«Siempre hay algo en nuestros antepasados que nos persigue hasta hoy»

Todo parece haber llegado rápido para Diego Steinhöfel (Múnich, 1987), sin embargo, las cosas no fueron tan así. Hace 10 años este politólogo alemán de corazón peruano empezó a leer en castellano. Hace cinco inició una investigación que apenas el pasado abril acaba de llegar a librerías bajo un género quizás muy distinto al planeado inicialmente.

País picante”, la primera novela de este escritor de padre alemán y madre peruana, se ideó como una crónica sobre la historia del ají, ese ingrediente indispensable para muchos e insoportable para pocos, que acompaña nuestra cocina… y la de nuestros ancestros hace cientos de años, y que parece haberle quitado el sueño a Steinhöfel quizás como una forma de vincularse a sus propios orígenes.

Diego confiesa haber escrito desde muy chico, pero fue siguiendo la Maestría en Escritura Creativa de la PUCP, y junto a otros que compartían su vocación, que ese gusto se transformó en un interés concreto por hacerse escritor. En esta entrevista a propósito de su libro debut, cuenta algunas particularidades del proceso creativo de “País picante”.

La novela, una propuesta que combina la búsqueda de los orígenes y el descubrimiento de una identidad entre dos mundos, con la increíble historia del ají, tiene a Óscar como protagonista, un joven alemán que tiene la posibilidad de venir al Perú para estudiar todo lo referente a este ingrediente de cocina, pero que en el camino debe resolver una emergencia familiar vinculada a su abuela en Punta Sal, en la costa norte del país.

Por tu biografía, resulta natural preguntarte: ¿cuánto de ficción tiene este libro y cuánto es tu vida?

El escritor guatemalteco Eduardo Halfon dijo alguna vez ‘en mis libros hay 80% de ficción y 20% de realidad, pero no les contaré qué parte es cada una’. Obviamente, comparto algunos rasgos con Óscar (protagonista de “País picante”). Más que nada, ese sentimiento de búsqueda, y de crecer entre dos mundos. De la misma forma, comparto el amor del protagonista hacia el ají, su fascinación por comer cosas picantes, y su interés por conocer todo lo relativo a eso.

Tienes 38 años. ¿Cómo y cuándo dirías que empezó tu gusto e interés por la literatura?

Siempre escribí y empecé a tomar las cosas más seriamente hace aproximadamente seis años, pero hace cuatro empecé a escribir en castellano. También en 2022 empecé el proyecto de lo que hoy es “País Picante”, al cual le dediqué muchas lecturas e investigación. Si esto se comparase con un viaje largo, muchas veces me pregunté cuándo iba a estar completamente terminado. O también hacia dónde iba. Felizmente, tuve la suerte de tener gente muy buena a mi alrededor, que me apoyaron a lo largo del camino. Profesores, maestras, escritores y escritoras con los que me reunía a leer mis avances y recibir opiniones. Solo por eso pienso que la escritura también puede ser un trabajo colectivo. Al final, debo admitir que todo eso me ayudó y hoy me siento contento con el resultado.

La portada de la primera novela de Diego Steinhöfel.

¿Cómo te animaste a publicar en un país en donde, según las cifras oficiales, se lee muy poco?

En primer lugar, siento mucha emoción al saber que el libro está publicado acá en Perú, país al que me siento muy arraigado. Luego, ya en otras partes quizás se puedan hallar otros lectores, o vender los derechos para su reedición.

“País picante” salta de la historia del protagonista, de su búsqueda personal/familiar, a fogonazos de no ficción, en donde detallas el origen del ají, por dónde se expandió a lo largo del tiempo, y también sus particularidades de subsistencia. ¿Qué dirías fue lo más complejo al esquematizar tu libro de esta forma?

Inicialmente, mi idea era una crónica sobre el ají. Estuve investigando en Trujillo, y me empapé sobre el Proyecto Especial Chavimochic, que busca recuperar el denominado Ají Mochero mediante mejoramiento genético. Luego escribí un cuento, entonces todo mutó en un intento por intercalar la crónica con el cuento, sin embargo, sentía que faltaba una conexión. Todo lucía muy forzado. Entonces, el reto mayor terminó siendo cómo entrelazar lo ensayístico con una trama, es decir, con la historia de Óscar. Hasta que seguí un taller con la escritora argentina María Sonia Cristoff, quien nos animaba mucho a abrazar esa ‘hibridez’ y, en lo personal, me aconsejó preparar micro-perfiles sobre los investigadores (del ají).  Por ejemplo, sobre Carl Fontaine, el que hizo la taxonomía de los capsicum. Así pues, en vez de contar dónde nació y qué investigó, escribía una pequeña historia sobre él.

¿Dirías que ser peruano te abre más puertas en Alemania o ser alemán te abre más puertas en Perú? ¿Cómo te ven mejor, digamos, acá o allá?

Me gusta mucho esa pregunta, porque, efectivamente, da curiosidad. Claro, cuando investigaba en los mercados peruanos o con agricultores todos me veían y quizás pensaban: ¿qué hace este aquí? Me era fácil iniciar una conversación. Y, del otro lado, los alemanes realmente aman el Perú. No me explico esa fascinación que tienen allá con nuestro país. Les digo ‘soy peruano’ y a todos parecen brillarle los ojos. Me salen con ‘yo fui a Cusco’ o ‘me encanta su comida’. Es como si tuviera lo mejor de dos mundos.

El ají, la obsesión de Diego. Una fotografía de los de tipo mochero, tomada de la U. Agraria.

Todos tus estudios (primaria, secundaria y universidad) los seguiste en Alemania. ¿Qué me podrías decir del Diego lector previo al Diego escritor?

Inicialmente, claro, leía muchos libros en alemán. Me gustaba un autor llamado Wolfgang Herrndorf. También las traducciones que había disponibles del noruego Karl Ove Knausgård. Y recién hace 10 años comencé a leer, digamos, ‘con furia’, en castellano. Me encantan Samanta Schweblin, Katya Adaui, y las traducciones de Raymond Carver y Amy Hempel. No obstante, para “País picante” leí muchos libros que tal vez se le pueden asemejar por su forma, como “Persona” de José Carlos Agüero, que me parece fascinante. Él mezcla una historia personal, una búsqueda del yo, cómo podemos construirlo cuando un cuerpo ha vivido tanta violencia; y lo hace valiéndose de mapas e imágenes. Y, claro, tampoco puedo dejar de mencionar a autoras como María Sonia Cristoff, Mercedes Halfon o Esther Kinsky.

¿Qué me dirías de esta pequeña microhistoria romántica que hay entre Óscar y María a lo largo de la novela? ¿Cómo fuiste añadiéndola, digamos, dentro de una trama que parece no tener espacio para el amor?

Sí. María apareció un poco de la nada. Óscar sí tiene un arco, ¿no? Que tiene que aprender algo en su desarrollo de la novela, en su búsqueda y en su vacío. Y María vive entre dos mundos: Berlín y Perú, pero lo sobrelleva con mucha más facilidad. Y eso es precisamente lo que atrae a Óscar. Así que busca acercársele, y así también aprender mucho de ella.

Estudiaste la maestría en Escritura Creativa en la PUCP, ¿cuál dirías que fue el principal aprendizaje que te dejó ese tiempo de estudio?

Antes creía que la escritura era un trabajo solitario, de estar en el escritorio con el lápiz, el papel o la computadora. Pero esta Maestría me enseñó que en realidad estamos ante un trabajo colectivo, que implica estar en contacto, dar ese primer paso, es decir, ya mostrar al mundo lo que has escrito, así sea un pequeño grupo de seguridad, debes salir y compartir al mundo porque eso te hará bien. En segundo lugar, esa maestría me enseñó a insistir. Hay que escribir todas las semanas. No perder el ritmo. Mira, en el horario que yo estudiaba, era entre una y cinco de la mañana, entonces, a esa hora aquí todo es muy silencioso. Nadie te llama por teléfono, entonces, encuentras una paz que hoy intento replicar. Así que me levanto muy temprano, de ninguna manera encender mi celular y escribir. Porque a veces en 30 minutos de la mañana puedo escribir que más que en todo el resto del día.

Ese título, entonces, te quitó muchas horas de sueño…

Y a cambio me dejó unas cuantas canas (risas)…

En tu novela, a la abuela de Óscar (el protagonista) le están casi robando un jardín, que técnicamente es un terreno. El robo de terrenos es un tema bastante delicado, incluso en un lugar como Punta Sal.

Cuando me puse a investigar sobre las invasiones en Perú logré conversar con abogados, e ingenieros y me contaron que algunas partes de Lima o del interior del país están creciendo por las invasiones. Y pensé, entonces, lo que está pasando a una escala muy grande, también está pasando en lo pequeño, entre vecinos, o inclusive en clases sociales que uno no espera que eso ocurra. En lugares muy protegidos o tranquilos. Y todo esto me gustó: narrar algo que pudiera pasar en algún lugar específico del país.

El autor es un politólogo de 38 años que acaba de convertirse en padre de una niña.

¿Por qué elegiste el ají, Diego? ¿Es por un gusto personal? Porque podría haber sido también la papa, porque Perú tiene la mayor cantidad de variedad de papas a nivel mundial.

Es una curiosidad personal, claro. Si un plato no pica, entonces no me sabe interesante. Una vez me dijeron que podría escribir un libro titulado “País de papas” … y tendría su doble sentido, pero lo cierto es que el ají me parece algo fascinante. Hace unos días hablaba con un ingeniero, Roberto Ugaz de la Universidad Agraria. Él tiene un proyecto llamado Ajíes del Perú, con una huerta de 300 tipos del ingrediente. Y me regaló un montón que me llevé, e intentaré plantarlos en mi casa también. Luego de eso me fui al Museo Larco. Hay ahí unas huacas del norte, con más de 2.000 años, con el héroe Ai Apaec, y él tiene colgados dos ajíes. Me parece fascinante que, tanto tiempo atrás, cuando los humanos dejaban de ser nómades y se establecían en una ‘casa’, lo primero que pensaban era poner una huerta y sembrar ají. Entonces, hay algo en nuestros antepasados que nos persigue hasta hoy.

Algunos podrían ver “País picante” también como una novela de viajes. Tu protagonista sale de Alemania hacia Perú, y allí no solo recorre el norte, sino también la selva…

Antes era difícil responderte la pregunta de los tres libros que marcaron la elaboración de “País picante”, porque obviamente eran muchos. Y ahora añadiría que detrás también hubo textos de viajes, porque a mí me gusta mucho ese género. Bueno, y sobre tu consulta, viví un mes en Iquitos, otro en Huaraz. También estuve en Arequipa y Trujillo. Hablé con muchos campesinos. Era algo fundamental para mi investigación. En una parte de la novela Óscar llega a un mercado y, al notarlo asustado, un curandero ‘le pasa el ají amarillo’. Casi como ’pasarle el huevo’ para curarlo.

Seis de cada 10 peruanos quieren irse del país ante el declive económico (Ipsos, 2024), y seguramente muchos desearían tener pasaporte europeo. A ti y a tu protagonista les ocurre lo contrario. ¿Por qué volver a un país que no te da la estabilidad que sí tiene Alemania?…

A pesar de esas cifras, creo que para nadie es fácil dejar su país y su entorno. Emigrar siempre es doloroso y viene con una melancolía. Leí a una socióloga llamada Susanne Wessendorf, quien investigó sobre un fenómeno al que denomina ‘migración de raíces’. Allí cuenta cómo –en su momento– muchos italianos migraron a Suiza y, luego, ya su segunda o tercera generación, volvieron, a pesar de que vivían tranquilamente en Suiza, un país rico. La investigadora se pregunta, ¿por qué lo hicieron? De alguna manera me inspiré también en eso para la trama de Óscar. Pienso que, cuando nuestros padres o abuelos son de un lugar diferente a donde nosotros crecemos, nos la hemos pasado oyendo sus historias y quizás en algún momento se nos pasa por la cabeza ir allí. Y me pasó también durante la presentación de la novela, cuando un señor mayor se me acercó a pedirle que le dedique un libro a su hijo, al que adoptó alguna vez en la selva. “Mi hijo tiene esos dos lugares marcados dentro de sí”, me comentó.

Finalmente, una primera novela puede gustar, pero no siempre a todos. ¿Qué tan gruesa tienes la piel para aceptar una crítica, así esta no sea positiva? ¿Estás listo para todo?

Me imagino que sí, porque en este punto ya no hay vuelta atrás. Si no hubiera estado listo, simplemente no hubiera publicado la novela. Es un salto al vacío, o un salto al agua fría, como decimos en Alemania, pero la novela ya salió al mundo y ojalá guste. Y si viene alguna crítica negativa, pues me comeré un ají para digerir ese dolor y distraerme.

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