Javier Sinay: «Las crónicas que me gustan cuentan historias dramáticas y dejan preguntas profundas»

Imposible imaginar todas las etapas, una tras otra, que atravesó Javier Sinay (Buenos Aires, 1980) antes de concretar un libro como “El secreto de los sobrevivientes” (Tusquets, 2026). A lo largo de diez años, este cronista, uno de los más reconocidos en su país y con paso por medios de diversas latitudes, indagó el antes, durante y después del fatídico viaje aéreo que tenía previsto llevar al plantel del modestísimo Club Chapecoense de Brasil para jugar la final de la Copa Sudamericana 2016 en Medellín, Colombia. Hasta que aquel 28 de noviembre todo cambió para siempre. El saldo: 71 muertos y seis sobrevivientes. ¿Por qué esta estadística?

En su nuevo libro, Sinay mezcla distintos géneros. Crónica, reportaje, pasando por la investigación en profundidad, y se vale de declaraciones, viajes al lugar de los hechos, documentos y mucho material audiovisual para intentar armar un rompecabeza con hechos, personajes y circunstancias alrededor de una tragedia que hoy sigue sin justicia.

A continuación, Javier Sinay responde en extenso sobre las particularidades de su trabajo de investigación, los factores insoslayables, la forma de resolver las contingencias que iban surgiendo en el camino, su rechazo a los ‘lugares comunes’, etc. Asimismo, se da un tiempo para hablar de algunos de sus principales referentes (Carrère, Guerriero o Caparrós), compartir algún consejo para la elaboración de crónicas, y, finalmente, revela la sensación que genera desprenderse de un trabajo que le ha tomado casi un cuarto de su vida.

La aparición de tu libro coincide con los 10 años de la tragedia aérea del Club Chapecoense. ¿Cómo llegaste al tema y por qué te ha tomado una década terminar “El secreto de los sobrevivientes”?

Estaba trabajando como corresponsal en Buenos Aires para un diario mexicano y enviaba historias de Argentina y Brasil más que nada. Cuando ocurrió la tragedia, la cubrí sin viajar, me valí de las noticias, así que no estuve en el lugar de los hechos, pero sí en el momento, y lo que me impactó más fue, por un lado, un pensamiento que supongo compartimos aquellos que estuvimos siguiendo el asunto: cómo así en lo mejor de tu vida se puede ir todo al demonio, que es lo que les pasó a estos atletas y a las personas que iban en el avión. Muchos de ellos estaban en lo mejor de su carrera esperando ser campeones, entonces, ¿cómo así se puede acabarse todo? Quedaba claro lo frágil que es la vida. Bueno, unos días después entrevistaron a Marcos Angeleri, exfutbolista de San Lorenzo que, en aquella semifinal contra Chapecoense tuvo una situación muy clara de gol en el minuto 48 del segundo tiempo y el arquero brasileño la bloqueó. Tras esta jugada los brasileños pasaron a la final, y en el viaje a Colombia para el partido de ida, el avión cae. Entonces, Angeleri dijo ‘si yo hubiera hecho ese gol…’. No era cargo de conciencia, pero sí abrió una pregunta abismal: ¿hay un destino, un azar? ¿Por qué sobrevivieron seis si eran 77 pasajeros? Y por qué esos seis. Era como un dominó de interrogantes.

¿Cuáles dirías que fueron tus primeras objeciones al tema, hace ya una década?

Primero, debía evaluar si valía la pena trabajar una historia que estaba apoyada en una pregunta contrafáctica. Porque el periodismo busca certezas y no incertidumbres. Luego, yo suelo buscar modelos para mis libros que me ayudan a entender un poco cómo organizar el relato y, entonces, encontré “EM”, una novela breve de Kim Thúy (una autora vietnamita canadiense) sobre una familia a lo largo de algunas generaciones que atraviesan la guerra de indochina, la de Vietnam, y que finalmente emigran a Canadá. Ese texto muestra cómo una cosa lleva a la otra, y me pareció que eso era lo que tenía que hacer. Yo podía interrogar si había un destino o un azar, pero no podía afirmar –hoy, tampoco—su existencia. Lo que sí podía era mostrar paso a paso cómo habían ocurrido la cadena de acciones y acontecimientos en esta historia, plantear la pregunta, y que el lector elija si fue azar, destino o hubo algo en el medio.

La pregunta que plantea el libro me recuerda a cuando a las parejas de ancianos les preguntan cuál es el secreto para durar tan tiempo juntos. Claramente, no hay una respuesta exacta, sino más bien múltiples…

Exacto. En este caso, empecé pensando que podía haber más y mejores preguntas y terminé pensando que debía haber menos y mejores preguntas, las cuales no van a absolver si hay un destino o un azar, pero, por ejemplo, pueden decir por qué sobrevivieron seis personas: en parte por algunas cuestiones técnicas, como que el fuselaje no se destruyó cerca de donde estaban ellos, en parte porque adoptaron la posición que nos enseñan para el aterrizaje forzoso (protegiéndose la cabeza) o, a veces también pasa (no en este caso), que la tripulación avisa y la gente escucha. Y aquí ya estoy respondiendo de acuerdo a lo que me dijo una gerenta de respuesta de emergencia de una flota de aerolíneas de la región. Pero ella misma me dijo al final que, luego de todo lo enumerado, “claro que también hay algo de suerte” para saber por qué alguien puede sobrevivir a un desastre aéreo.

A la gente le gusta encontrar los villanos de las historias y, en esta, hay varios candidatos. Desde Ricardo Albacete Vidal, el dueño del avión con pasado empresarial en Venezuela, hasta el piloto Miguel Quiroga Murakami, quien quizás pudo hacer algo más comprando gasolina de reserva. ¿Tampoco te planteaste encontrar al culpable de lo ocurrido?

Entiendo que hay personajes más simpáticos y otros más antipáticos que se corresponden a personas más simpáticas y a otras más antipáticas, pero, justamente el piloto del avión y el empresario dueño del avión son dos de los que podrían tener –y de hecho creo que tienen– parte de la responsabilidad de lo que pasó, aunque, también tengo que decir que ninguno de los dos fue juzgado y culpado. Uno porque murió y el otro porque se defendió en la corte y evitó estar ahí. Sin embargo, sí son dos personas muy señaladas, y en el libro me explayo más, y también encontré que ambos tienen rasgos bastante ambiguos y eso me interesó. Porque, puede que alguien tenga una responsabilidad, que esté más cerca del rol de villano que de otro, pero una cosa fascinante de escribir historias reales es que las personas somos tridimensionales, complejas, contradictorias y, por ejemplo, (Quiroga Murakami), el piloto que voló con el combustible justo y que demasiado tarde declaró la emergencia, por lo tanto, no pudo aterrizar cómo se debía, y salió todo mal. Bueno, resulta que uno de los ministros de Bolivia dijo (que Quiroga Murakami) era un homicida, y muchos de sus familiares hablaron con la prensa defendiéndolo, y eso me pareció extraño, porque cuando uno comete un error tan grande los familiares, por lo general, no te defienden. Esperan a que pase la crisis, entonces, pensé ¿por qué tantos familiares defendiéndolo?

Así que tal vez el  piloto no debía ser un loco, aunque tampoco tenía que estar ahí tomando esas decisiones el día que las tomó, porque además era socio-dueño de la empresa, entonces, esta tenía muchos problemas económicos y, aparentemente, no llevaron más combustible para ahorrar y el que decide ahorrar no puede ser el mismo que está pilotando. A su vez, Ricardo Albacete Vidal, el dueño del avión, es, asimismo, un sobreviviente, porque en 1999 estuvo a punto de morir en un accidente de autos, nada que ver con esto, pero sí pensé: qué curioso que el empresario, dueño del avión y quien evita ser juzgado, es a la vez un sobreviviente. Ese es el tipo de cosas que busco cuando escribo, estas paradojas, estas contradicciones del mundo real.

Un evento homenaje reciente a los caídos en un punto bastante cercano a la tragedia de 2026.

No sé si por el tiempo ya transcurrido, pero hubo chance para que algunos de los protagonistas de esta historia escriban sus propios libros. En Brasil y en Bolivia, por ejemplo. Tú has podido leer esas publicaciones, ¿qué rescatas de estas voces post-tragedia del Chapecoense? ¿Cómo juzgar estos testimonios?

Los cuatro son libros bien hechos y realmente estremecedores, muy cargados desde lo dramático, con buena información, y de esos cuatro uno que me sirvió mucho que fue el de Helio Neto, jugador del Chapecoense que sobrevivió, pues, por algún motivo que no sé cuál es, él no me dio una entrevista, entonces, mucho de lo que saqué suyo fue de ese texto. Lo mismo con Rafael Henzel, relator de radio brasileño, que, unos meses después murió de un paro cardiaco mientras jugaba fútbol con sus amigos, pero había dejado escrito su testimonio. Pero hay dos libros más. El de la tripulante de cabina, y el de la operadora de la torre de control de Medellín. Con ellas dos pude hablar, pero fue bastante bueno tener la base del libro. Sería interesante que los otros tres sobrevivientes también escriban sus respectivos testimonios.

Claramente, respetas mucho el trabajo con fuentes. En ese sentido, ¿cómo procediste teniendo en cuenta que los tres futbolistas que se salvaron no accedieron a hablar para tu libro?

Eso es un problema para cualquiera que esté escribiendo un libro sobre este tema, pero a la vez es la realidad. Uno tiene que respetar y entender a las personas sobre las que uno va a escribir, sea lo que sea que hagan en la historia. Mira, a pesar de que habían dado muchas entrevistas antes, creo que decidieron no hablar conmigo porque simplemente hay preguntas a las que tal vez quieren responder gritando “¡no sé!”: ¿Por qué sobreviviste? ¿Qué verdad nos puedes contar? ¿cuál es el sentido de la vida? Y quizás el sobreviviente de un desastre aéreo no hace tanto por sobrevivir, sino que simplemente tiene un poco de suerte y mucha fuerza. Pero, además, no se destruyó el fuselaje justo arriba de ellos, no sé. Insisto: quizás hay cosas que ellos no quieren responder o simplemente no saben. Lo cierto es que el relato de una historia tiene que poder construirse en base a fuentes que sean testimoniales como entrevistas, y en base a fuentes más documentales, como el caso de Helio Neto. Él no habló conmigo, pero encontré en su libro mucho de lo que él podría haberme dicho, ya sea en sus charlas en YouTube o en entrevistas previas, y sí creo que hay que ser muy sincero y decir ‘con esta persona no pude hablar, sin embargo, puedo contar muchas cosas sobre él’. Y la historia termina construyéndose igual.

Eres uno de los cronistas más reconocidos de Argentina y en el tiempo que vienes publicando libros, crónicas en revistas y en medios digitales, ¿cómo has ido perfeccionando el manejo del ritmo en tu texto? Porque empiezas contando la historia de los sobrevivientes, luego al medio lo previo al accidente, la caída, el rescate, y cierras con tu visita al lugar de la tragedia, y con todo lo que encontraste allí. Hay un ritmo.

Es una buena pregunta, porque a pesar de que me preocupo porque eso funcione bien tengo que pensar para responderte. Para empezar, cuando leo libros que me gustan, me fijo cómo están hechos. Leo con un ‘ojo clínico’ a Emmanuel Carrère, a Leila Guerriero (que además aquí en este texto fue mi editora), a Rodolfo Walsh, Truman Capote o al propio Borges. También a los autores estadounidenses que vienen escribiendo Memoir, como David Carr. Siempre me fijo en la fluidez de sus textos. Lo que veo es que, como tenemos menos atención por los celulares y por porque todo está más más al alcance de la mano para dejar de leer, me doy cuenta que los capítulos en general en la literatura que a mí me gusta tienden a ser más cortos y, por lo tanto, yo mismo hice eso. Comencé a escribir con capítulos más cortos que hace 10 años. Y hay mucha edición, repaso, corrección y mucho leer en voz alta. Por ejemplo, sobre esto último, que es un consejo muy repetido en los talleres, pero leer un libro entero en voz alta puede ser agotador, entonces, me bajé una App llamada Speechify, que te lee cosas, y ahí puse todo el libro una y otra vez, entonces, mientras estaba en casa lo dejaba de fondo y así iba detectando cosas mal escritas, que sonaban mal, y también dónde terminaba y cuál era el ritmo de las historias. Eso fue de gran ayuda.

Me has hablado de editores, incluso de Leila Guerriero apoyándote en este libro. Por diversas circunstancias, la pandemia, la crisis económica de los medios a nivel global, etc., muchos chicos empiezan a trabajar en esto y carecen de editores. Ellos mismos se revisan y publican. ¿Qué consejo le darías a un chico que lleva una década en esto sin haber conocido alguna vez un buen editor que lo apoye y le enseñe?

Es duro porque poder aprender de un buen editor es un privilegio. Yo les diría que, a sus autores favoritos, sean autores de notas o libros, los lean varias veces. Cuando era chico, para aprender cómo estaba estructurada una crónica larga, anotaba en el margen cuál era el núcleo de ese párrafo. Luego pasaba todo eso a un papel y me quedaba una especie de mapa de la nota. Así podía entender que, por ejemplo, el autor había hecho tiempo, había sostenido la tensión para después darle un remate, en vez de dar primero el remate y ‘gastarlo’ rápido. Entonces, les diría: primero, mucho análisis de los autores que les gusta y, segundo, leer entrevistas en donde ellos hablen de estas cosas. Por ejemplo, a mí me gusta mucho cómo escribe Carrère. Él tiene un hijo que es montajista de cine (el encargado de ver el orden de las escenas). Y Carrère mismo dijo una vez que ‘hace montaje con sus propios textos’, es decir, que los escribe, mueve los párrafos y va viendo cómo fluye mejor, dónde hay más suspenso o fuerza. Y desde que leí eso, cuando tengo al frente un texto escrito de dos páginas, encuentro que este va despegando y encuentra la fuerza en un punto hasta que termina, entonces me planteo: ¿qué tal si justo antes de que encuentre la fuerza me lo llevo, empiezo con cierta tensión, después va a caer, va a ir de nuevo subiendo y va a encontrar la fuerza. Entonces, esa idea me surgió de leer una entrevista con un autor.

El partido denominado ‘Amistad eterna’ entre Atlético Nacional y Chapecoense quedó 1-1. (AFP)

Entre las varias cosas destacables de tu libro está, por ejemplo, que se aleja del sensacionalismo. Buscaba en paralelo a la lectura del texto información sobre el accidente aéreo y me salía repetidamente “El ángel de Chapecoense”, o sea, la data sobre este adolescente que supuestamente halla el avión caído e informa para iniciar el rescate. Tú lo saltas olímpicamente. ¿Cómo hiciste para definir qué cosas sí y qué cosas no incluir?

Viajé a los lugares donde ocurrieron las cosas, al cerro en Colombia donde se estrelló el avión. Ahí me pasó algo muy impactante. Yo estuve en 2019 –tres años después de la tragedia– y había restos metálicos muy pequeños, y yo subí con una persona que vive en el lugar y me dijo ‘son restos del avión’. Viajé a Chapecó, la ciudad de donde es el Club Chapecoense. Pero también mucho de lo que consigno en el libro es información que recupero de la prensa y, como la historia del teniente Marlon Lengua, que es un policía colombiano que participó en los rescates, y que encontró a Helio Neto, que fue el jugador de fútbol rescatado en el último momento. Había mucha información suya. Luego, sobre el ‘El ángel del Chapecoense’ no había tanta información. Y yo no podía construir el lugar de este personaje con la densidad y la profundidad que me gusta construir o hablar sobre la gente. Para mí escribir crónicas es una manera de conocer el mundo, los lugares y la gente. Conocer a un futbolista de Brasil, a un señor que vive cerca de un cerro en Colombia, pero si no tengo tanto para conocer, siento que me va a quedar la cáscara del personaje, y por lo tanto, va a reducirse a un estereotipo, y estos son muy aburridos, son lugares comunes, y es lo que siempre trato de evitar. Lo dejé por eso.

¿Qué lleva a una persona a comprarse un libro de 322 páginas sobre la tragedia del Chapecoense y no ver un reportaje de 8 minutos en un programa dominical o preferir un documental en streaming? ¿Has podido descifrar, a través de los años, quiénes te leen?

La verdad que aún no lo sé. Pero creo que con el libro uno tiene la oportunidad de llegar a preguntas más profundas. Las crónicas que a mí me gustan cuentan una historia usualmente dramática y me dejan preguntas usualmente muy profundas, y las crónicas que yo escribo trato de que repitan ese esa fórmula. Un documental también te puede dejar eso, pero no sé, la verdad es que no sé bien qué decirte. También el libro quizás es menos exigente en el sentido de que lees una página y descansas, luego retomas y lees 10, mientras que en un documental debes estar sentado una hora viéndolo. Pero tampoco estoy tan seguro de eso.

La jugada en la que Marcos Angeleri falla ese gol que pudo llevar a San Lorenzo a la final de la Sudamericana por encima del Chapecoense acumula 180 mil vistas en YouTube. Tiene la narración de Mariano Closs y, más que una atajada, parece que al golero le choca el balón y sale. Muy impactante verlo 10 años después y retroceder a todo lo que pasó después.

La versión del locutor brasileño Rafael Henzel es tal vez más conmovedora. Fue una jugada increíble. Obviamente, Marcos Angeleri no fue a ese partido a decidir sobre la vida de 77 personas. Fue a hacer un gol, o fue a ganar el partido. Lo que pasa es que uno no quiere decir cosas muy repetidas, pero ‘el fútbol es así’. Está lleno de azar, y esto interviene desde que uno patea la pelota, pero a la vez llegar a esta depende de la fuerza de voluntad de los atletas y de la fuerza física. Por eso estamos ante un deporte con tantas posibilidades narrativas. Y a la vez en un momento la pelota estaba por caer en el área, pero, me di cuenta mientras escribía que era como una bola de cristal que puede contarte el futuro, pero que no lo hará. Y cuando cae se desarrolla todo lo demás. Escribir sobre esa jugada fue para mí como interrogar un momento clave, donde empieza todo lo que vendrá después. O quizás no, pero uno debe decidir dónde van a empezar y terminar las historias que escribe.

Javier Sinay, diez años de trabajo para este libro, cuatro versiones. Desde la primera empezó a ser asesorado por la maestra de la crónica Leila Guerriero.

Muchos, por no decir todos los futbolistas, se encomiendan a Dios, besan al cielo y hasta rezan antes o después de un partido. Tal vez todo eso es más notorio con los brasileños. Y el libro está plagado de momentos así, de gente invocando a lo divino. ¿Crees que no se hubiera podido contar una historia como esta sin narrar la fe de los protagonistas?

Creo que sí, porque es una historia tan dramática, tan ligada a la vida y la vez tan difícil de explicar que forzosamente deriva en cuestiones como el destino, la fe o Dios. Erwin Tumiri, mecánico aéreo que sobrevivió al accidente, me dijo: “el señor debe tener algunos planes para mí, pero no sé cuáles son”. Y creo que ahí está resumido una buena parte de la experiencia de los sobrevivientes de este tipo de experiencias tan terribles. Pensar: sobreviví porque algo más grande me protegió, pero a la vez hay un misterio que tampoco puedo explicar. Esa es una de las puertas de entrada al ‘secreto’ (de los sobrevivientes) y responderlo llevaría más de un libro.

La tragedia involucra a varios países: Colombia, Brasil, Bolivia, e incluso Venezuela. ¿El caso se encuentra ya absolutamente cerrado? ¿En qué fase se encuentra este tema legalmente?

Sigue abierto y hasta donde yo sé hay cinco personas esperando a ser juzgadas en Bolivia, pero el juicio en sí no ha comenzado.

Bastante típicos en Sudamérica los juicios interminables, o lentos incluso para iniciar…

Es verdad. En algún momento me pregunté por qué yo, un argentino, estuve investigando sobre un desastre aéreo de un avión boliviano que ocurre en Colombia y que tiene víctimas brasileras. Y es porque soy latinoamericano. Porque esto no es un caso boliviano, brasilero o colombiano, sino latinoamericano. Así que, claro, la falta de justicia es una tradición que perfectamente entendemos los que vivimos en esta región y algún día llegará. Ojalá.

Así como decidiste no colocar información de personajes de los cuales no conocías lo suficiente, también omites un background con, por ejemplo, 30 páginas de accidentes aéreos que enlutaron el deporte. ¿Cómo fundamentas esa decisión? ¿Fue algo personal o un consejo de los editores?

De hecho que sí, había mucho background, pero más que sobre accidentes, lo había sobre sobrevivientes de accidentes aéreos. Pero sí fue un buen consejo que me dio Leila Guerriero cuando trabajamos en la primera versión del libro y ya en la cuarta yo tomé la decisión de sacar lo último que quedaba de background, porque saturaba mucho al libro, lo tornaba muy repetitivo y terminaba cansando. Dicho lo cual tengo casi un pequeño librito aparte sobre sobrevivientes de aviones, que es todo el material que me sobró y, por ejemplo, una de esas historias ya la publiqué en una en un Substack mexicano llamado Perpetuo. “El sobreviviente contrafáctico” es la historia de Antonis Mavropoulos, un griego que estuvo a punto de subir a un avión que cayó en el que no hubo sobrevivientes, y por una cuestión de llegar tarde no subió. Esa es una historia muy tremenda, muy dramática.

No has ejercido el periodismo deportivo nunca, pero seguramente has escuchado la crítica permanente de que ‘El periodismo deportivo no investiga’ que y solo muestra el pre y post partido. ¿Coincides? Porque este libro podría haberse claramente gestado en una sección deportes de cualquier diario grande latinoamericano.

Creo que hay un periodismo deportivo muy básico que se lleva esas críticas, pero también hay otro muy alto que entiende que muchas cuestiones profundamente humanas están puestas en juego ahí en la cancha. Hay grandes periodistas deportivos aquí como Ezequiel Fernández Moores, Alejandro Wall o Andrés Burgo, que tienen muy buenos libros escritos. Luego, en México Juan Villoro ha escrito grandes crónicas deportivas. Así que creo que el periodismo deportivo es amplio y nos muestra todo el rango existente.

¿Qué sensaciones te deja terminar un libro tan total como este? ¿Hay más satisfacción que cansancio? ¿Qué se viene luego?

Uno se pasó 10 años con esto adentro entonces es una felicidad por hablar al respecto con gente como tú o con otras personas. Martín Caparrós, cuando finalmente lanzó su libro “Ñamérica” tuiteó algo así como que sentía “alivio” de haber publicado un libro así, de casi sacárselo de encima al fin. Este es uno de esos libros. Ahora, estoy trabajando en un nuevo proyecto sobre escritores argentinos de la década del 60, como reconstruyendo un poco la escena literaria de esa época.

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