Alessandra Pinasco: «Tuve una infancia hermosa, pero también difícil, y la lectura siempre fue mi refugio»

Si los libros que escribes reflejasen tu nivel de madurez, creativa y personal, Alessandra Pinasco (Lima, 1951) pareciera encontrarse en uno de los mejores momentos de su vida. Desde muy chica dedicada a distintas vertientes del arte, la escritora, poeta y música publica “Tan simple, tan puro” (Alfaguara, 2025), un singular conjunto de cuentos que se disfrutan como una novela corta.

La también editora, filóloga de profesión por la PUCP, e integrante del equipo del Álbum del Universo Bakterial, presenta aquí momentos de aprendizaje, en los que fundamentalmente mujeres descubren cómo es crecer en un ambiente hostil y complejo en distintos ámbitos.

Tal vez no valga mucho la pena gastarse pensando en si los personajes de “Tan simple, tan puro”, son la misma mujer. Sí resulta reconfortante detenerse en el desarrollo de los vínculos, pero, sobre todo, en la forma en como Pinasco ha descrito sentimientos como el amor, la pasión, o el vínculo hacia los hijos. Ella es madre de tres (y de una gata), y en la siguiente entrevista refleja su forma de pensar, pero también recuerda sus inicios, leyendo los libros en inglés de su abuela o viendo documentales junto a su papá. “Tuve una infancia muy hermosa, pero también difícil. Así que lectura siempre fue mi refugio”, señala. De cada etapa de su vida ha aprendido y las páginas de este libro, parecen confirmarlo.

Tienes 51 años, eres filóloga, escritora, música, editora y traductora. ¿Cómo inicia este camino tan diverso? ¿En el colegio o en casa?

Nací con el ‘bicho’ adentro. Aprendí a leer muy rápido. Recuerdo que en el Kinder las profesoras estaban un poco ‘palteadas’, porque, claro, recién estaban enseñando a leer y yo ya me había leído todos los libritos que ellos tenían a disposición (la colección “Ladybird”). Tuve la suerte de que mi abuela materna era muy lectora y siempre me pasaba libros, en inglés, básicamente, porque ella era ‘gringa’. Y todo empezó como una manera desesperada de evadir. Porque tuve una infancia muy hermosa, pero también difícil. Así que lectura era mi gran refugio y pronto también empecé a escribir cuentitos, con ilustraciones. A los nueve o 10 años ya tenía algunos. Es como si hubiera nacido para esto. Lo siento como una misión que se ha vuelto realidad. Ya, luego, seguí devorando libros. No había Internet todavía, lo cual hacía más importantes los textos, o incluso las revistas de chistes que vendían en los Kioscos. Y esos primeros años fueron casi sin televisor. Mi mamá era Hippy y no tenía uno. En casa de papá solo veíamos a (César) Hildebrandt los domingos, y documentales sobre la naturaleza. Por todo esto, fue natural terminar estudiando literatura.

Ya creciendo, terminando las etapas de formación, ¿sentiste que el mundo real era igual al que contaron esos libros que leíste de tan pequeña?

A los mejores, tal vez, a los más honestos. Igual, en ese momento me encontré casi manejando ‘una maquinaria sin manual’. Eran tiempos muy extraños, en los que no se hablaba de muchas de las cosas que se tocan hoy con gran naturalidad y respeto. El tema de la sexualidad, por ejemplo, estaba rodeado de temores, tabús, silencios y represión. Así que los libros me permitían imaginarme en una realidad distinta, tal vez, pero, también, encontrar almas gemelas. Porque los mejores siempre te hacen sentir que te está hablando una persona sabia que, si no está pasando por lo mismo que tú, está sintiendo cosas parecidas, y que al envolverlas en el lenguaje las hacen, tal vez no más fáciles de vivir, pero sí más bellas, lo cual es tal vez mejor.

¿En esa primera etapa identificas uno o dos autores que hayan sido de tu predilección?

Te vas a reír, pero era fanática de los libros de Mary Poppins. Y los tengo ahí, con ediciones antiguas, ilustradas. Soñaba con que llegara ella a mi vida y se encargue de todo. Y lo curioso es que el personaje de los libros es muy distinto al de las películas. Es severa, mágica, pero no en un sentido dulce, sino casi esotérico. El misterio de esos libros me fascinaba. Luego, Tolkien — que lo leí por mi papá–, también “Las crónicas de Narnia”. Sin embargo, también hay otro volumen que para mí fue muy importante, aunque no lo entendía muy bien inicialmente: “Vox horrísona” de Luis Hernández. Me parecía increíble. El papel, las dos entrevistas y los dibujos. Sentía un alma que vibraba en una frecuencia que yo sentía muy próxima. Así que ese libro ha sido definitorio en mi manera de escribir en general. Por su belleza, pureza, y por la posibilidad de permitir que entre la realidad, con todos sus rasgos más cotidianos.

Antes de hablar de la poesía, quería preguntar por algo que también está muy presente en el libro: la música. ¿En qué momento de tu vida aparece y se convierte en otra pieza clave de tu desarrollo?

Simultáneamente. Para mí eran la música y la literatura. En casa había piano y guitarra. Mi mamá pertenece a una familia en la cual a las mujeres se les enseñaba el repertorio criollo. Además, eran tiempos muy distintos, en los que, por la radio, pasaban las cosas brillantes que se estaban componiendo en esos tiempos, y eran cosas actuales, no como ahora que las seguimos escuchando, en los buses, en los taxis, pero son refritos de hace 40 años. En esa época era lo actual, y yo recuerdo mis domingos, poniendo una lista con las mejores, cantando con mi cepillo de pelo (risas).

¿Y en qué momento decides estudiar filología?

Mi abuelo, que era el que me pagaba los estudios, me convenció de seguir mi corazón. Recuerdo que en quinto de media pensaba “soy demasiado despistada, etérea. Voy a tener que aterrizar, y mejor estudio administración de empresas…”, pero él me dijo: “de ninguna manera. Estudia lo que te apasiona, y si lo haces bien, te va a ir bien en la vida». Tuve la suerte de estar rodeada de adultos muy sensibles. Eso me permitió llegar a mi propio camino.

¿Qué parte de tu esencia, como filóloga, escritora, traductora está en El Álbum del Universo Bakterial?

El Álbum ha ido transformándose con el tiempo. Ahora tiene una veta como mucho más experimental, más metapoética. En los primeros años lo que hacía era acompañar a Arturo Higa, viéndolo editar, comentando los libros, y desde el primero, digamos que mi función es la revisión de estilo. Leo el poemario ya ha editado y emito todos los comentarios que considere pertinentes, tanto a nivel de la corrección gramatical, sintáctica, ortográfica, etc. Es una especie de proceso final.

Uno de los libros publicados por Pinasco.

¿Por qué algunos comprenden la poesía y otros no?

Creo que esto es un estado mental y no necesariamente algo que uno tenga dentro o no. Y te lo digo porque yo lo dejé de tener por mucho tiempo. Mira, en algún momento tuve una heladería en el Cusco. Y era un ritmo de trabajo muy intenso, con muchas cosas del día a día, y sentía mucha responsabilidad en diferentes áreas de mi vida. Durante ese tiempo la poesía se cerró para mí. No era capaz de leer un solo poemario. Lo abría y era como si estuviera viendo algo en otro idioma. Años después, hace poco, algo se cristalizó nuevamente en mí. Recuperé un contacto conmigo misma. Y volví a entrar en ese estado mental que me permitía comunicarme con la poesía. Recuperar ese sentido es lo más cercano a un milagro supremo.

¿Cómo ideaste originalmente “Tan simple, tan puro”? ¿Estamos siempre ante la misma protagonista?

La idea original era con personajes distintos. Esto, con la única motivación de que la gente no dijera, «Está hablando de ella misma«, porque, claro, genera curiosidad y morbo. Sin embargo, lo conversé  con Jerónimo Pimentel. Le llevé inicialmente tres relatos y él decía «Siento una misma voz, y me gustaría saber cómo esta chica un poco desvalida de 14 años se convierte en este mujerón, dueña de todo”. Entonces, ahí decidimos que sería una novela conformada por cuentos independientes, donde la persona que recorre estos los relatos es la misma. Pero no sentí tampoco la necesidad de remarcarlo mucho por una cuestión de respeto al lector, claro. O sea, confío en la capacidad de los lectores de darse cuenta, de ir disfrutando ese proceso.

Hablando de respeto al lector, arrancas el libro haciendo una aclaración de que los hechos son de ficción (cualquier parecido es pura coincidencia), pero ya me has hablado de Cusco, de tus inicios, de la música… ¿hay mucho de ti en estas páginas?

Todos los escritores ponemos mucho de nosotros en los libros que escribimos. Sea del género que sean. En este caso, a mí lo que me importaba era que las piezas funcionaran. Entonces, hay algunas cosas de mi vida, pero también otras que nada que ver. Algunos relatos son experimentos: ¿qué le pasaría a esta chica si la meto en esta situación? Además, y esto es importante si de ficción hablamos, la perspectiva del personaje debe ser distinta a la mía. Ella no sabe todo lo que yo sé. Y me pareció también interesante el escribirlo en primera persona, y que la chica físicamente se parezca a mí, porque es como un ejercicio con el lector de preguntarse qué cosa es la ficción. Por ejemplo, si yo hubiera escrito en tercera persona, si cada relato fuera una mujer reconociblemente distinta, y hubiera relatado mi vida tal cual, ¿sería más ficción que en este caso? Me pareció divertido entrar en ese territorio de hacernos preguntas.

En el relato «Esposas», por ejemplo, vemos una escapada de un matrimonio en el cumpleaños de él. Y aunque el erotismo sale a borbotones, digamos, lo acompañas de alusiones muy directas a la maternidad. En dos o tres ocasiones la protagonista recuerda incluso las loncheras de sus hijos. ¿Cómo conjugaste estos dos factores?

Hacerlo –a lo largo del libro– fue una especie de intento de reclamar la sexualidad para las mujeres, que somos mujeres y ya no ‘chibolas’. Pienso que la sociedad asume que, al entrar en rol maternal, todo lo demás en la mujer desaparece. Y eso es totalmente falso. O sea, somos personas y el hecho de que podamos, con amor, dedicarnos al cuidado de nuestros hijos, no significa que dejemos de tener deseo, que dejemos de vivir sentimientos hiperpotentes. Entonces, eso sí fue una decisión consciente.

A propósito del relato “Ojos de gamuza azul”, que hubiera podido tranquilamente titularse “La última mentira del primer amor”, ¿crees que la literatura puede servir también en cierta manera como un ajuste de cuentas?

Sí, puede serlo, pero también un ajuste de cuentas conmigo misma, porque, digamos que también al escribir este libro he reflexionado sobre mis propias historias. Y, claro, lo que te puedes dar cuenta es que aquí casi no hay buenos y malos. Hay gente torpemente tratando de navegar situaciones.

En la en la página 36, dentro del relato “Estrellitas y duendes”, dices: “La primera vez que me hice nube entre sus brazos entendí por qué. Toda una vida de aterrorizarme con los peligros del sexo y nadie me había contado el gran secreto. Nadie me había preparado para la dulzura irrefrenable del placer. Nadie me había dicho que sentiría mi cuerpo transformarse en algodón de azúcar cada vez que él me abrazara, que cuando sus manos se deslizaran por mi cintura en camino a mis muslos, todo estaría bien”. Bueno, más allá de la innegable buena pluma, ¿cómo te frenas para no terminar con párrafos empalagosos?

Supongo que al releer procuro tener cierta objetividad y también escuchar a mis lectores durante el proceso. Pero, sí hubo partes en las que me dejé llevar demasiado por la poesía y después lo reajusté. Pero tampoco quería, por una falsa sensación de sobriedad impedirle la entrada a la dulzura si es que en el relato había tal.

Y si tenemos que saltar al otro extremo, al amargo, porque también hay en tu libro, por ejemplo, el relato de un abuso. ¿De qué manera condujiste este acercamiento tan difícil?

Es que la vida es así, nos hace saltar de lo dulce a lo amargo y la única función de la palabra es procurar ser lo más precisa posible. Y para ser precisa, no solamente son necesarios los sustantivos y los adjetivos, sino también el ritmo y la sonoridad. Y la evocación. Entonces, en realidad la premisa a lo largo del libro es la misma: tratar de ser lo más más precisa y lo más verás en relación a lo que está experimentando esta chica.

Hay otro elemento que está, digamos, desperdigado ahí, que es el de la época de violencia que sufrió el Perú un par de décadas atrás. Si no me equivoco, en ese momento tú eras una adolescente, estabas en tu época de esplendor, digamos. ¿Guardas frescos los recuerdos de esas circunstancias históricas?

Sí, lo viví. No sé si era la época de mayor esplendor mental, pero sí de descubrimiento emocional. De algo que se cerraba, de algo que se abría, de muchas incertidumbres, de mucha emoción, y estar viviendo todo eso al mismo tiempo era bastante delirante. Yo creo que mi generación todavía no termina de procesar lo que fue. Tal vez la pandemia nos revivió un poquito esa sensación, pero era algo distinto. Obviamente, en mi clase social, en mi entorno, vivimos lo menos grave, lo menos horroroso del proceso, y aun así estaba la tensión cotidiana de no saber si ir al cine o no, porque por ahí que metían una bomba. O caminar delante del centro comercial apurada porque no sabía cuando algo podría reventar. Entonces, esa sensación de vivir casi al filo de la navaja convivía con la dulzura de las canciones de amor, del prepararse para salir a la fiesta, de la llamada del chico. Así que sí, era una época superbizarra que yo quería retratar en el libro.

En otro momento tocas un tema como la pérdida de la virginidad en una mujer, lo que conlleva, la idea de mancharse o sentirse manchada. Y contrastas el proceso con un ejemplo curioso: la devaluación de un auto. Dices: «Estaba perdida, y de eso no pudimos volver, de mi sensación de ser bienes usados. Como un auto, que se devalúa 15% con solo sacarlo de la tienda”. No es la única comparación en tu texto, y las manejas bastante bien…

Soy así. En ese sentido, sí me parezco a ella. Es que ocurre tal cual, porque en una sociedad conservadora patriarcal, una mujer es un bien, y en ese tiempo –sobre todo– la expectativa es que te cases, y que te cases ‘bien’, y un hombre que busca una mujer para casarse así, no va a buscar a alguien que ya ‘ha pasado por varios’. Entonces, eso era algo que sí se le inculca a ella, de alguna manera u otra, desde muy pequeña.

Siento que al final del libro la chica termina ganando. ¿Me equivoco?

¡Sí! (risas). Y termina siendo la dueña de todo, ¿no? Sí, es correcta la apreciación. Eso fue surgiendo. Yo quería que el libro terminara en una nota más más luminosa, más de madurez, y de pronto surgió este último relato — que no vamos a spoilear– pero que, como Vicky Guerrero dijo al final de la presentación del libro, “es como irse a la mierda y volver”.  Y yo creo que eso es lo que le sucede a la protagonista de esas historias. Ella se va a la mierda para para después llegar a un lugar mucho más real, que coincide más con ella misma. Al final, ella termina en un cambio de paradigmas, pero que también es un retorno.

Por tu experiencia en diversas áreas del arte. ¿Cómo evaluarías hoy la salud de la literatura peruana?

No soy para nada una experta, pero me parece muy importante que se esté dando espacio a las escritoras. Sueño con un tiempo en el cual no se tenga que poner el apelativo de escritora de literatura femenina. Ojalá en algún momento se nos considere con el mismo peso. Creo que nos estamos acercando a ello. Pienso que es muy importante la voz de las mujeres en la literatura, no solo para nosotras, sino también para los hombres, para que comprendan todos el mundo que se estaban perdiendo por quizás estar mirándose entre ellos. Y, aun así, nuestra tradición de escritoras, mujeres y poetas mujeres es extraordinaria. Ellas han sido capaces de pasar por todas estas barreras y por ellas nosotras tenemos un mayor lugar hoy.

¿El poemario de qué autora nacional te ha marcado?

Blanca Varela definitivamente me parece extraordinaria, sin embargo, uno de mis poemarios favoritos es “Peligro de los labios rojos” de Dalmacia Ruiz Rosas, que fue reeditado hace poco por el Álbum del Universo Bakterial. Disculpa el atrevimiento, pero me he sentido reflejada, la misma vibración, intensa, desesperada, y dulce y pura también, claro. Es un poemario que realmente recomiendo que todo el mundo tenga en su casa, chicos y chicas.

El libro de poemas de Dalmacia Ruiz Rosas que recomienda leer Alessandra Pinasco.
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