Ana Luisa Castro: “’Las casitas’ nació en el momento más difícil de mi vida, pero su escritura tuvo un efecto sanador”

Ana Luis Castro (Lima, 1973) nunca imaginó tener tanta cobertura por su primer libro, una historia por momentos conmovedora en la que una mujer ve cómo todo a su alrededor parece venirse abajo ante el trágico desenlace de su esposo y, entonces, saca fuerzas desde lo más profundo para no claudicar junto a sus hijos, mientras una tercera persona –en este caso, un poderoso millonario inversionista de casinos—parece empeñado en quitarle todo.

Las casitas”, el debut literario de Castro, está cimentado en sus lecturas a través de los años, desde autores clásicos como Dostoievski, Kafka o Sartre, a escritoras emblemáticas, aunque más temporalmente cercanas, como Plath y Didion. A esto se le debe sumar la formación que Ana Luis ha tenido en talleres de escritura a cargo de maestros como Iván Thays, Johann Page, Luis Hernán Castañeda, pero, sobre todo, Alonso Cueto, quizás el gran responsable de animarla a llevar su historia –y la de su fallecido esposo– al papel.

Conversamos con Ana Luisa Castro sobre las complejidades de publicar un primer libro, los elementos que le costaron más, la forma en cómo recibe críticas y elogios, pero — por sobre todas las cosas– acerca del efecto sanador que considera tuvo la escritura en ella. Por último, confiesa sus deseos de seguir en esto (“tal vez con un libro de cuentos”), aunque no necesariamente sostenido en el dolor por una pérdida, como ocurre con “Las casitas”.

¿Hasta qué punto hay de realidad y de ficción en esta novela?

La novela está basada en mi vida, sobre todo a partir de haber conocido a quien se convertiría en mi esposo y compañero por más de 30 años. Entonces, en un primer momento, él (Bill) es el personaje principal y Anna, su esposa, es mi álter ego. Luego viene Franshit Reno, el antagonista, junto a una serie de personajes secundarios. Pero el libro es una ficción, pues tiene añadidos varios elementos creativos. Pienso que, si hubiera escrito mi autobiografía o, en su defecto, la de mi esposo, quizás el resultado habría sido algo aburrido. Ya le tocará al lector intuir o decidir qué partes le parecen reales y cuáles ficticias.

Mucha gente escribe diarios, cuentos, o inclusive novelas, pero publicarlas ya es un siguiente paso. ¿Qué la animó a hacerlo?

La lectura me ha acompañado desde niña, pero también solía escribir, siempre en paralelo a otras actividades que he desarrollado a lo largo de mi vida. Eran diarios, crónicas de viaje y cosas personales con cierto efecto terapéutico, que me ayudaban a liberar en parte algunas de esas emociones que solemos ‘guardar en un cajón’. Nunca tuve el sueño de ser escritora, hasta que en 2023 falleció mi esposo. Empezó para mí una época muy difícil y dolorosa. Este libro nació de una herida, del que creo fue el momento más difícil de mi vida, en el que sentí mucha frustración e impotencia, pero también de cosas que vinieron en paralelo al fallecimiento de mi esposo, como la pérdida de nuestra casa, etc.

Usted siguió varios talleres antes de animarse a publicar su primer libro. ¿Desde cuándo? ¿Qué rescata de todos ellos?

Estudié administración de empresas, finanzas y otras cosas paralelas al mundo empresarial. Me he desempeñado en eso toda mi vida, desde muy joven, pero siempre me ha gustado mucho la literatura y el cine. Entonces, por ejemplo, cuando viví en Argentina, a fines de los noventa, había un centro cultural en la calle Corrientes donde seguí algunos talleres literarios muy interesantes. También participé de clubes de lectura. Y ya en Lima, en los años dos mil, me inscribí a algunos talleres de cine y literatura en el Centro Cultural PUCP. Y recuerdo a uno de mis primeros profesores, Johann Page. Éramos 15 alumnos. Él entregaba separatas para estudiar, y nosotros volvíamos con las tareas impresas. Cada uno leía su tarea frente a los demás. Una dinámica muy distinta a la actual, seguramente. También seguí talleres con Iván Thays, Renato Cisneros, Luis Hernán Castañeda, Jeremías Gamboa, pero, definitivamente, el principal fue Alonso Cueto. Lo suyo no solo fue importante sino imprescindible para que yo finalmente me anime a publicar aquello que había escrito, y que me dolía en ese momento, y poder darle forma de novela.

Ana y Alonso Cueto en la presentación de «Las casitas» en la Librería de David Ballardo.

¿El libro iba a venir, siente usted, tarde o temprano? ¿O cree que la muerte de su esposo fue el detonante de la publicación?

Si mi esposo no hubiera muerto, definitivamente yo no hubiera publicado este libro, que está basado en la vida de él también. Inicialmente quise hacerlo como un homenaje, pero en el camino salían las cosas, algunas muy dolorosas. Creo que, si él siguiera vivo, yo habría continuado elaborando manuscritos que terminasen en el cajón, haciendo proyectos ‘para más adelante’. Así que “Las casitas” es la historia que necesitaba escribir y publicar.

¿Cómo fue planeando la estructura de la novela? Le confieso que la segunda parte me atrapó más, y es precisamente cuando comienzan las discusiones entre los esposos, luego ocurre la tragedia y todo viene cuesta arriba para Anna…

Soy bastante estructurada para casi todo. Entonces, la novela obviamente no iba a ser la excepción. Tenía un esquema básico, los temas que quería tocar, pero no sabía bien por dónde empezar. Luego, tenía muy claro el final, pero no me pasaba lo mismo con el inicio. No sabía si empezar cuando conocí a mi esposo. También había pensado en la forma cómo desarrollar la trama, porque el que leyó la novela se percata que tiene algo de diario, de crónica viajera, un poco de monólogo interior y mucho flujo de pensamiento. Porque yo abrí mi corazón al escribir este libro y lo plasmé todo en papel.

¿Sintió algún tipo de reparos al, aunque sea con nombres cambiados, develar parte de su intimidad y la de su familia?

La verdad que no. Haber leído tanto de alguna manera me ha hecho interiorizar que un escritor tiene que desnudar su alma, tiene que exponerse. Esa, por ejemplo, fue una de las grandes lecciones que aprendí de Alonso Cueto. Un escritor no puede escribir para complacer a nadie, para un lector específico, pensando si le va a gustar esto o no. Un escritor no es un publicista. Y la única manera de hacer la obra auténtica y alcanzar la verosimilitud –sin en realidad proponérmelo– era desnudándome y poniendo lo que sentía en ese momento sobre el papel.

Técnicamente, ¿qué diría que son los recursos que más le costaron, los más difíciles para usted?

En lo técnico, te voy a confesar que me costó mucho encontrar el principio que yo quería para la novela. Pero bueno, inicié como lo sentí. Luego, también me costaron los diálogos. Porque como es una historia basada en mi vida, los diálogos que sostuve con mi marido eran muy coloquiales, y plasmarlos en una novela fue complicado. Pensaba: ¿quién va a creer esto? Entonces, tuve que reorganizarlos para que se sientan verosímiles, y la verdad eso me costó un poquito. Siento que me va mejor con el monólogo interior. Fluyo bastante bien ahí. Asimismo, también me costó el villano, porque no es algo que lo saques de la nada. Debes construirle un pasado, dotarlo de ciertos rasgos. Y me costó hallarle algo bueno, porque ninguna persona mala es 100% mala, claro. Y viceversa: ninguna persona buena es 100% buena.

¿Le incomodaría que etiqueten a su novela en algún género específico?

No me gustan las etiquetas para nada, ni en las personas, ni en las cosas, ni en nada. Puede sonar cliché, pero es así. Y en cuanto a mi obra, agradezco todo lo que me han dicho. O sea, si van a decir que es una obra feminista de superación, o de lo que sea, yo agradezco –en principio– que alguien se tome el tiempo de leerla. Sé que cada lector viene con su propio bagaje y seguramente va a interpretar el libro según su experiencia y el momento de la vida en que se encuentra. Asimismo, creo que hoy no hay crítico que pueda ensalzar tanto mi obra que vaya a hacer que yo me desboque de alegría y, viceversa, no va a haber una crítica tan mala que pueda tumbarme al suelo. Sé lo que he escrito y para mí con eso basta.

¿Qué lecturas diría que la marcaron en esa etapa previa de lectora?

Pienso que los que escribimos traemos un poco todo lo que hemos leído desde niños. Lo mismo con las películas que vimos, o los lugares que hemos visitado alguna vez.  En cuanto a lecturas, te diría que “La campana de cristal” de Sylvia Plath. Me mimetizaba un poco con el tema de la depresión y las cosas que sentí, y con cómo iba apreciando el mundo cuando estaba en un momento oscuro. Luego, “El hombre en busca del sentido” de Víctor Frankl también me acompañó, y creo que lo leí unas tres veces durante los meses que estaba desarrollando el manuscrito. También está Joan Didion con “Cartas a Joan” y “El año del pensamiento mágico”, que es un libro de duelo y cuenta la pérdida de su esposo. Ese texto me lo regalaron en inglés y lo leía y lo releía porque me identificaba mucho. Recuerdo que me costaba mucho encontrar la fortaleza para escribir sin traer una carga de victimización o de drama excesiva. Por eso lo releía. Luego, siempre pensé que nací un poco vieja, porque me han gustado mucho autores como Dostoievski, Kafka, Camus y Sartre. Suelo tener libros clásicos que me acompañan. Y cuando en ocasiones me sentía algo abrumada, recurría a textos con un toquecito de tragedia, pero algo románticos como “La dama de las camelias”.

¿Cuánto tiempo pasó entre aquellos primeros borradores y el día en que le entregaron su libro ya publicado?

Me tomó medio año conseguir una editorial y un año y medio escribir el libro. Tuve que encerrarme para poder terminarlo porque mi casa era un caos y necesitaba tranquilidad. Terminé de escribir el libro en agosto del 2025, luego tuve un corrector de estilo que me ayudó con los errores ortotipográficos, a darle una limpieza y forma, y así comencé a tocar puertas de editoriales. Algunas me dijeron que sí, otras nunca me respondieron, pero entre las que aceptaron yo elegí a Revuelta, que era mi ‘Top 3’ y sobre todo porque publica allí Jaime Bayly. Además, tenía las mejores referencias del sello de David Ballardo.

La presentación de «Las casitas» en la FIL con Carmen Ollé y Juan Carlos Belaunde.

Dice sentirse satisfecha con su primera novela. ¿Qué te proyectas para después?

Nunca esperé que tanta gente se interese por mi libro. No tenía ninguna expectativa. Yo quería, fundamentalmente, publicarlo, que mi obra vea la luz. Sobre todo, por las cosas que me pasaron luego de la muerte de mi esposo. Lo que nos tocó vivir fue horrible y no me pude defender en ese momento. Llegué a sentirme culpable por haber permitido esto o aquello, sin embargo, la escritura de este libro me sanó, pues me permitió entender que simplemente no podía hacer más de lo que finalmente hice. A veces pienso que si no hubiera escrito “Las casitas” tal vez hubiera muerto en el camino, no lo sé. Paradójicamente, a pesar de la gran exposición que ha tenido el libro, yo no me considero una persona que busque hacer pública su vida. Las entrevistas me cuestan mucho. Hoy existe la posibilidad de lanzar el libro en países como Argentina y España, pero ya es cuestión de tiempo. Por otro lado, estoy escribiendo mucho más que antes, intentando producir algo quizás ya no como esta novela, o sea, no desde el subsuelo y el dolor, sino hacerlo de una manera más consciente. Nunca he escrito cuentos y es un género que en la actualidad me interesa mucho. Lo asumo como un gran reto.

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