Ricardo Sumalavia: «La literatura como gesto de libertad ya incomoda»

Desde aquellos primeros talleres que siguió en sus veintes junto a su inseparable amigo y colega Iván Thays, Ricardo Sumalavia (Lima, 1968) fue trazando un camino que hoy, tres décadas después, lo tienen como uno de los referentes de la microficción en Perú.

En el camino, cosas buenas y malas ocurrieron. Viajes (de ida y de retorno), estudios, encuentros, libros con tirajes de apenas 200 ejemplares y, claro, la paternidad, con todo lo que ello implica. Aunque, como confiesa en esta entrevista el escritor capitalino, ni si quiera en los momentos adversos pensó en abandonar esto.

Tal vez la convicción explique cómo Sumalavia ha pasado sus últimos 33 años publicando libros, abordando los temas que le conciernen, pero sin dejar de ver cada nuevo texto como la oportunidad para “empezar de cero”.

Aunque tiene novelas y libros de cuentos, el hoy director del Centro de Estudios Orientales de la PUCP, ostenta un reconocimiento innegable en el terreno del microrrelato. Desde allí publicaría “Enciclopedia mínima” (2004), “Enciclopedia plástica” (2016) y “Enciclopedia vacía” (2024). La reunión de esos tres volúmenes ha conformado “Enciclopedias del carnaval” (Fondo de Cultura Económica, 2026).

En esta entrevista, este admirador de Sergio Pitol y Víctor Humareda, repasa sus inicios, su paso de alumno a maestro, los temas que abordan los bloques de “Enciclopedias del carnaval”, sus influencias, e inclusive se detiene a reflexionar sobre aspectos como el humor, la ironía, y lo políticamente correcto.

El título incluido en la colección Tierra Firme del FCE incluye una introducción por cada una de sus enciclopedias, las cuales vienen firmadas por personalidades del microrrelato en Latinoamérica, como Alberto Chimal, Pía Barros y Ana María Shua.

Además de tu cargo como director del Centro de Estudios Orientales de la PUCP, seguramente tienes otros deberes. En ese sentido, ¿qué tiempo le das a la escritura hoy? ¿Cuál es tu prioridad? ¿Sigues un régimen o no eres muy ordenado en ese sentido?

No soy muy ordenado. Es curioso, pues tenemos un paradigma muy cercano que es Mario Vargas Llosa y, más allá de su creación, está su disciplina en la escritura, trabajando con horarios determinados, etc., sin embargo, creo que, aparte de él, no me he encontrado con ningún otro escritor peruano que haya podido mantener esa pauta. Cada uno ha tenido que escribir de acuerdo a sus circunstancias. Mira, sin llegar a extremos, me acerco un poco más a Juan Carlos Onetti, quien en varias entrevistas hablaba de que no tenía horarios, tampoco planteaba métodos de trabajo, y escribía ‘desde su cama’. Bueno, claro, esto último no lo hago, pero sí quizás tengo esa misma libertad. Tal vez, en un principio sí me preocupaba el no tener cierta disciplina, pero luego me di cuenta de que — y alguien también me lo dijo hace muchos años– yo no estoy escribiendo todo el tiempo, pero mentalmente estoy siempre en literatura. Eso, pues, me ha dado cierta tranquilidad, porque si bien por el momento, dado por mi trabajo, no estoy escribiendo, sí estoy pensando en proyectos, tomo una que otra nota, porque sé que las cosas irán madurando.

Una vez al poeta Javier Echarri le escuché decir: ‘yo estoy dejando que se me caliente la sangre, y cuando ya esté a punto de hervir, ahí me pongo a escribir’. Algo así diría que me pasa. Voy dejando que se me caliente la sangre, el cerebro y todo lo demás, pero cuando sale, cuando entra en ebullición, es allí donde trato de aplicar un método. Busco disciplinarme, con horarios de los que pueda disponer. Y mis libros se han escrito en diferentes lugares, en distintas épocas, en las que disponía de mayor o menor tiempo. Pero sí, cuando estoy inmerso en un proyecto, simplemente no paro. Estoy con las notas, con la computadora, escribiendo, o puedo quedarme en una conversación mirándote y me voy, porque mi cerebro está en la novela, en el cuento o en el microrrelato, y me tengo que ir a por ello, pues ya el mundo se detuvo para mí.

Publicaste “Habitaciones” a los 23 años. ¿Hoy dirías que empezaste todo esto muy prematuramente?

En esa época iba a un taller de escritura creativa en el Museo Arte de Lima, y se conformó un grupo muy interesante, muy divertido, en el cual también estaba el escritor Iván Thays, y desde allí nos hicimos muy buenos amigos, y luego hubo un momento en que nos echaron, porque ‘no nos queríamos ir’, pero nos seguíamos reuniendo, o sea, de alguna manera pasamos de compañeros de clase a un grupo literario. Y los más interesados en la literatura estábamos en los 20, 21 o 22 años. Y teníamos planes de publicar. No lo veíamos como algo excepcional, sino que ‘teníamos cosas que decir’, y te hablo de principios de los noventas. Compartíamos quizás cierta actitud parricida, queriendo romper con las formas narrativas que se iban dando hasta los ochentas, que las considerábamos ya ‘pasatistas’, sentíamos que el lenguaje narrativo tenía que modificarse, refrescarse, y al mismo tiempo, siendo la última década de ese siglo, estaba ese espíritu de ‘lo viejo y lo nuevo’, ser decadentes y al mismo tiempo estar pidiendo cosas nuevas, lo que sucedió el siglo anterior con el modernismo. Entonces, en ese marco, publicar a los 20, 21 o 22 años no lo consideré excepcional y, es más, otros como Thays publicaron poco antes. Recuerda, además, que Vargas Llosa había publicado “La ciudad y los perros” a los 27 años. Y nosotros no habíamos escrito una novela así entonces, así que no había manera alguna de compararse.

El autor durante la presentación de su libro en la última FIL Lima 2026.

Dese aquel momento en que publicaste “Habitaciones” hasta hoy, ¿tuviste en algún momento tan difícil que te hizo pensar en dejar por completo la escritura?

Cruzó por mi mente unas cuantas veces, pero no diciendo ‘esto no es lo mío’. Y es que siempre he respirado literatura, entonces, jamás me pasó por la cabeza ‘dejo esto y voy a ser economista o (solo) profesor’. Asimismo, también he pensado ‘ok, bueno, a lo mejor ya escribí lo que tenía que escribir. Quizás esto no es una carrera y nadie me obliga a tener un libro anual o cada tres años’. Y es que, nadie tiene que exigirme que sea creador. Uno lo es por una necesidad, entonces, ¿qué ocurre cuando esa necesidad desaparece? Aquello lo he pensado más de una vez, hasta que la sangre nuevamente volvía a hervir y, entonces, volvía a escribir. Lo interesante es que al volver era como empezar de cero. Así que, otra vez, calentar la mano… y las primeras frases son espantosas, las primeras descripciones son horribles, hasta que te vuelves a ‘entrenar para el campeonato’, digamos.

Has pasado de alumno en talleres a maestro de talleres en la actualidad. ¿Qué dirías que ha cambiado de estos grupos de enseñanza de escritura a lo largo del tiempo? ¿Nos acercamos a los talleres con los mismos intereses que dos décadas atrás?

La diversidad se ha mantenido. En este grupo inicial que te comentaba, éramos gente de distintas edades, y había algunos no tenían interés, digamos, en publicar libros. Estaban allí porque se sentían cómodos, porque sentían que querían contar cosas, pero no más que eso. Y lo tenían muy claro. Recuerdo a una persona que escribía los textos para un sindicato. Luego, estaba una ama de casa, esposa de un trompetista y lo acompañaba a sus conciertos. A ella le gustaba estar con nosotros. Decía que se divertía. Entonces, en el fondo cada ‘alumno’ era distinto. Ahora, los que sí queríamos publicar y estudiábamos literatura éramos Iván Thays y yo. Mira, siento que eso no ha cambiado mucho porque, ahora que soy profesor, tanto de talleres como de la Maestría de Escritura Creativa, llegan personas de muchas disciplinas. Es más, lo raro es que llegue algún estudiante de literatura. Son los menos. Y la gente que llega de ‘afuera’ son personas que en algún momento se han dicho: siempre he tenido ganas de escribir, me meto a un taller o sigo una maestría, y lo hago. Tal vez algo que sí ha cambiado es el ‘timing’. Dos décadas atrás, una persona iba a un taller y podía estar un año estudiando o incluso más. Hoy, y tal vez mucho más después de la pandemia, hay una ansiedad tremenda, y si les propones un taller de un año, muchos se ‘desmayan’. Quieren estudiar y aprender todo en un mes. Y no es así. Entonces, hoy algunos dictan talleres de dos meses, y luego lanzan una segunda etapa, ya con un nombre distinto para ‘enganchar’ gente, porque esto necesita continuidad. No es algo que se aprenda de la noche a la mañana. Entonces, sí, quizás la gran diferencia (entre los talleristas del pasado y los de hoy) es, lamentablemente, la ansiedad.

¿Cómo ves en retrospectiva ese primer encuentro con Sergio Pitol que cuentas en la introducción de “Enciclopedias del carnaval”?

Tuve varios encuentros con personajes importantes de la literatura, pero quizás ese fue fundamental, más para alguien que acababa de publicar su primer libro, “Habitaciones”, con un tiraje de apenas 200 ejemplares, una edición prácticamente artesanal y, de la nada encontrarme en un vuelo con Pitol. Se trataba de un autor que pasaba los 50 años y que de pronto me decía que acababa de encontrar su voz narrativa. ¡Con más de 50 años! Salvando las grandes distancias, claro, ese era mi futuro. Luego, entre sus grandes enseñanzas, destaco la paciencia en la escritura, algo que también recomendaba mucho Horacio Qurioga en su decálogo “El perfecto cuentista”. Por otro lado, yo conocía a Pitol más que por sus obras, por sus traducciones. Recuerdo que me preguntó qué estaba leyendo y le respondí que unos cuentos de Joseph Conrad, y me dijo: ‘esa traducción es mía’. Luego, también le conté que venía escribiendo una crónica a partir de un texto que leí en La República, y me responde: ¡yo escribí ese ensayo! Así que no fueron una sino varias las conexiones que fui haciendo con Sergio, y pensé: él es el maestro. Diez años después, ya en Lima, lo volví a encontrar. Yo acababa de regresar de Corea del Sur, y me aconsejó no separar el ámbito académico y mi conocimiento de la literatura coreana de mi trabajo como creador. Él consideraba que lo mejor era que ambas líneas convivan, que se ‘toquen’ mutuamente. Y eso es lo que he venido haciendo. Porque para mí la literatura no es necesariamente agarrar un lapicero o encender una computadora. Para mí la literatura, simplemente, ya está.  Finalmente, la última vez que lo vi fue en Francia. Sergio ya había sufrido un derrame cerebral. Había perdido el conocimiento de 10 idiomas, pero recordaba otros 20. Y se acordó de mí, lo cual fue una experiencia que no olvidaré.

El libro es publicado por el FCE Perú.

Cómo resumirías ese vínculo entre literatura, escritura, vida y carnaval del que hablas en otra parte de tu introducción…

Esa fue otra enseñanza de Sergio Pitol. Recuerdo que una vez me dijo ‘yo puedo leer literatura como un escritor, no como un teórico. No estoy a la búsqueda de modelos y esquemas para analizar algo. Leo para ver cómo puedo aprovecharlo en mis creaciones’. Y me puso como ejemplo a Mijaíl Bajtín. Y dijo que le había gustado esta idea del carnaval, donde por un momento toda la normatividad se altera. Y la literatura, la escritura, es finalmente eso. Un texto literario, un cuento, una novela, es un mundo que propone una nueva lógica. Esa nueva articulación puede parecerse al nuestro o ser muy distinta, como en un carnaval. Porque en un carnaval somos las mismas personas de carne y hueso, pero con un traje y asumiendo nuevos roles y jerarquías. Eso nos pasa como lectores: mientras abrimos un libro nos ponemos un traje, entramos en la historia, pero al terminarlo volvemos a nuestro mundo. Así que el carnaval sería como un espacio de lectura. Y eso es lo que ofrezco en mi libro “Enciclopedia del carnaval”, que reúne tres textos de microrrelatos que he publicado en 2004, 2017 y 2024. Es decir, hay un lapso de 20 años entre el primero y el último. Sé que 20 años parece mucho, pero también puede parecer poco cuando alguien lea y – espero– encuentre las conexiones de ese primer libro de microrrelatos a este último.

Claro, he cambiado en algunas cosas, mis preocupaciones se han ido modificando, pero muchas siguen siendo las mismas. Por ejemplo, el juego de la ironía, del humor, va a estar presente, y articularlo todo como una invitación a que me acompañen en este carnaval literario a través del microrrelato.

¿Eres de revisar y editar mucho tus textos antes de volverlos a lanzar al público?

No fue mi intención ser severo y decir: este no me gusta y no va. Quise mostrar al Ricardo Sumalavia de 2004, al de 2017, y también al de 2024. Lo que sí me he permitido es afinar algunas cosas de puntuación, un adjetivo que quizás no me sonaba actual lo modifiqué, pero en principio siguen siendo los mismos textos, las mismas propuestas, por entradas, como una enciclopedia. Y la pasé muy bien en ese proceso, por lo que también estoy muy agradecido con el Fondo de Cultura Económica, que ha hecho posible un libro tan lindo, además, y con una portada con la imagen de Víctor Humareda, que es un referente para mí.

¿Te es fácil detectar tus temas recurrentes en estas tres obras? Por ejemplo, los gatos, las putas, los asaltos, Corea también está presente…

Además de lo que has mencionado, también están las relaciones de familia, la sexualidad, en sus maneras más tiernas o tal vez en las más perversas. El humor y la ironía, pero el disparate también, representado en un interés por quebrar moldes realistas, por decirlo así. Y también, creo que es una constante la existencia de microrrelatos en los que aparentemente no pasa nada, pero un detalle lo cambia todo. Como cuando te invitan a dar un paseo al parque y, luego, retornas. Piensas: ya, cumplimos con lo que me ofrecieron. Sin embargo, algo ha ocurrido en ese paseo que me ha afectado. En ciertas ocasiones puedo mostrarte el conflicto, un robo, un intento de engaño, pero en otras no necesariamente.

¿Es más complicado o más fácil usar retazos de tu vida siendo un autor de microrrelatos? En “Oficios Imaginarios”, para mí una de las mejores piezas del libro, un escritor tiene como vecina a una actriz porno. No puedo preguntarte si las 200 entregas del libro tienen algo de la vida de Ricardo Sumalavia…

¡Ya me hubiera gustado tener algo de esas 200 vidas! Definitivamente, no las tuve, no las tengo y no las tendré. Y, por otro lado, si las tuviera, probablemente no escribiría, porque justamente la literatura te da esa posibilidad de proyectar esas vidas, de repente a través de ciertas características mías, pero siempre prefiero imaginar.

¿El humor es una prioridad para ti? ¿Lo fue en estos 200 microrrelatos? Porque no todos necesariamente buscar hacernos reír…

Mis dos primeros libros, “Habitaciones” y “Retratos Familiares” no tienen absolutamente nada de humor, ni de ironía. Quizás el segundo, pero casi ni se percibe. Ahora, recuerdo que una vez, durante una aburrida reunión laboral, me puse a escribir “La gata de París”. Al terminar se lo pasé a un amigo poeta, y este no pudo contener la risa. Tanto así que interrumpió la reunión. Yo no podía entender por qué se reía tanto. Lo cierto es que estos son los efectos que genera el humor en las personas. ¡Hay gente que incluso llora de risa! Esto pasa porque, en ocasiones, terminas estimulando cosas de las cuales –usualmente– no tienes conciencia, y algo te está modificando. Entonces, pensé: la estructura breve me permite también desarrollar el humor, pero no el chiste, no la broma fácil, sino más bien una situación que puede que no sea graciosa para el personaje, es decir, que este se encuentre frente a algo trágico, tremendo, pero que haga reír al lector. Ahí viene la pregunta: ¿cómo nos podemos reír de la tragedia del otro? Eso también te lleva en algún momento a reflexión, ¿no? ¿Por qué reírnos de los demás, cuando también se podrían reír de nuestras propias tragedias? Entonces, si te ríes de la tragedia del otro, no te quejes si se ríen de las tuyas. Asimismo, siempre me gustó escribir para reírme de mí mismo. Por eso hay textos, en “Enciclopedia plástica” y más en “Enciclopedia vacía”, donde ocurren situaciones para burlarse de ese Ricardo. Entonces, ahí está el humor, la ironía, el humor negro, etc. Aunque tampoco es que como profesor me la pase riendo todo el día. Defiendo el humor en el momento indicado. Lo mismo con la seriedad. No vas a estar serio las 24 horas. Hay situaciones en las que la vida misma te pide sonreír un poco o hacer un gesto para no atragantarse de la seriedad. Y, como lo has notado, eso lo he ido manejando en mis libros, de forma pertinente.

El autor en una fotografía de Adriana Fernández.

A propósito de esto último, entre “Enciclopedia mínima” y “Enciclopedia vacía” hay 20 años. Hoy el humor parece más políticamente correcto que antes. ¿Te da vueltas a la cabeza esta ola mientras vas creando nuevos microrrelatos?

En realidad, no me preocupa, pero fíjate que en uno de los microrrelatos de “Enciclopedia vacía” se titula “Corrección”. Allí problematizo lo políticamente correcto. Un profesor va leyendo un texto clásico a sus alumnos y al terminar estos le dicen que ha cambiado la palabra “tretas” por “tetas”. Y, pues, él se siente algo sofocado e inquieto pues quiere ser políticamente correcto. Él se molesta y niega haber dicho “tetas”. Y luego surge otro personaje que termina siendo clave. Hay, entonces, una situación algo tragicómica y surrealista. Y yo pienso que, de alguna manera, el sistema siempre quiere llevarte hacia lo políticamente correcto, pero para eso primero necesitan acusarte de incorrecto. Esa historia, pues, problematiza al respecto, con su toque de ironía y humor, claro. Pero, sí, esto es algo que estamos viviendo, no tanto quizás como hace cinco o seis años, durante la pandemia, tal vez, que se dieron etapas muy duras de lo políticamente correcto. Asimismo, también hay gente que jura ser ‘políticamente incorrecta’ y quiere irse al otro extremo, entonces termina cayendo en fórmulas y sonando falso.

Ricardo, cada capítulo en “Enciclopedias del carnaval” incluye un texto introductorio de personalidades del género. Ana María Shua dice que puedes escribir microrrelatos toda tu vida, pero eso no te va a servir para luego escribir una buena novela.

Estoy de acuerdo con ella, claro. Son géneros distintos. Y si yo quisiera escribir una novela con párrafos larguísimos, con oraciones muy largas, pues requeriría de un entrenamiento, de una proyección mental distinta a la que uno tiene que cuando escribe un microrrelato. Claro, yo también he publicado novelas, pero si te fijas en estas, son fragmentarias, con capítulos cortos, y a partir de ello voy articulando la trama.

Luego, Pía Barros, destaca que un requisito ineludible de la microficción es incomodar…

Desde el momento en el que escribes ficción, desde que escribes algo diferente a lo que se vive, ya estás incomodando. Y hay gente que se pregunta ¿por qué lo haces? Por dinero no va a ser, o sea, definitivamente no es que nos hagamos ricos escribiendo ficciones. La literatura misma como gesto de libertad ya incomoda. Yo creo que ese es mi caso, aunque, claro, tampoco es que vaya por la vida diciendo ‘voy a plantear este tema para propiciar una incomodidad’. En absoluto, claro.

En “Primeras Impresiones” hay un joven aspirante a poeta que se ‘levanta’ a la esposa del dueño de la imprenta donde trabaja. Más allá de este toque de humor, ¿cuál ha sido tu relación con la poesía a lo largo del tiempo, y cómo es hoy?

Puedo decir que soy un poeta en el cuerpo de un narrador. Me hubiera gustado, de verdad, pero no, el verso no se me daba. Sin embargo, creo que este sí aparece en mi narrativa. En mi prosa hay esos elementos líricos donde me siento más libre. Tal vez a la poesía siempre la he tenido como algo muy alto, difícil de llegar, y ha sido una torpeza mía, seguramente. El asunto es que ya lo tengo interiorizado y no hay manera a estas alturas de borrarlo. Y, por el contrario, quizás pensé en que todo lo que no pude hacer en poesía podría intentarlo en narrativa, que es finalmente donde me siento más libre, es mi cancha, y me funciona. De hecho, creo que tengo algunos textos bastante líricos que podrían leerse como prosa poética, si quieren. Ahora, el personaje que mencionas de “Primeras impresiones” es como la versión joven del que luego aparece en “Oficios imaginarios”, que ya es su versión adulta, y que dejó de ser poeta y se convirtió en un narrador.

Me dijiste que no consideras los 23 años una edad joven para publicar, pero sí conseguiste algunas otras cosas también por esos años, incluso ser padre. ¿Crees que haber alcanzado estos logros a una edad que muchos sí consideramos temprana, te permite hoy enfrentar menos preocupaciones en lo que se podría considerar tu mejor etapa creativa? Si es mi mejor etapa creativa, ojalá. O sea, quiero pensar eso. Incluso no siéndolo, lo voy a mantener como una estrategia, para poder seguir escribiendo y dando batalla. Es que, de alguna manera, uno siempre se va renovando cuando escribe. Como lo han dicho otros escritores, esto se trata de empezar de cero en cada libro. Vas descubriendo cosas que no sabías antes. Siempre y cuando no quieras repetirte, evidentemente. Yo quiero ser algo distinto, pero mantener mis temas, mis problemáticas y mis deseos. Y que esos demonios– utilizando los términos de Vargas Llosa– no desaparezcan, que surjan en el momento de la escritura, y que estén allí acicateándome, ‘ayudándome’ a crear historias. Si todo eso me hace pensar que estoy en un buen momento, pues, magnífico.

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