos, puede llegar a crear un espacio utópico, como es el caso del último cuento “Soñarán en el Jardín”. Entonces, me interesaba mucho mostrar ese tránsito con una parada en medio que es “La visita”, y que es esta resolución individual, pero apoyada por un colectivo de mujeres que ayuda a liberar ese trauma, y ya después nos puede conducir a una situación muy diferente que es la de “Soñarán en el Jardín”. Entonces ese fue un poco el objetivo: experimentar el horror, pero también observando los recursos con los que se cuentan y después hacer un espacio para la resolución del mismo, que normalmente es colectiva y política.
Pasando el medio está “Final de fiesta”, un cuento bastante particular en el que la protagonista vive en medio de una catástrofe, como si se fuese acabar el mundo, pero antes de huir a ponerse a buen recaudo, recuerda que olvidó a su gato. Y debe regresar por él. ¿Hay una dosis de baja, mediana o alta realidad en esta historia tan fascinante? ¿Y en el conjunto de cuentos en general?
Creo que la realidad también son los estados internos, emocionales y, en ese sentido, yo puedo decir que absolutamente todo es muy real (risas), porque son mis propios estados emocionales, son experiencias que están cifradas de diferente manera según cada historia, Por ejemplo, para mí “La sincronía del tacto” es un cuento en el que –para mí– todo lo que se cuenta pasó, ¡pero no es cierto! O, bueno, sí pasaron algunas cosas, más no como las presento en el relato. Ahí ya hay un oficio literario. Luego, en “Final de fiesta”, si bien no he vivido un cataclismo o he estado cerca del fin del mundo, yo vivo en Ciudad de México, que es altamente sísmica y estamos en la inminencia del desastre y ese sentido de ‘qué voy a hacer si esto pasa y mi gato se queda’ es una angustia constante que tengo hasta el día de hoy. Pienso que lo bonito de estas experiencias internas que son, pues, nuestra propia subjetividad tiene todo el peso de esas experiencias y lo que es muy lindo es poder extrapolarlas y ponerlas en juego. ¿Qué pasaría si esto fuera real? Y entonces ahí descubrimos en esa operación de extrapolación se descubren muchas cosas: ¿Qué es lo realmente importante? Estar con la familia, ir por el gato, no sé, todo es parte de mi realidad interna y que a través de la extrapolación que me ofrecen los géneros especulativos puedo observar de una manera muy realista. O sea, que imita a la realidad, aunque el estado real de los hechos no lo sean.

“Soñarán en el jardín” es un cuento hermoso. Son hologramas que representan a desaparecidas, expuestos en un jardín a la vista de una promoción de niños de escuela. ¿De dónde proviene esta especie de metáfora del dolor y el recuerdo?
“Soñarán en el jardín” surgió a partir de mi voluntariado en un proyecto llamado Menos días aquí, que estuvo haciendo un conteo alternativo de muertes por violencia en México durante el gobierno de Felipe Calderón, que fue cuando se recrudeció muchísimo la violencia en nuestro país y, entonces, pues las cifras oficiales no parecían coincidir para nada con lo que experimentábamos la ciudadanía. Entonces, diariamente revisábamos la nota roja para ver un estimado más cercano a la realidad de muertes por violencia en México, y a mí me tocó el 16 de diciembre de 2010 que se anunciara la muerte de una mujer que pedía justicia para el asesinato de su hija frente al Palacio de Gobierno de Chihuahua. Esa mujer era Maricel Escobedo, que era una figura señera para el feminismo en México y para la denuncia de los feminicidios, y cuando vi que la habían asesinado frente al Palacio –lo que para mí no podía ser más representativo de la impunidad– para mí fue muy doloroso tener que contabilizar esa muerte. Eso fue en el 2010, pero yo escribí “Soñarán en el jardín” hasta el 2015, porque sabía que quería escribir sobre feminicidios, pero yo lo que hago es literatura fantástica, ciencia ficción, y no había encontrado la manera de hacerlo. Hasta que pensé que justamente el futuro tenía una clave que a mí me interesaba mucho explorar respecto al tema de los feminicidios. ¿Cómo será cuando esto acabe? Y, además, una voluntad de que acabe a través de lanzar una especie de conjuro, porque ese cuento está escrito en futuro, y yo al escribirlo era como si lanzara un conjuro y dijera ‘esto va a dejar de pasar’. Y, por otro lado, el pasado, que es nuestro presente, está narrado en tiempo pasado, o sea, como si ya hubiera ocurrido esa época terrible que todavía continúa, lamentablemente.
Ese fue mi impulso: ya estamos aquí, ¿cómo pasamos hacia ese otro lugar que deseamos? Y para mí, pues, es fundamental eso, la participación, no únicamente el activismo y la lucha de las mujeres, que ha sido importantísima y que ha seguido obteniendo cosas, derechos, modificando nuestra manera de vivir, mejorándola, pero los feminicidios no van a terminar hasta que no contemos con la participación en la sociedad completa. Y eso es un poco lo que yo quería abordar en el cuento. El papel de la educación, de la concientización, pero también, pues, de los hombres, que es ahí donde está el nodo. Hay mucho que resolver ahí, y me interesaba observar eso, qué es lo que tendría que pasar en términos de la sociedad en su conjunto para que esto termine.
A propósito del papel de los hombres en esta problemática. Una vez entrevisté a un escritor que me contaba había tenido recientemente una niña y que veía en ese nacimiento una oportunidad para ‘resetear’ su mentalidad quizás en parte machista, y cambiar su forma de ver las cosas. Y te digo esto porque muchos de los feminicidios tienen como origen primario el machismo, la misoginia, etc. ¿Es la paternidad una oportunidad para resetearlo todo?
Desde luego es una oportunidad, pero hay oportunidades todos los días y en todo momento, afortunadamente, porque no todos los hombres van a tener una hija o van a ser padres. Y, además, creo que, si surge la empatía no debería estar condicionada a las mujeres de nuestra familia, a nuestras hijas, a nuestra mamá o a nuestra hermana. Cuando sintamos empatía por las mujeres que incluso no nos caen bien o no nos parecen las correctas, cuando los hombres sientan empatía hacia todas las mujeres como personas, creo que ahí es cuando van a cambiar verdaderamente las cosas. Porque lo más fácil es amar a tu hija, respetarla y desear que viva en un mundo mejor, o tu mamá o tu hermana, pero la extraña que está en la esquina y que a lo mejor te parece que no es una ‘mujer adecuada’, porque ese es el machismo, esa es nuestra estructura mental, y siempre estamos juzgando la conducta de una mujer si es adecuada y no adecuada, y en función de eso, le colocamos un valor, y justificamos o no su asesinato muchas veces. Entonces, en el momento en que eso desaparezca, en el momento en que sea una persona, esa extraña, que tiene derecho a vivir, que tiene derecho a vestirse como ella quiera, a decir no, etc., en ese momento es cuando las cosas van a cambiar. En ese sentido, hay muchas oportunidades a diario. En el transporte público, en el trabajo o en la escuela, está la oportunidad de ser un hombre que ve a las mujeres como personas, no únicamente a mis afectos, sino a todas.
Finalmente, ¿te identificas con algún grupo de escritoras mexicanas? No sé, por tu edad, tal vez no eres muy cercana a la generación de Elena Poniatowska, o quién sabe. ¿Cómo ves el llamado canon? ¿A qué colegas que sientes cercanas quisieras destacar para que aquí en Perú se animen a leerlas?
Sí, y es muy bonito porque puede ser algo intergeneracional. Una de las figuras más importantes para mí es mi maestra y amiga Verónica Murguía, que nació en 1960, y yo aprendí mucho de su obra. Es una de las mejores fantasistas que existen en Hispanoamérica. En España ganó el Premio Gran Angular con una novela (“Loba”) que los medievalistas juzgan de erudita, entonces, ella y yo, pese a no compartir generación, tenemos mucho en común. También están mis colegas de la ciencia ficción mexicana, Andrea Chapela, Iliana Vargas, Libia Brenda, que sí trabajamos juntas. Tenemos casi la misma edad, salvo quizás con la primera, sin embargo, nos ‘tallereamos’, pensamos, trabajamos y comentamos nuestra literatura juntas. Creo que estas relaciones entre nosotras han propiciado un ambiente muy bello, de una competencia sana, que nos ayude a crecer y también que nos permita pensar la literatura desde otro lugar, y no desde los grupos o las élites que obtienen privilegios por estar juntas, sino como un lugar de comunidad, de transformación, y de posibilidades para la literatura misma como un medio que modifique la vida de la gente, aunque sea de forma lenta, pero que les ayude a ver que la literatura no está desligada de la vida, sino que realmente nos ayuda a pensar y a producir la realidad que deseamos.



