Selenco Vega Jácome: «El elemento femenino-familiar es algo muy importante en mis relatos y en mi vida»

Paradójicamente, el encierro generado por la pandemia del coronavirus ayudó a Selenco Vega Jácome (Lima, 1971) a producir siete cuentos que pueden considerarse un paso delante de “El japonés Fukuhara”, volumen con el que se hiciera del Premio Nacional de Literatura allá por 2019. Siete años han pasado y el catedrático de la Universidad de Lima –Magíster en Literatura por la UNMSM– persiste en este género valiéndose de temáticas que conoce y parece dominar con envidiable soltura: la familia, lo femenino, pero también la culpa, la pérdida y la posibilidad de redención.

Publicado por Literatura Random House, “Siete carriles” presenta una serie de personajes diversos. Escritores que intentan infructuosamente triunfar en su vocación, periodistas al borde de la pérdida de su credibilidad por ser descubiertos plagiando, y escolares que se divierten jugando pelota en una huaca abandonada, hasta que un hecho insólito altera sus existencias para siempre. De lo real a lo fantasioso, el autor es capaz de mantenernos en vilo durante un centenar y medio de páginas.

En la siguiente entrevista, Vega Jácome repasa la construcción de “Siete carriles”, pero también aborda sus preocupaciones como creador, la inquebrantable fe que mantiene en su oficio, y también reflexiona en torno a las dificultades para todo creador, y para la cultura misma en un país como el Perú.

Este texto ya se encuentra en librerías de Lima y el interior del país.  

Cuénteme sobre el origen de este libro de cuentos…

Tenía pensado escribir un libro de relatos hace mucho tiempo, porque el último que publiqué fue “El japonés Fukuhara” (2017), al cual le fue bastante bien. Contaba con algunas ideas, pero lograr algo más orgánico, digamos, sí me tomó más tiempo. Y fue en la época de pandemia que encontré el mejor momento para convertir aquello que terminaría siendo “Siete carriles”. Es curioso porque la pandemia no solo me dio tiempo, sino motivación en medio del caos, de la problemática que significaba no poder salir a la calle. Hallé entonces una posibilidad de desfogue.

¿Ha titulado el libro como el séptimo cuento, “Siete carriles”, porque es el más especial para usted?

Sí, es el cuento que considero más entrañable del conjunto, de los que más me tocan en lo personal. Es una historia que aborda la problemática de las relaciones entre padres e hijos. Y aquello para mí termina siendo sumamente esclarecedor. Es, también, una contraparte del relato principal de mi anterior libro. Mira, en “El japonés Fukuhara” vemos a un hijo hablando sobre su padre. Por lo contrario, en “Siete carriles” es el padre el que se dirige al hijo, de una u otra manera. En lo personal, una de las cosas que más me sorprende de la paternidad es lo rápido que pasa el tiempo. Desde que una criatura es un ser indefenso, que no se puede sostener por sí mismo, hasta que comienza a dar sus primeros pasos, va al colegio, a la universidad, y se va a convertir en un hombre o en una mujer, tenemos la impresión de que todo pasa en un suspiro. Y comprendí que desaprovechar esos momentos del crecimiento de los hijos es quizás lo peor que pueda hacer un padre. Los cambios y ese acompañamiento en el proceso, en el tránsito de su crecimiento, son algo que pasa volando y que he aprendido debes aprovechar en el momento justo.

El autor y su libro de cuentos.

Mientras leía sus cuentos pensaba en cuál sería el tema en común. Primero, son personajes cercanos, que uno podría encontrar en el microbús, o en el campus de la universidad. También son seres marcados por la paternidad o por la maternidad. Algunos tienen una foto de la madre que, al verla, les ayuda a ‘centrarse’ un poco. ¿Lo vi así mientras le daba forma a este volumen?

“Siete carriles” fue el primero que escribí y me dio la pauta para los otros. Los escribí probablemente entre 2020 y 2021. La primera versión de los siete tal vez estuvo en cuatro meses. Y en todos sentí esta suerte de aire de familia, precisamente, donde se produce lo que dices. Ahora, que sean siete tal vez es por cábala. Yo, como buen ateo, necesito creer en algo y soy supersticioso. Entonces, ese número, para mí, tiene una enorme trascendencia. Lo mismo con el tres. Me he dado cuenta de que varias de mis publicaciones tienen tres o siete capítulos, o están estructuradas en el mismo número de secciones. Me muevo por ahí. Y en cuanto a la temática, estoy de acuerdo contigo, en realidad, son temas a los que nunca me puedo sustraer. Para mí, la familia es algo sumamente trascendental, importante. Siempre aparecerá en cualquier cosa que escriba, no de una manera indirecta, sino central. Aunque seguramente también te has percatado de otros temas que me obsesionan: la culpa, la posibilidad de redención, la pérdida, y la posibilidad de restitución. Por último, me decías que algunos de mis personajes están permanentemente citando o recordando a la madre. Y un amigo, Juan Francisco Ugarte, me hizo notar que la figura femenina es muy importante en mis historias, como si moviese la dirección que tomarán los protagonistas. Está, por ejemplo, la madre, como una suerte de recuerdo, que se convierte en el eje de autoridad. Eso se ve en “Mención Honrosa”. Luego, la esposa que marca también lo que termina siendo el personaje de “Payasos”. En síntesis, el elemento femenino familiar es algo muy importante en mis relatos y en mi vida.

Al comienzo de la entrevista me comentó que los relatos fueron más o menos escritos en pandemia, y he pensado en “Payasos”, donde, precisamente, el protagonista parece alguien que ha sido liberado del encierro y sale a desfogar sus molestias con lo primero que se le atraviesa. Y lo presionan de todos lados. Como ‘un vengador anónimo’. ¿Qué considera que busca reflejar este cuento en específico?

Un vengador de sí mismo (risas). Para hablarte de ese relato tendría que hacerlo también de otro si en cierto modo eso involucra mi proceso de creación. Mira, yo no sé cómo trabajarán otros escritores, su sistema de trabajo, porque yo creo que eso es algo ‘incanjeable’. Porque, si para algo no existen fórmulas o una manera única de proceder, es para la escritura. Cada escritor tiene sus propios tiempos y su propio modo de proceder. Y para mí, la literatura es la vida convertida en rompecabezas. Por ejemplo, yo siempre tengo los oídos alertas para escuchar historias que les han pasado a terceros, y con los que a veces me tropiezo en un micro, en el taxi. Y eso, de una u otra forma, va fijándose en mí. Entonces, me percato de que quizás tal persona vive una historia que, o no merece, o que quizás no se ajusta del todo bien a él. Así que me pongo a especular: yo creo que esta historia hubiera quedado mejor tal vez mejor con estas otras que poseen una personalidad distinta. Y voy transmutando, acomodando las historias hacia personas que considero serían mejores catalizadores de los hechos ocurridos. Esto hasta que yo sienta que las cosas parecen funcionar de una mejor manera. Porque, seamos sinceros, ninguna historia es 100% literaria. Nadie en la vida real, por muy aventurero que sea, posee una historia completamente literaria. Ahora, sobre el germen que generó “Payasos”, ahí lo que me ocurrió fue ese episodio del microbús. A veces, suben algunos payasos majaderos, que confunden el humor con el insulto fácil. Y no es que a mí se me hayan sentado alguna vez en las piernas, sino que lo vi en otras personas. Pero acciones de ese tipo pueden hacer reír a muchas personas, lo que incita a que el payaso arriesgue más y más.

El libro de cuentos con el que Selenco Vega ganó el Premio Nacional de Literatura 2019.

Otra buena historia es “Mención honrosa”. El cuento más extenso…

Y, probablemente, el más autobiográfico, porque tiene que ver con la vocación del escritor.

Bueno, su protagonista tiene 40 años, usted 55. Tal vez ahí no hay mucha cercanía, sin embargo, (en la historia) estamos frente a un profesor que se está retirando, se cansó, tiene ya el dinero suficiente para dar dedicarse a escribir, etc. Pero a la vez se queja de que sus ensayos académicos ‘funcionan’, pero no su literatura. ¿Le sirvió la extensión para hacer una especie de retrato del mundillo literario vigente?

No me atrevería a decir que esto es un retrato único, pero sí probablemente es una visión mía de lo que es ser escritor en el Perú. En verdad, serlo aquí, y ser artista en general hace que uno participe eso que José Carlos Mariategui llamaba la creación heroica. Porque todo esto da muy pocos réditos económicos, y a todo nivel. Este es un país que castiga bastante a sus artistas, a sus escritores. Vivimos en un ambiente culturalmente muy limitado. Y no estoy diciendo nada que no se ajuste con la realidad. En los periódicos cada vez son más estrechos los lugares donde uno pueda publicar, o donde se publiquen reseñas literarias. A mí me da la impresión de que, con el paso del tiempo, la cultura y la importancia que tiene esta se va haciendo cada vez más más minúscula. Y eso quizás intento reflejar también en ese relato. Estamos ante un escritor que cree merecer más de lo que realmente tiene, y que, en un momento dado, decide abandonarlo todo, para dedicarse a lo que es su pasión. Pero, obviamente, las cosas no le van a salir nunca como como él quisiera, porque vivimos en un ambiente muy mezquino para todo aquel que decida dedicarse a escribir. Yo hablo desde mi propia posición, pero hay autores que la tienen mucho más complicada. Son escritores que se dedican a trabajar todo el día, en actividades alimenticias y que luego le quitan horas al sueño para poder dedicarse a lo que les: gusta, escribir. Porque piensan que tienen cosas que decir. Entonces, cuando ya tienen listo su manuscrito, su libro ya armado, van a vivir toda una odisea. Algunos van a postular a concursos, van a esperar, van a soñar con ganar, y se van a estrellar después con alguna realidad que les va a enseñar que la vida siempre va a ser distinta a como ellos esperan. Ese me parece el destino del escritor. Muy pocos son capaces de lograrlo, lamentablemente.

Menciona varias de digamos de las de mezquindades y lo difícil del ambiente, pero a qué atribuye entonces, por ejemplo, el aumento de carreras de escritura creativa, de literarios en universidades como San Marcos o la PUCP. ¿Por qué si las cosas están más difíciles son cada vez más los que buscan convertirse en escritores?

Quizás un poco por lo que yo te decía de la ‘creación heroica’. Te lo voy a poner con una explicación quizás algo tonta: hay personas que hemos nacido para algo, o sea, este es el asunto de la vocación. Y uno no puede renunciar a lo que le gusta sin mucho dolor. Entonces, si tú naciste para para volar, naciste con alas. Ahora, que vuele con estilo, con elegancia, como un águila imperial, digamos, es una cosa, pero que de repente lo haga como una gallina de corral o como un pájaro Dodo, eso no niega que sea un ave que nació para agitar las alas. O sea, uno no puede renunciar sin dolor a hacer aquello para lo que ha nacido.

En ese camino personal, desde “Casa de familia” en el 95 hasta “Siete carriles”, ¿se le presentó algún momento tan difícil que llevó a hacerlo dudar de su vocación?

En mi caso concreto, debo decir que a la escritura le tengo un profundo agradecimiento. No publico mucho en realidad, para la edad que tengo no he publicado tantos libros. Este es recién mi tercer libro de relatos. He escrito poesía, he escrito una novela breve que tuvo una recepción interesante también en su momento. Y quizás no he escrito más porque para mí la escritura es un ejercicio de paciencia. Yo creo que un libro nunca se termina, sino que se abandona. Y uno tiene que saber en qué momento abandonar su libro. Así que me puedo demorar varios años. ¿Por qué te digo esto? Tengo la suerte que nunca he recibido una crítica, digamos, demoledora, aunque, es cierto, hay críticos a los que mi libro no les gusta, pero uno no es monedita de oro para gustar a todos. Por todo esto, te digo que nunca he tenido un momento del que llamas ‘crisis’. Sé que algunos colegas sí, e imagínate lo terrible que debe ser. Es decir, tener responsabilidades familiares, darle la escritura, por ahí buscar editor y no conseguirlo, intentar un premio y no ganarlo nunca. Ahí vienen las presiones. Sé que eso les pasa a muchos, y deben abandonar su labor escritural movidos por el peso de la realidad. Sé que nunca seré un autor de multitudes, pero lo que he escrito hasta ahora siempre ha tenido una recepción que agradezco profundamente.

¿Es “Cabellera Blanca” el cuento más este distinto del conjunto? Hay una huaca, que tiene un cuarto denominado “La casa del sacerdote”. Unos adolescentes que salen del colegio y juegan muy cerca al lugar, hasta que un hecho casi supernatural lo cambia todo.

Viví toda mi infancia y mi juventud en Zárate, San Juan del Lurigancho. Allí tuve un amigo muy querido, al que, en realidad, gocé por muy poco tiempo, porque murió producto de una enfermedad que lo fue enflaqueciendo, convirtiendo en una persona sobre la cual parecía haber caído una maldición. Ese episodio de mi amigo se combinó con algunos episodios que vivía con otros amigos, con los que íbamos a jugar fútbol a una de las huacas que hay en Mangomarca. La Huaca de la Luna, que siempre me llamó la atención. Una huaca que estaba descuidada, donde a veces terminábamos desenterrando algunas calaveras. Y así nos sorprendía la noche, escarbando entre restos humanos. Así que fruto de mis lecturas de “Los Mitos de Cthulhu” de Lovecraft, mezclado con estos episodios de mi infancia, devinieron en “Cabellera Blanca”.

“Sicarios” es otro relato que parece ambientado en un post-pandemia, con delincuentes que salen desesperados a asaltar, pero de pronto no se ponen de acuerdo, y desatan la violencia entre ellos…

Ese relato surgió a partir de las vivencias de unos familiares. Casi todos se dedican a los negocios. Mi padre lo hacía, tenía una ferretería. Uno de mis parientes me contó que, para defenderse de los sicarios, estaban agenciándose de armas ‘por lo bajo’. Recuerdo que eso me afectó, porque pensaba que era algo solo de México o Venezuela, no sé. Y esa anécdota detonó la historia. Porque para mí la literatura es el reino de “qué hubiera pasado si…”.

Los viejos CD’s, que vendían en los 90 y casi en el 2000 también, traían quizás diez o doce temas, pero dos eran siempre los mejores, y algunos decían que lo demás eran ‘relleno’. ¿Qué piensa en sobre ese razonamiento aplicado a, por ejemplo, un libro de cuentos? Dos historias potentes y el resto casi como acompañando…

Como en la metáfora del padre sobre sus hijos, para mí todos los cuentos son fundamentales. Lo que pasa es que algunos sí tienen cierta gracia especial. Pero eso le compete al lector. Porque la literatura se completa cuando un lector termina tu libro. Y a mí me gusta mucho que cada lector con el que converso tenga su favorito. Algunos han preferido “Siete carriles”, otros “Payasos”, pero a muchos les ha gustado también el primer cuento.

Precisamente, el tema serio en “Cerillas” parece ser el plagio. Para los verdaderos periodistas es una situación traumática imaginarse descubiertos. ¿Es el plagio ya el fin de todo? ¿Tirar la toalla? Hace poco falleció un escritor sumamente reconocido que, sin embargo, vivió un episodio muy delicado vinculado a esto…

Sí, mira,con Bryce, a quien nunca lo conocí, pero siempre lo sentí muy cercano, pasó esa historia ‘negra’ del plagio que también sirvió como insumo para escribir “Cerillas”. Pero ese relato también surgió de una experiencia mía. Una vez, recuerdo que, siendo profesor de Literatura y Sociedad, le hablé a mis estudiantes sobre el valor de la literatura, de su importancia, y me sentí muy original aquella vez, como si todo saliera de lo más profundo de mí. Días después, revisé uno de los textos de Jorge Luis Borges, un autor al que siempre leo. Y descubrí que lo que le dije a mis alumnos antes lo había leído. Me sentí realmente mal. Sin darme cuenta, había ‘plagiado’.

Entonces, me preguntó, ¿qué pasaría si algo así me ocurriese con un texto escrito? ¿Qué pasaría si yo escribo algo y viene una persona a decirme que he plagiado sus ideas? Todo eso empezó “Cerillas”, mezclado con experiencias de familiares míos, o de gente del mundo cultural. Porque, más allá de Bryce, hay otros miembros de la cultura peruana a los que se les ha pillado plagiando. Yo pienso que el plagio puede llegar a ser la ‘muerte’ prematura de un escritor. Es lo más terrible. Pese a todo esto, quiero dejar en claro que yo jamás juzgo en mis relatos. Procuro poner las cosas de tal manera que sea el lector que termine decidiendo. Lo último que quisiera es dar lecciones de moral o ética. Eso no le corresponde jamás a un escritor.

Selenco Vega Jácome cuando recibió el Premio Nacional de Literatura 2019. (Foto: APJ)

No hay muchos animales en los siete cuentos, pero “Nick” es protagonizado por un gato naranja. Sus dueños son una pareja que tiene un gato en casa y cuando este se enferma, en algún momento la mujer le increpa al hombre: “tú nunca lo quisiste”. Situaciones así pueden hundirte en una profunda angustia…

Es una suerte de anticipo de lo que pasa en (el cuento) “Siete carriles” también, ¿no? Nick es el hijo de ellos. Y es casi lo mismo que le increpa la esposa al marido, ya respecto del hijo humano. Mira, en la vida real Nick se llamaba Kevin. Fue el primer gato que tuvimos en casa. Él tuvo ese problema de salud que se cuenta en el relato. Y fue una suerte de catarsis para mí escribirlo, porque fue como liberarme del dolor, del peso de haber perdido a un animal tan querido como lo fue nuestro primer gato.

Ese relato tiene un final que alivia a los lectores. Y pensaba, pues, en los demás finales de estos siete cuentos. ¿Cómo va trabajando los finales de cada relato?

Al final de los relatos lo que busco es dejar siempre la puerta entreabierta, porque los quiero mucho. No los quiero liquidar de golpe. Así que difícilmente vas a encontrar un relato mío donde alguien muera definitivamente. Alguien puede estar agonizando, pero siempre le voy a dejar la puerta abierta para que se libere de cualquier culpa y pueda salir. De repente no lo logra, o de repente, sí. Así que como un amigo de los personajes principales en “Cerillas” o “Payasos”, pues yo les deseo lo mejor. ¿Qué cosa les vaya a pasar? Eso es algo que ya tiene que ver con el personaje y con el final que cada lector quiera darle.

Como despedida, aparte de “Lovecraft”. ¿Qué otros autores están ahí en su biblioteca?

Atrás mío está Sherlock Holmes. A él le debo tanto. A sus novelas, a sus cuentos. Pero si tú me preguntaras cuál es la obra que me llevaría sí o sí a una isla desierta, pues elegiría las obras completas de Edgar Allan Poe, pero con la traducción de Julio Cortázar. Ahí coincido con Roberto Bolaño: si una persona quiere aprender a escribir, debe leer a Poe. En él está todo lo que uno necesita para ser un gran cuentista. Él es mi escritor fundamental en cualquier género.

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