Camilo Pino sobre «Crema Paraíso»: «Escribir sobre un momento que conozco bien me dio mayor libertad»

La lectura de la novela “La Hojarasca” sería el primer paso en la historia que Camilo Pino (Caracas, 1970) fue construyendo en la literatura. Esa novela de García Márquez –que leyó de niño, viajando desde los andes venezolanos rumbo a la capital—daría paso al descubrimiento de autores del denominado Boom Literario Latinoamericano.

Pero el salto de la simple lectura de novelas de consagrados como Vargas Llosa o Julio Cortázar a la escritura y posterior publicación de su primera novela no sería tan fácil. En el camino, Pino dejó regados cuentos fallidos y poemas mal escritos. Aunque nada de esto lo desanimó. “Siempre tuve la certeza de que sería escritor”, dice en esta entrevista telefónica realizada días atrás.

Este autor estudió periodismo, aunque terminó abriéndose paso en la publicidad y las relaciones públicas. Una corta temporada en Reino Unido (previa a su ya larga estadía en Estados Unidos) le brindó la posibilidad de conocer en primera persona el humor británico, insumo que considera fundamental para su registro narrativo.

A su debut literario, «Valle Zamuro» (2011), le seguiría «Mandrágora» (2017), ambas publicadas en editoriales independientes. Hoy Camilo Pino presenta su tercera novela, «Crema Paraíso» (Alianza Editorial), la historia de un prócer de la poesía venezolana que termina exponiendo su vida en un reality show alemán. Sí, un argumento que pinta como estrafalario, pero que en el fondo –como bien ha dicho Barrera Tyszka– es un intento serio por «dinamitar la solemnidad de la literatura, la pompa de los cánones y de las cofradías».

Desde Miami, donde reside hace dos décadas, Camilo Pino conversa con nosotros sobre «Crema Paraíso«, su más reciente novela que puedes comprar AQUÍ:

Muchas veces detrás de un escritor hay un gran lector. Cuénteme, ¿desde cuándo empezó su historia con la lectura?

Desde la infancia. Crecí en una biblioteca porque mi padre es historiador. Y lo recuerdo corrigiendo los textos como Flaubert, en voz alta. Aunque hace prosa utilitaria (historia), él es un escritor de ritmo. Así que cuando lee en voz alta, ahí una música. Todo eso como que me empezó a hipnotizar, sin embargo, los libros de historia no me interesaban mucho, porque suelen –con algunas excepciones—no estar muy bien escritos. Entonces empecé a buscar mi espacio en la literatura, a veces con tozudez. Es raro. Sabía que me gustaba (un libro) quizás sin entenderlo. Por ejemplo, recuerdo haber leído el poema “Oda a la agricultura de la zona tórrida” de Andrés Bello. Un poema que, aunque es muy importante, me parecía espantoso. Yo quería que me gustara, así que lo seguía leyendo…

– ¿Qué primeras novelas y autores cree que lo marcaron en sus adolescencia y juventud?

“La Hojarasca” de Gabriel García Márquez, sin duda. Mira, mi familia cumple la típica historia latinoamericana: de la provincia a la capital. En mi caso, el viaje de los Andes a Caracas duró ocho o nueve horas sin parar y no recuerdo cómo, pero di con esa, la primera novela de García Márquez, un texto muy ‘faulkneriano’, en el que todavía él no había desarrollado su estilo. Esa historia me abrió un mundo, me ayudó a encontrar explicaciones para casi todo. ¿Y qué pasó con García Márquez? Que me llevó al ‘Boom Literario’, a su entonces amigo y luego archienemigo, Mario Vargas Llosa, a Cortázar. Los autores más obvios, nada muy sofisticado.

Entonces, los escritores que tienen ‘cameos’ en “Crema Paraíso” son aquellos que lo formaron como lector…

Totalmente. Por eso conozco muy bien los mitos alrededor de sus historias personales. Además de que en esa época la revolución cubana tenía una influencia muy notoria sobre América Latina y sobre Venezuela. No se había caído el Muro de Berlín todavía, si bien ya el Caso Padilla era viejo y Jorge Edwards había escrito “Persona non grata”, pues no había un consenso claro. Las cosas se veían con cierta ingenuidad y se podía creer en aquello. Había una influencia muy importante en los círculos universitarios y eso lo viví yo a través de mi padre, de sus amigos y del mundo universitario. Todo eso está en mi novela. Hay cierta diferencia de edad, claro, pues yo debería ser más viejo para poder tener la edad de Emiliano, pero estas son las cosas con las que juega. El punto es que he escrito sobre un momento que conocía muy bien, y eso me permitió trabajar la ficción con más libertad, porque uno sabe qué cosas pueden ser y qué otras no.

[RESEÑA: CREMA PARAÍSO, REÍRSE DE LO QUE ALGUNA VEZ NOS HIZO LUCIR SERIOS]

¿En qué momento sintió que estaba listo para que sus escritos sean publicados y lleguen a otras personas?

Siempre tuve la certidumbre (que es muy abstracta e inclusive un poco soberbia) de saber que iba a ser escritor. Hubo muchísimos intentos: cuentos fallidos o no publicados y poemas muy malos. Tuve una experiencia malísima en un taller literario. Y luego de tratar muchas veces y fallar en privado, empecé a trabajar en una novela que después terminó siendo mi primer libro, “Valle Zamuro”. Tenía más o menos una idea de la trama. Empecé a escribirla en dos registros. El primero, en el que había trabajado toda mi vida: una voz formal, ‘Literaria’ (con L mayúscula), o sea, quería escribir como escritor sin saber muy bien de qué se trataba eso. Y la segunda, una forma íntima, errática, que inclusive me daba vergüenza porque llevaba a mis personajes a hacer cosas que yo nunca haría, los ridiculizaba, creaba situaciones grotescas, etc. Y en un momento dado me di cuenta de que el registro ‘Literario’ estaba muerto y que el otro, aunque me daba un poco de vergüenza, pues me exponía mucho, sí tenía vida. Ese descubrimiento me dio una libertad y una seguridad en mí mismo que devino en una vocación. Sentí que esa voz debía ser más sincera y que para eso había que exponerse personalmente, decir cosas que uno nunca diría. Tus personajes vivos tienen que cometer errores, tienen que ser ridículos, no lo sé. Eso me ha permitido poco a poco ir consiguiendo un estilo que yo creo toma más forma en “Crema Paraíso”, novela que considero está mucho mejor realizada porque tengo ya más tiempo escribiendo. Y porque, así como he aprendido, también he fallado en grande.

La portada de «Crema Paraíso», novela que Alianza Editorial le publica a Camilo Pino.

¿De los escritores que ha leído cuál cree que delinea mejor este tipo de personajes erráticos que le interesan?

Quizás aquí la influencia puede venir más de otros medios. En esta última novela me acerco mucho más a la comedia y el que no quiera ver eso no ve nada. Pero no es una comedia simple sino con intención. ¿Cuál es la tradición literaria nuestra en la comedia? Alfredo Bryce Echenique. Quizás sí, me influenció mucho, aunque me empezó a interesar menos desde “La amigdalitis de Tarzán”. Pero sí debo decir que para “Crema Paraíso” leí sus memorias en Cuba. Otra influencia puede venir de Tom Sharpe, un escritor inglés de sátiras a quien leí hace muchos años, así que quizás es algo más inconsciente. Luego está la comedia más clásica. Disculpando la soberbia, para esto leí a Plauto y “La comedia de los errores” de Shakespeare. Sin embargo, creo que al final mi humor tiene también mucho que ver con series de comedia británicas como “Fawlty Towers” o “Monty Python”, es decir, con la televisión y el humor británico. Yo viví allá unos años. Me gustó mucho ese tipo de humor que combina la comedia refinada con el humor más básico, con las caídas, los golpes y las equivocaciones. Esa mezcla es súper importante para formar mi registro.

¿El Camilo Pino escritor está formado solo de sus lecturas o también de su etapa como estudiante de periodismo y luego publicista?

De ambas cosas. Como dice el poeta Dubuc en “Crema Paraíso”, los libros están hechos de libros, pero también de experiencias. Uno se alimenta de todo. Yo siempre mantuve ambos mundos muy separados, pero al final uno saca el material literario de las experiencias. Hoy quizás estos espacios se alimentan más, porque gracias a mi actual empleo esos trabajos fueron confluyendo.

«Valle Zamuro» fue publicada en 2011 y le permitió a Camilo Pino ganar el XV Premio de Novela «Carolina Coronado».

¿Cómo le ha ido al momento de desprenderse de los personajes de sus novelas? ¿Cree que le será fácil dejar a un personaje tan especial como Alfonso Dubuc?

Creo que Alfonso Dubuc es mi personaje mejor logrado. Es el único personaje al que le he dedicado una obra casi biográfica. Conocemos su historia desde muy chico hasta su vejez. Sabemos dónde nació, dónde creció, y yo creo que él puede ser mi primer personaje que trascienda los libros, con suerte, ojalá. Siento que la gente ha conectado mucho con él. Así que todavía no me aburro ni canso de él. De momento estoy emocionado con la idea de verlo más vivo que el resto de mis personajes. Es algo que me da mucha satisfacción.

En una escena de su novela Dubuc come chancho en Cuba y le cae mal. Al llegar corriendo al baño se sienta en el inodoro y encuentra la tapa tibia. Una sensación absolutamente humana que usted logra describir con gran fidelidad. ¿Cómo le va con el tratamiento de los detalles?

Para mí los detalles son esenciales. Creo que no me cuesta mucho encontrarlos. En su libro “On Writing”, Stephen King le dedica un pasaje completo a lo importante que son los detalles. No es solo un cuchillo, sino el brillo del cuchillo. Sé que todo esto es parte del oficio y que tú los hayas percibido y termines impresionado me alegra porque significa que hice bien mi trabajo.

¿Cómo así en una misma novela puede entrar Ernesto Cardenal, Fidel Castro y el Candy Crush?

Es que al final la vida es así. Ernesto Cardenal también va al baño, tiene vicios; Fidel Castro seguramente tiene un hijo que juega Candy Crush en alguna parte del mundo. Son cosas normales que no asociamos porque tenemos esas premisas de la pureza absoluta de escritores o políticos, pero que en realidad son ideas falsas. Me parece muy importante cambiar estos puntos de vista, sobre todo desde un registro como el mío, que está basado en el humor, pues creo que este te brinda muchísimas herramientas para construir situaciones que parecen ridículas, pero que en el fondo son bastante reales. Y por eso quizás mi novela tiene algo de profundidad. Mira, aunque siempre se nos han presentado a la literatura, a la política y a la historia como espacios solemnes y limpios, en realidad hablamos de gente que –como pasa con nosotros– si no se baña huele mal, que siente celos, que sufre inseguridades, que se asusta, que hace idioteces, y que calienta la tapa del inodoro al sentarse.

Su protagonista está obsesionado por la limonada frapé y no por el Coñac o por el Whiskey…

Sí (risas), como cualquier persona que prefiere ir a un chifa [local de comida fusión] y no meterse a un restaurante de lujo. Eso es la normalidad. Para mí esto es importantísimo, y lo aprendí con mi primera novela. Lo de la limonada es un recurso que aprendí. Mira, en “Sostiene Pereira” de Antonio Tabucchi, el protagonista come siempre tortillas a las finas hierbas. Por su parte, en “La conjura de los necios”, de Kennedy Toole, el protagonista come perros calientes con devoción.

Pienso en la limonada frapé como fetiche…

(Risas) sí, un fetiche muy básico, pero real. La limonada frapé tiene esa carga simbólica de que es ácida y dulce a la vez, gratificante, pero a la vez punzante. Y sí, como mencionas, Dubuc no está obsesionado con el Coñac, ni siquiera con el helado más rico de la heladería Crema Paraíso, sino con la limonada frapé. Son detalles que vas construyendo y luego devienen en temas. Esa bebida podría bien interpretarse como el paraíso perdido, vinculado a la infancia, las amistades y la familia, y además es un espacio en el que habrá una especie de redención futura. Y es que hasta los objetos más tontos pueden ser importantes si los conviertes en un tema artístico.

Hablemos sobre la pandemia. Siempre he visto a los surcoreanos y japoneses en reportajes caminando con mascarillas, pero jamás imaginé ver a todos en mi país (Perú) haciendo lo mismo. ¿Cree que a veces la realidad puede superar la ficción?

No me cabe la menor duda, porque soy venezolano, ah. Y he descubierto no solo que la realidad puede superar la ficción, sino que siempre podemos estar peor de lo que imaginamos. La vez pasada pensé lo mismo al ver a todos aquí (en Miami) caminando hacia la playa con su mascarilla. Claro, en Asia es normal, pero aquí te impresiona verlo. Mira, si tú tienes una idea universalista y más o menos clara de la historia sabes que más bien venimos de muchos años de tranquilidad y de pocos cambios disruptivos. En Perú, tras lo de Fujimori y Sendero Luminoso, creo que han tenido años de paz, de cierta ‘prosperidad’ mal que bien. En general, hemos vivido tiempos de mucha tranquilidad, pero creo que lo normal en la historia es que pasen estas cosas, que el mundo cambie de un momento a otro. Y ahora nos está tocando con esta pandemia. Y sí, definitivamente la realidad siempre supera a la ficción y por eso el periodismo es un oficio tan peligroso también.

Camilo Pino publicó «Mandrágora» en 2017.

Lleva usted veinte años en Estados Unidos y veinticinco fuera de su país natal. ¿Desde su sitio de escritor, cómo ve lo que pasa hoy en Venezuela? ¿Está uno obligado a opinar sobre lo que pasa en un país si este se ha desmoronado en los últimos años? Le pregunto esto porque somos de una región con un pasado ligado mucho a la idea del ‘escritor político’…

La figura del escritor político se ha desacreditado mucho. Antes se usaba y ahora se supone que uno se debe al arte exclusivamente, sin embargo, Venezuela es uno de mis grandes temas. Quizás yo me inscribo en la tradición literaria venezolana más porque escribo sobre Venezuela que por el simple hecho de haber nacido allá. Por otro lado, cuando uno se va y al país le va mal, uno se va menos. Entonces uno queda en constante contacto con su país, sobre todo por los espacios y comunidades virtuales existentes. Yo trato de ir una vez al año a Venezuela, aunque este 2020 no he podido. Mira, siempre que puedo hago algo por mi país, pero trato de que mi posición política no intervenga para nada en mi literatura. Yo creo que eso es una lección que aprendieron los buenos escritores del ‘Boom’ y más en un momento muy difícil, porque se suponía que su literatura debía entregarse a una causa. Eso lo supo muy bien, por ejemplo, García Márquez desde el principio. Si él hubiera hecho solo propaganda política con sus novelas no hubiera llegado al nivel que finalmente llegó. Él mantuvo una distancia, y creo yo que cuando esa distancia se cierra y aparece el ciclo de poemas estalinistas de Valera Mora o el mismo poema “Stalin” de Pablo Neruda, o cuando aparece el Cortázar panfletario la obra se arruina completamente.

A mí me parece que es importante mantener una distancia entre el personaje (autor) y la obra, aunque uno siga siendo un ciudadano y tenga sus propias opiniones y sus respectivos deberes. Ahora, ¿qué pasa si te conviertes en una figura pública de la talla de Vargas Llosa? Pues ahí tienes una voz y quizás quieras utilizarla. Fíjate que su caso es muy interesante porque tengo entendido que su última novela (“Tiempos recios”) es muy crítica con Estados Unidos. Entonces, si él fuera consecuente a un nivel radical con su ideología, pues sería un poco más delicado con eso. Sin embargo, él sabe que no puede ensuciar esos espacios.

Llegué a su novela por una nota en “La Vanguardia”. Probablemente se llega a esos espacios también por la magnitud de la editorial que lo publica.  ¿Qué tan importante ha sido para usted llegar a Alianza Editorial?

Me siento muy afortunado. Primero porque di con una editora (Marta Barrio) que de verdad creyó en el libro y en mí. En segundo lugar, por tener esta gran oportunidad de ser leído, de que mi novela llegue a personas como tú, y sobre todo a través de una editorial con la que yo crecí (como lector). Alianza es una editorial importantísima, esencial. Así que todavía no me acostumbro a esta afortunada coincidencia.

Probablemente a muchos esta pandemia les cambió los planes. ¿Qué le han enseñado estos últimos cinco o seis meses de crisis mundial? ¿Qué impacto ha tenido el coronavirus en su vida?

Por un lado, la pausa. La idea de que el mundo entero entró en una especie de receso. He intentado usar estos días para pensar qué quiero de la vida, cómo y cuánto quiero escribir. La idea de buscar el placer en cosas tan básicas como la familia me parece importantísima. Además, como mencionas tú, surgen preguntas. Está ese afán por entender el momento de cambio que estamos viviendo. Creo que nuestro deber como artistas, periodistas o analistas es entender la historia y para eso simplemente hay que permanecer atentos. ¿Qué significa todo esto para nuestra sociedad? ¿Estamos solo ante un cambio estético? Por último, hay una parte un poco más oscura, que es la certidumbre. Todo esto tiene un efecto que trasciende nuestra pequeña realidad como escritores. Pensar que afuera hay muchísima gente que está muriendo o que va a ser más pobre, que quizás se enfrentará a un futuro más incierto y que va a pagar por estar en los espacios más débiles de la sociedad, es una certidumbre que me causa un poco de angustia.

**La foto que abre la nota es de Andrés Manner

Compártelo