Carlos Paredes: «Me interesa indagar la verdadera entraña de un personaje que se esmera en aparentar lo que no es»

Ni si quiera había terminado el primer trimestre del año y Carlos Paredes ya se apuntaba un título: había escrito el libro más vendido del año 2021. Con “El perfil del lagarto”, el experimentado periodista de investigación golpeó duramente la imagen de Martín Vizcarra, expresidente que llegó a tener altos niveles de popularidad, según los entendidos, porque comprendió que ‘pechar’ frecuentemente al Congreso de la República le traería réditos políticos a corto plazo.

Pero ese trabajo no era para nada la primera incursión metódica y rigurosa de Paredes a manera de libro. Desde que en 2006 publicase “La caída del héroe” –sobre el ex policía Ketín Vidal–, este autor ha venido sorprendiendo con publicaciones que terminan, primero, en la lista de los más vendidos de las librerías más conocidas, luego, en los syllabus de las facultades de periodismo y, finalmente, pirateados en variopintas versiones ‘populares’ a nivel nacional. Este último detalle resulta por lo menos paradójico: un libro que destapa delitos termina siendo víctima de uno.

¿Qué debe tener un personaje público para llamar la atención de Carlos Paredes? En esta entrevista –realizada a propósito de la publicación de “El otro Vladi. Biografía no autorizada del portero más poderoso de la Nación” –, el ganador del Premio a la Excelencia Periodística de la Fundación García Márquez para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) en 2006, responde esa y otras interrogantes, la mayoría de estas enfocadas en su más reciente publicación, un acercamiento inmejorable a la figura del secretario general del partido que hoy gobierna.

-Dedicas el libro a dos periodistas de provincia que la pasaron realmente mal al destapar los primeros detalles en torno a Vladimir Cerrón. ¿Cuán grandes son las limitaciones que tienen los colegas al interior del país para dedicarse a algo como la investigación?

 Es una pregunta interesante porque tiene que ver con el ejercicio del periodismo fuera de Lima, que en muchos casos se trata de un ejercicio heroico, solitario y expuesto a muchas más vulnerabilidades que los periodistas que hacemos nuestro trabajo desde la capital. Efectivamente, dedico mi libro a Edvan Ríos y Santos Porras, dos colegas huancaínos de la Unidad de Investigación del diario Correo en su edición local, que desde el primer momento advirtieron que Cerrón era una farsa política, un supuesto revolucionario o un supuesto médico filántropo que en realidad tenía una agenda escondida, y que en su gestión gubernamental como presidente regional de Junín hizo exactamente lo contrario a lo que en su momento ofreció en campaña y a lo que proponía como gran revolución socialista: una gestión impactada por la mediocridad, la medianía, la irresponsabilidad y sobre todo por la corrupción, que es grandilocuente en los dos periodos de Cerrón, el segundo al mando del vicepresidente en este momento.

Ríos y Porras sufrieron no solo acoso de parte de los sicarios mediáticos que contrataba el gobierno regional presidido por Cerrón, incluso sufrieron este maltrato dentro de su propio medio, con un nuevo director, como lo narro con señales amplias en mi libro. Sus cartas de renuncia son un ejemplo de lo que es defender los valores democráticos del periodismo independiente, pero no solo eso, sino que además sufrieron atentados directos contra su integridad. A Edvan Ríos le pusieron un explosivo en su casa estando su esposa embarazada, y a Santos Porras lo secuestraron y literalmente lo quisieron asesinar, tirándolo a las caudalosas aguas del Río Mantaro. Así que su trabajo es tesonero, y marca el inicio de todas las demás investigaciones que hemos seguido sobre Cerrón y Perú Libre. Y por eso les dedico este libro, aunque sin ánimo de convertirlos en héroes, porque ellos son de muy bajo perfil, pero –como yo siempre digo– de alta eficacia periodística. Lo hago con la idea de reivindicar el periodismo provinciano, que a diferencia de todos los que hacemos nuestro trabajo en Lima tienen muchísimos más problemas, están mal pagados, no tienen apoyo de sus medios, son más vulnerables también a los sicarios mediáticos, que los difaman o enjuician. A Ríos y Porras les metieron 20 querellas y solo pudieron sentenciarlos en un caso, porque ya era imposible controlar a todos los jueces venales.

-Ellos tal vez son el extremo opuesto de los otros, colegas que por diversas razones sí terminan en el ‘lado oscuro’, sirviendo en pequeñas ‘centralitas’ de seguimiento a rivales políticos, convirtiendo esto quizás en ‘el más vil de los oficios’…

Haces bien tomando la frase de Don Luis Miró Quesada de la Guerra, “El periodismo puede ser la más noble de las profesiones o el más vil de los oficios”. Ahora, no voy a pontificar sobre periodismo y menos en regiones, porque ahí la problemática es muy compleja. Sin embargo, sí puedo decir que lo más fácil en provincias es irse por el ‘lado oscuro’, depender de la publicidad estatal, convertirte en jefe de relaciones públicas de alguna autoridad, confundiendo tu papel de periodista con el de relacionista público o jefe de prensa, que son como rieles del ferrocarril: cosas respetables, pero que nunca deben juntarse. Pero yo conozco periodistas en todas las ciudades que, contra ese facilismo, contra ese ‘statu quo’, deciden hacer periodismo realmente independiente, periodismo de investigación, y como consecuencia tienen los problemas que ya describí. Es por eso doblemente valorado el hacer periodismo de calidad de independiente en estas circunstancias.

-Sacando “La hora final”, que es sobre la captura de Abimael Guzmán y el desmoronamiento de Sendero Luminoso, tus otros tres libros, “La caída del héroe”, “El perfil del lagarto” y “El otro Vladi” son sobre personajes políticos en específico. ¿Qué hace que finalmente decidas escribir un libro sobre determinado personaje?

Mis amigos periodistas siempre dicen que me gusta meterme en el entresijo de personajes con una careta pública, con una biografía más o menos respetable hacia afuera, pero que en el interior guardan muchos ‘cadáveres’. Y me gusta desmitificarlos a través de una investigación exhaustiva, periodísticamente hablando. Quizás esa sea la intención de mi trabajo.

Los periodistas de investigación estamos para hurgar debajo de la alfombra, para poner los flashes ahí donde hay opacidad, donde hay una media verdad que termina siendo una gran mentira, ahí donde se esconden los, parafraseando a la Biblia, ‘sepulcros blanqueados’, es decir, gente que tiene habilidad para proyectar una imagen respetable, pero que en el fondo son tal vez más corruptos o irresponsables que los que abiertamente se muestran como tales. Ese es el incentivo que he tenido yo en mi carrera como periodista: meterme en los personajes que son políticamente correctos, inmaculados, y que en algún momento de mi trabajo me encuentro con información, historias o testimonios que contradicen esas biografías prístinas, impecables. Entonces digo: aquí hay dos opciones, o alguien quiere difamar a estos señores o tal vez no son tan prístinos como aparentan.

Con esa lógica me metí a investigar a Ketín Vidal, y encontré que la segunda hipótesis era la correcta. Con Vizcarra también tenía muchos indicios, y de hecho había información trascendida, ‘sueltos’ en medios en torno a que en Moquegua no fue el ‘gran gobernador’ como él se había vendido, sino que había muchas cosas irregulares detrás. Investigando eso y la gestión de la pandemia encontré el ‘Vacunagate’. Y con Cerrón sí tenía algo más de información porque yo soy huancaíno, y muchos amigos que viven allá me decían ‘oye, él fue un desastre como gobernador’. Pero como no vivo en Huancayo, y como normalmente en la prensa nacional los casos de todas las regiones no trascienden como debieran, las secciones de Nacionales –como pasa con las internacionales—son cada vez más reducidas, como si Lima viviera de espaldas al interior, entonces no tenía conciencia plena de lo que pasaba en esa gestión. Así que me fui a investigar, y encontré muchas cosas. La ventaja que he tenido es que, una vez que Cerrón se hace un personaje gravitante en la política nacional después de la primera vuelta, todos los medios nacionales y las unidades de investigación de los diarios más importantes también se metieron a investigar, y eso ayudó a que yo pueda ver el caso desde una perspectiva más amplia.

 ¿Alguna vez abandonaste en el camino proyectos de libros? ¿Por qué?

Sí. Yo tenía un libro programado en los años 2006-2007 sobre Matilde Pinchi Pinchi. Ella era la gran delatora del régimen fujimorista. Avancé mucho al respecto, incluso llegué a publicar una especie de perfil sobre ella en Etiqueta Negra titulado “El código de la Pinchi”. Lamentablemente me encontré con una beca para irme a estudiar una maestría en México, por el Premio García Márquez que gané, y me fui allá siete años. Allí perdí la gran oportunidad de perfilar a Matilde Pinchi Pinchi como ese gran personaje del final del fujimorismo. Cuando volví ella estaba en otra faceta. El Perú había avanzado, tenía más ‘nuevos’ corruptos y más escandalosos. Así que el proyecto se enfrió.

Y en algún momento también he tenido en la mira a otros personajes que proyectan una imagen prístina, incluso dentro del periodismo. Tengo una amiga argentina que es muy buena periodista de investigación, que escribió sobre Jacobo Timerman, un factótum del periodismo argentino. Leyendo su libro me inspiré y dije: tal vez en Perú pueda encontrar personajes similares. Aún no me he metido a investigarlos, pero no descarto que más adelante suceda. Siempre siguiendo la idea de querer descubrir algo de un personaje que aparenta ser prístino, pero algunas noticias contradicen su biografía. Mi incentivo siempre fue meterme a indagar la verdadera entraña de un personaje que se esmera en aparentar lo que en el fondo no es.

– ¿“El otro Vladi” fue decidido, planeado y escrito durante la pandemia?

 El libro decido escribirlo en mayo de este año. Venía de publicar “El perfil del lagarto” en febrero y estuvimos hablando sobre él hasta marzo, abril. De inmediato se produce la primera vuelta y me doy cuenta que Cerrón entra a las ligas mayores de la política nacional, y de inmediato me voy a Huancayo, que es mi tierra, y me doy una idea cabal del personaje. Ahí decidí meterme a investigar con todo. Ahora, yo en los meses de campaña algo he ido adelantando en entrevistas. Incluso tuve un incidente cuando fui a buscar información a Huancayo. Me quisieron agredir. Todo eso ha sido parte del año intenso que hemos vivido en términos políticos, sociales y sanitarios en el Perú. Este segundo año (de la pandemia) ha sido muy intenso, incluso yo diría de los más difíciles que hemos tenido. El 2021 quedará con una huella indeleble. Doscientos mil muertos por la pandemia no es poca cosa. Nuestra economía, sumado a la efervescencia social. Todo eso ha marcado un año complicado y yo he trabajado con esa intensidad. Así que nos organizamos un poco a lo ‘Vargas Llosa’, trabajando ocho horas al día, y creo que la disciplina logra que uno pueda cumplir sus objetivos.

– ¿Qué tipo de particularidades tuvo trabajar una investigación periodística en plena pandemia? Por ejemplo, háblame del encuentro con la señora Luchita Morayma, conocida del padre de Cerrón. Además, ¿cómo fuiste armando las pequeñas piezas de tu trabajo para describir la relevancia de las fotos que Cerrón tiene para exhibir en su casa?

Es verdad que reportear en pandemia es mucho más difícil que en tiempos de la vieja normalidad, porque hay medidas de bioseguridad. No todo el mundo quiere recibirte en su casa, algunos te piden hablar por teléfono o por Zoom, y esta herramienta más allá de ser efectiva, no tiene la potencia de mirar a los ojos a un testigo. Sin embargo, sí he podido viajar cuatro veces a Huancayo. Corrí con un poco de ventaja, es verdad, porque conozco a mucha gente de la zona. Estudié el colegio allí y muchos de mis excompañeros son gente que se mueve en distintos ámbitos. Ellos han sido muy generosos en ayudarme a esclarecer esto.

Ahora, sobre las fotografías que mencionas. Evidentemente, yo no pude ingresar a casa de Cerrón, porque él nunca contesta y además cree que los periodistas son ‘enemigos de clase’. Sin embargo, he podido hablar con cuatro fuentes distintas (dos no conocen a las otras dos) que hasta hace poco han sido del entorno muy cercano de Cerrón, incluso una ex pareja eventual suya, que tuvo acceso a su casa, que incluso lo vio con el torso desnudo (por eso hablo en el libro de la anécdota del crucifijo)  y todos han coincidido en describirme claramente esta casa, que es parte de su personalidad megalómana, de tener sus fotografías de Cuba, de presumirlas, de dedicarles media o una hora a cada visitante ilustre para contarles una fotografía las fotografías que ahí guarda. Entonces, cruzando cuatro testimonios de primera mano he podido reconstruir la escena que describo en el libro.

Y respecto a la señora Luisa Morayma Sobrevilla Daniels. Ella es parte del círculo social en el que me movía en Huancayo. Ella era colega de mi madre, que era profesora y enseñaba en el mismo nido. Y después fue alumna de mi padre, que fue profesor de la Facultad de Derecho en la Universidad de los Andes, en Huancayo. Ahí Luisa estudiaba junto al padre de Cerrón. Con Luisa Sobrevilla he tenido conversaciones largas y he podido reconstruir algo importante: el paso del padre de Cerrón en la Facultad de Educación en la Universidad Nacional del Centro, y posteriormente su etapa como estudiante de Derecho. Él no terminó la carrera porque en el camino lo asesinaron, en 1990. Ese testimonio de Luisa Morayma me ayudó a describir el clima de los recuerdos que ella narraba y que le daban contexto para explicar un poco la naturaleza radical de izquierda, porque esto lo ha bebido desde la familia. Así que su testimonio fue muy importante, tal como lo fueron otros que, en algunos casos, no me permitieron ponerles el nombre por el temor que existe hacia este personaje, a quien consideran un ‘monje negro’ de la política local. Creo que aproveché el lazo que tengo con mi tierra para poder tener la mayor cantidad de testimonios y luego jerarquizarlos, sistematizarlos y después avocarme a la segunda etapa del trabajo que era la escritura.

-He conocido a por lo menos dos personas que tuvieron la posibilidad de irse a estudiar medicina a Cuba y al retornar no intentaron ‘tomar el poder’. Es más, ni siquiera se han dedicado a la política. ¿Qué hace que algunos vuelvan bastante ideologizados y otros simplemente no?

Creo que tiene que ver, primero, con la familia de la que provienen. Cerrón proviene de una familia altamente politizada, de izquierda radical. Su padre no solo fue dirigente estudiantil, sino también dirigente gremial en el Sutep de la zona, ideólogo de muchos universitarios que luego terminaron siendo mandos políticos o militares de Sendero Luminoso. Y también fue decano y vicerrector de una universidad altamente politizada. Lo mismo con su madre, una profesora de izquierda radical. Yo creo que Cerrón, si bien siempre quiso ser médico, antes de tener una vocación hipocrática, tiene una vocación política. A él, más que el ejercicio de la medicina, lo que le interesa es el ejercicio del poder. Por eso viajó a Cuba. Y más que eso, se fue a preparar ideológica y políticamente allá. Por eso estuvo 11 años y cuando regresó puso en marcha un plan que le surtió efecto. Hoy está cosechando una estrategia que diseñó cuando regresó a Huancayo en 2001. Al regresar lo primero que busca es hacerse un nombre. Por eso empieza a hacer operaciones de manera gratuita a gente sin recursos, pero pedía a los familiares que traigan a la prensa. Y poco a poco en la prensa local se hace conocido como el ‘doctor cubano’, luego el ‘médico del pueblo’ e incluso ‘el filántropo de los Andes’.

Es ahí donde, ya conocido como personaje con sensibilidad social, como un médico solidario es que ingresa a hacer política y de ahí no ha parado hasta el día de hoy. Entonces, sí, hay muchos médicos que fueron a prepararse profesionalmente a Cuba y probablemente nunca hayan participado en política activa, seguramente porque ellos tenían claro que lo más importante era su vocación profesional, su juramento hipocrático. Con Cerrón no. Si bien este pudo tener una vocación profesional, para él lo más importante es su vocación del poder por el poder. Tanto es así que desde marzo del año 2020 él no ha vuelto a ejercer la medicina en su hospital de Essalud en Huancayo, poniendo una serie de pretextos, al punto de que lo destituyeron y Servir ratificó esa sanción administrativa, porque no había justificación para que en plena pandemia un médico joven, sano, aúna sus esfuerzos para combatir esta terrible enfermedad.

– ¿Podemos suponer que hay varios pequeños ‘Vladis’ en el nivel subnacional y que en un par de años podrían aparecer dando el gran salto hacia lo nacional?

Yo creo que sí. Ahí se conjugan varios factores. Primero, el fujimorato terminó de destruir los llamados ‘partidos tradicionales’. A eso se le suma un pésimo sistema de descentralización, que solo ha entregado ingentes cantidades de dinero a estos gobernadores que no responden a nadie. Los ministros pueden ser interpelados y hasta censurados, pero estas autoridades son como caciques locales que tienen mucho dinero por canon o presupuesto público, incluso ellos manejan sectores como educación o salud, y vemos que casi todos los gobernadores tienen denuncias muy serias por corrupción. Eso es transversal a todas las ideologías y partidos. Desde Susana Villarán –con categoría de presidenta regional—y luego Gregorio Santos, Acurio, ahora Cáceres Llica en Arequipa, etc. Ellos son de izquierda, pero también hay del otro lado, como Martín Vizcarra. Él fue gobernador de Moquegua y salió con laureles, pero cuando uno escarba un poquito más encuentra no solo corrupción, sino además absoluta ineficiencia. Hay dos o tres obras emblemáticas en esa región que hasta el día de hoy no funcionan, gastando millones de soles.

Pienso que, además de tener mucho dinero, y ser ineficientes y corruptos, estos caciques locales tienen aspiración de llegar a las grandes ligas. Vizcarra abrió la puerta. Cerrón también llegó a través de Perú Libre. Y César Villanueva, dos veces presidente regional en la selva, llegó a ser premier y quería postular a la presidencia. Yo creo que sí hay caciques locales que traen esas malas prácticas y tienen aspiraciones de dar el ‘salto’, porque además tienen mucho dinero producto de sus tropelías. Lamentablemente, no tenemos un sistema de partidos políticos respetable, con militancia, ideología, doctrina o con una mirada de lo que queremos para el desarrollo del país. Nadie tiene una propuesta más o menos orgánica, ya sea de derecha o de izquierda, yo estoy hablando de miradas y planes de gobierno que nunca se exhiben. Muchos de los que se presentan en las campañas electorales son pegados, meros ‘Copy/Paste’. Ese me parece un mal de fondo que el Perú debería ir corrigiendo con una verdadera reforma del sistema de partidos políticos. No como la que hizo Vizcarra, maquillando y siguiendo intereses de coyuntura.

-Estamos viendo destapes periodísticos semanalmente en distintos medios de comunicación. ¿Crees que en los próximos cuatro años y medio se viene una oportunidad inmejorable para que el periodismo investigue y muestre lo mejor que tiene en favor de los lectores?

Yo creo que sí. Mira, hay periodismo y ‘periodismo’, pero creo que el profesional está dando muestras de investigar al poder de turno, que esa es nuestra responsabilidad. Hablo de las unidades de investigación de El Comercio, La República, Perú21, Latina o Panorama, que están haciendo un trabajo combativo, más allá de las limitaciones de recursos y más. Creo que no han claudicado a la importante labor que significa el periodismo de investigación. Ahora, sí es verdad que en el periodo 2016-2021 en lugar de tener un presidente hemos tenido cuatro, lo cual generó una crisis política terrible. Yo no estoy seguro de que Pedro Castillo termine su mandato. Como va, creería que no. Sin embargo, de lo que sí estoy seguro es que el periodismo de investigación no va a claudicar. Creo que hay muchos portales periodísticos, cada uno con su línea editorial y su mirada respetable. Yo creo que ahí hace falta balancear un poquito. Hay muchos portales con un sesgo algo ‘progre’, y quizás lo que hace falta es algo más de ‘periodismo liberal’, como en la política, sin sesgo ideológico y que vea a todos por igual. En algunos casos noto un doble rasero, como si hubiera corruptos buenos y malos. Por ejemplo, con Vizcarra. Nadie se animó a hacer una investigación en serio de lo que se venía hablando desde Moquegua. Creo que será importante que el periodismo, de todas las miradas editoriales, compita por tener la mejor información, la más cruzada y verificada, en beneficio de la ciudadanía. Porque ciudadanos con información oportuna y veraz tendrán mayores elementos para tomar decisiones en su vida, y por supuesto en materia electoral. Ojalá que así sea.

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